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Sangre

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A las siete sonó el timbre, aún no se acostumbraban a ese ruido seco, como el cornetazo antes de un accidente aunque tenían años viviendo ahí. Lo del timbre era un pedido: habían llegado las medias de compresión para evitar el trombo. Desde que le empezaron a salir varices Sabina no podía dejar de pensar en aquel episodio que sufrió su mamá y que le dejó desventajado el lado izquierdo de su cuerpo. Ahora ella debía tomar anticoagulantes y ponerse unas fajas para las piernas que le ahorcan hasta el muslo.

Nunca ha podido esperar para estrenarse las cosas, incluso con las medicinas, se las toma tan pronto se las venden en la farmacia, sin agua. Lo mismo le pasó con las medias, apenas las abrió decidió ponérselas. Sabina es una chica de aspecto saludable. Ni delgada ni grande. Ni bajita, no pasa del metro sesenta y cinco, un dato que ella misma no precisa cuando le preguntan. Pelo marrón, pómulos anchos. Talla M, como las medias. Empezó a ponérselas desde el tobillo y la piel se iba apretujando a medida que la tela la envolvía, como un pellizco sin llegar a arder. Su primera impresión no fue tan mala, de hecho hasta pensó que la hacían ver más delgada, y bueno, algo positivo tenía que tener todo esto. —Mira, que me las tornean. Le dijo a su novio, Nando, y este le siguió el juego recorriéndolas con sus manos, como si las modelara.

Sabina se fue al sofá, puso las piernas en alto y escogió un libro. Estaba en una época en la que solo quería leer autores venezolanos, tenía una antología de Hanni Ossott que le gustaba repasar de vez en cuando, sobre todo cuando se sentía al borde de una enfermedad fatal. Tampoco había mucho que hacer los jueves por la tarde cuando anochecía temprano. La lectura estuvo un poco interrumpida, porque había pasado todo el día sin hablar con su mamá, que vivía en otro huso horario y a esa hora ya estaba preocupada con la falta de respuesta de Sabina. Así que le dedicó un momento a ponerse al día. Desde que se mudó de país no ha habido un día sin que chateen. Su madre tenía la capacidad de imaginar los peores escenarios cuando no le contestaba rápido.

Entre la conversación y el libro estaba distraída, sin atender a ninguna de las dos cosas. Fue cuando algo pasó en la terraza, sucedió en la periferia de su ojo derecho e hizo que volteara con rapidez toda su cabeza hacia ella. Era una sombra, escuálida, lenta, sin nada que la provocara. Pasó de largo con la misma velocidad en la que se suavizó el erizado de la piel de Sabina. El corazón le dio una voltereta en el centro de su pecho, pero se quiso tranquilizar. Un pájaro, dijo. Aunque ya era tarde para eso, la naturaleza tiene excepciones. Eso debió ser, se convenció. Al ver la sombra, Sabina recordó aquella época en la que tenía tanto miedo a levantarse por las noches que su abuela