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Cuando recibimos la invitación de parte de los editores de Equidistancias para hacer una muestra de cuentos de escritores venezolanas migrantes, de inmediato entendimos que se trataba de una propuesta inusual: una casa editora argentina se interesaba por el reciente fenómeno de la narrativa escrita por autores desplazados de nuestro territorio. Y es que la llamada “diáspora” que caracteriza a la Venezuela de los últimos años, y en especial a aquellos escritores que decidieron o se vieron obligados a salir del país y buscar un futuro en el extranjero se ha convertido no solo en material de interés para los propios venezolanos, sino para los lectores de cualquier parte del mundo. De esta forma no es casual que un sello como Equidistancias fuera el promotor de esta idea, pues se trata de un proyecto editorial cuyo catálogo se ocupa de “la gran cantidad de escritores de habla castellana que han elegido vivir en culturas diferentes a la propia”. Pero ¿cómo se construye la literatura de un país cuyos creadores viven fuera de él? ¿De qué modo la experiencia migratoria interviene o modifica la escritura? ¿Cómo se redefine la sensibilidad y la idiosincrasia al verse sometida a la extranjeridad, la mudanza y las variaciones culturales? Aunque este compendio no busca responder esas preguntas resulta, sin embargo, pertinente hacérselas; en este sentido el volumen pudiera contribuir en algo con el despeje de tales cuestiones al mostrar un conjunto de relatos que acaso evidencian situaciones vinculadas con esos asuntos.
El exilio, el éxodo, la diáspora o la emigración masiva de venezolanos (no es este el espacio para dilucidar las diversas categorías que intentan descifrar el fenómeno, todas ellas con significaciones y alcances diferentes) se convirtió, desde hace años, en marca de identidad cultural, con particular impacto en el continente americano y en España. De los casi ocho millones de personas que se han visto obligadas a salir de Venezuela, los escritores conforman una nutrida población, al punto de que hay quienes afirman que son más los que se encuentran fuera que dentro del país.
Dos trabajos periodísticos y de investigación parecen abonar esta idea: el de la periodista Dulce María Ramos, “El éxodo del talento literario”, publicado en El Universal en 2019, y el de Alirio Fernández Rodríguez, “El mapa glocal de la literatura venezolana contemporánea”, aparecido en Cinco8 en 2022. El primero fue pionero en la postulación de un mapa de escritores emigrados; en el segundo se llevó todavía más allá la propuesta hasta convertirla en una herramienta interactiva de gran utilidad para investigadores. En esos trabajos se da cuenta del impactante número de creadores literarios que actualmente viven en el extranjero, una enorme población que se reparte en las grandes capitales de norte y suramérica, o que eligen las ciudades de Madrid o Barcelona para hacer vida y desarrollar su obra. Debido a la magnitud del fenómeno —comparable a lo ocurrido con creadores y artistas tras las dictaduras del cono sur latinoamericano y también de Cuba, los exilios económicos de Ecuador y Perú en los años ochenta y noventa, o los éxodos de ciudadanos colombianos por causa de la violencia armada— la masiva emigración venezolana ha modificado la patria literaria a tal punto que no es posible hoy día ensayar un panorama de la literatura venezolana sin acudir y destacar la producción de su numerosa población migrante.
Utilizamos la denominación muestra y no la de antología o selección pues una antología constituye un corpus integrado por textos que buscan revelar, con base en prescripciones histórico-críticas, el estado de un género literario en un momento particular (aunque ese instante se corresponda con el desarrollo de la especie estética conjuntada en un amplio lapso); en tanto que una selección no es más que el enlazado de piezas de resultas de una efeméride (un reconocimiento importante, el natalicio o recordatorio de la fecha de muerte de un autor) o del trabajo premiado y las menciones, por ejemplo, de un concurso de literatura. Una muestra, por su parte, se diferencia de las dos anteriores modalidades en que su conformación atiende un motivo específico sin expectativas omnicomprensivas, pero sí como señal de que algo se cuece o significa en el tópico objeto del compendio.
Antes de esta, muchas han sido las compilaciones de autores venezolanos publicadas fuera del país.1 Sin embargo, al tratarse de un fenómeno más o menos reciente, son pocas las que se ocupan de los escritores que han emigrado a otras tierras. En primer lugar, debemos mencionar Escribir afuera, cuentos de intemperies y querencias (2021) —compilado por Katie Brown, Liliana Lara y Raquel Rivas Rojas— publicado por Khalatos Editores, en Madrid, en el que se ofrecen cuentos, en su mayoría inéditos hasta el momento de su publicación, cuya temática apunta a la experiencia migratoria; o Venezuela en España. Capítulos de una historia literaria extraterritorial (2024), una reunión de estudios sobre autores venezolanos que han hecho vida en la península, desde Pedro Emilio Coll hasta escritores de la actualidad, a cargo de Gustavo Guerrero y Ángel Esteban, quienes concluyen en el prólogo que el gran reto para la literatura venezolana de hoy es “asumir totalmente su parte extraterritorial, no sólo produciendo y publicando obras en el extranjero, sino conquistando con ellas un lectorado cada vez mayor dentro y fuera de Venezuela”.
La presencia de autores venezolanos en otras tierras y el impacto que estos han tenido en los países de acogida (importantes sellos editoriales con base en España, Estados Unidos, Argentina o México los han publicado) es cada vez mayor. A la ya acostumbrada presencia de nuestra gastronomía y de otras exportaciones culturales se ha sumado el factor literario. Adicionalmente, muchas iniciativas editoriales mudaron sus oficinas o continuaron sus proyectos en otras latitudes, como es el caso de Libros del Fuego, Letra Muerta, El Taller Blanco, LP5editora, Alliteratïon, Los Cuadernos del Destierro o Luba Ediciones, llevando así la tarea de edición venezolana a un contexto internacional, algo impensado años atrás. Incluso, sellos que hacen vida en el país, como Curiara o Abediciones, apuestan hoy día por reeditar en Venezuela libros de autores publicados en editoriales extranjeras que no llegan al país o que circulan con gran dificultad.
En esta muestra quisimos ser lo más amplios posible, pues no entendemos nuestro trabajo como la prescripción de nuestros gustos personales, sino como la construcción de un canal que permita vehicular el trabajo de un conjunto de autores con propuestas diversas. Por razones de espacio y limitaciones editoriales debimos establecer unos mínimos criterios que nos permitieran definir el universo de cuentistas convocados. Como resulta inevitable en estos casos, muchos relatos de autores valiosos debieron quedar fuera porque no alcanzaron a responder a la convocatoria o porque, simplemente, no se entusiasmaron con la propuesta. No obstante, consideramos que, pese a las ausencias, la muestra cumple su cometido: ofrecer un boceto representativo, un pantallazo de lo que han escrito o escriben hoy algunos autores venezolanos que viven fuera de su país natal.
Organizamos la muestra sobre la base de seis (6) criterios:
1.- Autor/a residenciado fuera de Venezuela, sin importar su edad. Nos interesaba reunir un universo etario transversal, pues hay autores de mediana edad o ya mayores con reciente experiencia migratoria, o lo contrario: autores jóvenes con varios años fuera del país.
2.- Autor/a activo de cuentos, con al menos un libro de cuentos publicado los últimos diez años. Este criterio resultó básico, pues nos permitió focalizar la muestra en autores en activo cultivadores del género.
3.- Temática libre. A pesar de que nuestro universo es de autores migrantes, los temas o argumentos de sus contribuciones no necesariamente debían reflejar esa realidad. Esto explicita nuestro interés en dar relevancia a la calidad literaria de las piezas.
4.- Cada autor podía enviar entre uno y cuatro cuentos para, a partir de allí, nosotros decidir cuál incorporar al volumen. Este criterio permitió que la muestra funcionara, respecto de la elección, como una suerte de micro antología personal de los autores convocados.
5.- El cuento podía ser édito o inédito. La gran mayoría de los cuentos recibidos ya habían sido publicados; no obstante, algunos se publican en este libro por primera vez.
6.- El relato no debía superar las cuatro mil palabras. Este criterio tiene su justificación en las limitaciones de espacio reglado por la editorial.
Al margen de dichos criterios, hemos decidido incluir textos de Alberto Barrera Tyszka y Karina Sainz Borgo, por tratarse de autores de indiscutible proyección internacional, y otro de Carlos Ávila, destacado autor venezolano de las nuevas generaciones radicado en Buenos Aires, lugar donde nace este proyecto.
La muestra reúne treinta (30) cuentos. Hemos agrupado las piezas al uso del sencillo orden alfabético de los autores. Los relatos, como es obvio, al ser escogidos por los propios narradores (aunque la incorporación del título definitivo recae en los compiladores) dibujan situaciones anteriores al auge de la llamada Revolución Bolivariana y de la «diáspora», simultáneos a estos fenómenos o incluso posteriores: en el nuevo paisaje, digamos, en el cual se desarrollan las acciones de los personajes.
Abrimos la muestra con “El pañuelo”, de Raquel Abend van Dalen, relato en el que se revelan las complicaciones que enfrenta una pareja de amantes homosexuales (hombres), casados con mujeres, pero con un giro inesperado: uno de los hombres resulta, a su vez, infiel. Se trata de una enrevesada situación que involucra, asimismo, a la mujer del felón. Un empaque de deslealtades y fragilidad sin espacio para el amor.
Los anhelos, tropiezos y preocupaciones de un maracucho aspirante a narrador asentado en Argentina, pero que ha perdido el acento luego de doce años de tráfago bonaerense, descubre que en la ciudad habitan sujetos raros. Este es el asunto que desarrolla Ricardo Áñez Montiel en “La locura arltiana”; relato en el que Venezuela también se mezcla en la historia.
Le sigue “Pongan salsa”, de Carlos Ávila, texto construido sobre la base de un venezolano que ha emigrado a Buenos Aires, quien se vincula en algunas actividades políticas de izquierda en su ciudad de adopción, pero sin convencimiento, más bien impulsado por sus relaciones de pareja. Antes bien, en el cuento se explicitan el desencanto y la soledad del protagonista en su condición de extranjero. Hay referencias a las elecciones presidenciales de Venezuela de 2012, las cuales disparan ciertas reflexiones en el personaje.
En “Para después”, Luis Barrera Linares desarrolla una trama que involucra una venganza contra un militar de alto rango perpetrada por un subalterno, pero quien se equivoca de víctima al momento de ejecutarla. El sujeto es un experto francotirador, condición que prima en la resolución de la historia. La época representada en el cuento se corresponde con la década del sesenta o setenta del siglo pasado.
De Alberto Barrera Tyszka hemos escogido “Una historia mexicana”, relato sobre la amistad, el deseo y la traición; el argumento gira en torno de las tensiones derivadas de un breve encuentro sexual entre el protagonista —un venezolano establecido en México— y la joven esposa del cuate, este último incontestable apoyo del expatriado sudamericano.
Leo Felipe Campos escudriña las precariedades materiales a las que se enfrenta la chica de “Sesión de fotos”. Se trata, aquí también, de una venezolana en país extranjero. Un ex novio local, que ha subido de estatus gracias a sus trabajos fotográficos, sugiere retratarla en varias poses para que perciba algún ingreso, pero la reunión se estropea y la mala suerte (o la suerte de siempre) termina imponiendo sus reales.
Por su parte, Juan Carlos Chirinos nos ha cedido un relato de ciencia ficción con anclaje histórico, humor e ironía: “ ‘Yestermorrow’ ”. En este cuento la imagen recreada por Chirinos de algunos de los próceres de la gesta de independencia de Venezuela resulta memorable.
En “Treinta minutos o menos”, de Marianne Díaz Hernández, la precaria situación de un migrante caraqueño que hace vida en Chile, y de quien dependen su mujer y su hija aún en Venezuela, se torna desesperada cuando es embestido por un auto. El hombre es repartidor motorizado, pero sin derechos que lo asistan debido a una serie de reparos burocráticos —a pesar de que él no ha sido el causante del accidente— complica todavía más su existencia límite.
Entretanto, el asunto del cuento de María Dayana Fraile, “Vírgenes suicidas”, cristaliza las veleidades de un grupo de precoces niñas atenazadas por la pulsión sexual; jovencísimas, apenas salidas de la adolescencia, pero deseosas de tomar las riendas de sus cuerpos.
Con “La zona donde vivo”, Miguel Gomes explora las frágiles relaciones de pareja sustentadas en proyectos que al no concretarse precipitan el desplome de la comunión. En este caso, la soledad y la enajenación generadas por las circunstancias desdibuja los límites de la realidad al punto de que el texto cruza, ocasionalmente, el registro fantástico.
Un cúmulo de voces que se traslapan en un concurrido local es el lugar donde los personajes de “Para piano y orquesta”, relato de Gisela Kozak Rovero, expanden su sexualidad en forma de conversaciones, pero también de sutiles roces. La época retratada se corresponde con los años anteriores a la ostensible diáspora de venezolanos. El cuento representa muy bien la incorporación de la realidad LGBT (y sus amplificaciones actuales) sin desmedro de la calidad literaria del trabajo.
Sobre la base en un hecho real, Liliana Lara cuenta, en “Cabo Codera”, el naufragio de una pequeña embarcación; tragedia en la cual sólo alcanzaron sobrevivir dos niños y su cuidadora. El manejo de la tensión resulta eficaz. El texto incluye, asimismo, ciertas incursiones de carácter sociocultural.
Otra tragedia relacionada con una masa de agua es la que Antonio López Ortega nos presenta en “El curso del Aponwao”. Aquí también la intención de disfrutar se tuerce cuando la fuerza de un río del sur de Venezuela se apropia del destino de seis niños, una mujer y un cura. El impresionante paisaje de la zona resulta una trampa feraz, indómita.
La ausencia del padre es el motivo central que activa la eficaz maquinaria narrativa de “El vals de Amoreira”, relato de Juan Carlos Méndez Guédez. Localizado en Portugal y construido mediante una sutil estructura de planos, el cuento incorpora moscas y caballos, lo que proyecta la composición hacia territorios simbólicos que amplifican, en el imaginario, la dimensión de la propuesta fictiva.
Buenos Aires es el topónimo del cuento de Gabriel Payares “Un lugar junto al río”. La difícil comunicación entre madre e hijo, las debilidades físicas que acarrea la vejez, el recuerdo permanente del país natal son los asuntos cardinales que se desarrollan en el relato.
Ambientado en la Caracas de 1996, “Videoclub”, de Hensli Rahn Solórzano, es un canto no sólo al período cuando el gran cine se comprimía en cartuchos de cintas, sino un pequeño homenaje al poeta de palíndromos Darío Lancini. El cuento resulta, por igual, la representación de un mundo sin asideros para el protagonista, simple encargado de una tienda de películas.
De otra parte, Raquel Rivas Rojas nos presenta, en “La lección imposible”, las dificultades implicadas en la enseñanza de otro idioma, pero sobre todo los escollos asociados a la comprensión de la cultura integrada a ese nueva y desconocida lengua. Escocia es el lugar desde donde se nos revelan estas disyuntivas: la protagonista es una investigadora que escribe sobre el exilio.
Michelle Roche Rodríguez nos retrotrae, en “Madre de leche”, a los tiempos cuando las señoras de abolengo recién paridas, las mantuanas (según una denominación de la historiografía de Venezuela), obligaban a mujeres de la servidumbre a amantar aquellos bebés de alcurnia. El relato toca fibras profundas de la psicología de una de esas tristes amamantadoras.
Algo de inmersión psicológica hallamos, asimismo, en el cuento de Naida Saavedra, “Primer día de clases”. Un músico se inicia como profesor universitario en Estados Unidos, pero con tan mala fortuna que en la sala ocurre una pequeña emergencia que, por supuesto, se convertirá en inolvidable.
La terrible situación que se vive en la frontera colombo-venezolana en la era de Chávez es retratada con plástica nitidez por Karina Sainz Borgo en “Tijeras”. La dolorosa vida de tres mujeres, del mismo número de generaciones, evidencia la derrota de la vida en virtud del sinsentido de un sistema político.
Un motivo distinto es el que acciona Manuel Gerardo Sánchez en “La basura de unos”. Aquí un chico bastardo, con vocación de coleccionista de arte, necesita que se le reconozca como descendiente de una dama de la nobleza francesa. Su interés no es meramente crematístico, sino que considera un punto de honor aclarar su origen materno.
Al protagonista de Fedosy Santaella lo mueve el espíritu de un escritor, músico y ajedrecista de fines del siglo XIX y principios del XX. Su cuento “Raymond Roussel se queda en casa” materializa, en Bogotá, el encuentro fantástico de un sujeto con otro que parece la encarnación de Roussel o de un autómata. La lluvia, la oscuridad, la derruida vivienda acaso propiciaron una alucinación.
Algún ribete sobrenatural hay también en “Nadie detrás de las cortinas”, de Jesús Miguel Soto. Los personajes que habitan la casa en la que se desgrana la historia contaminan el barrio y tal vez el mundo. Todo en este cuento deviene raro, límite, misterioso.
A Mariana Libertad Suárez le interesa, en “Azul y celeste”, el calco de la oralidad de dos embarazadas que coinciden en una terminal de autobuses de los Andes de Venezuela. Estamos en 1990. Las mujeres —una peruana, la otra venezolana— conversan sobre sus respectivas parejas, sobre las criaturas que llevan en sus vientres, sobre el futuro. Una pintura que resulta, por rebote, diagnóstico de una situación contextual en clave narrativa.
Con Keila Vall de la Ville, por su parte, volvemos a la temática de la separación de parejas: en “Enero es el mes más largo” se relata la educada ruptura, ocurrida en Nueva York, entre un hombre y una mujer. Cuenta ella, para lo cual se apoya en un repertorio de piezas musicales. Se trata de una inmersión en la psicología de quien padece la cesión del amor.
El 28 de septiembre de 1981 falleció el expresidente Rómulo Betancourt, el llamado “padre de la democracia” representativa (1959-1998). Por esos días el grupo de rock británico Queen ofrecía un ciclo de tres conciertos en Caracas. Luego de la primera presentación los siguientes performances fueron cancelados por luto nacional. Esta es la base del relato “Mercurio”, de Federico Vegas, quien imagina qué hizo Freddie Mercury aquellas horas en Venezuela.
En “Juzen Fujiwara, el guardián del hielo”, Jacobo Villalobos relata el cruce de destinos de un heladero, un samurái y un poeta (este último nieto de los dos personajes anteriores). El relato tiene tono de comedia y, al mismo tiempo, de fatalidad. El nieto-poeta se llama José Watanabe.
De registro distópico es el relato presentado por Eloi Yagüe Jarque: “El fin de los aeropuertos”. Un colapso tecnológico a causa del cese del movimiento de rotación de la Tierra abate la vida tal como la conocemos. Se hace mención a colonias en la Luna. Todo ha involucionado. El protagonista llega a un aeródromo que parece Maiquetía. Se difuminan las fronteras entre el ensueño y la realidad.
La muerte accidental de un niño y las causas que la produjeron, y los implicados, es el argumento de “Louis y Louis”, relato de Lena Yau. La maldad infantil y el bullying son plasmados en el cuento al uso de una técnica que rompe la cronología de los hechos para provocar el efecto de descolocación en la conciencia de la protagonista.
Cerramos la muestra con “Azulejos rosas de la casa verde”, cuento de Slavko Zupcic. Vargas Llosa es invitado a una fábrica de azulejos en Castellón. El protagonista, un trabajador de la empresa, es un groupie de la narrativa del autor peruano. Eran los tiempos cuando don Mario hacía vida común con Isabel Preysler, dato nada desdeñable por cuanto contribuye con el desarrollo de la historia. El amor y sus manifestaciones, y el arraigo de la literatura constituyen el núcleo de este delicioso relato.
Esperamos que esta muestra sirva de boceto del imaginario de un país que hoy se derrama por el mundo. Treinta cuentos en los que el espíritu venezolano, quiérase o no, vibra como llama.
Salvar la frontera. Muestra de cuentos de autores venezolanos migrantes, compilada por Carlos Sandoval y Gustavo Valle (ABediciones, 2024)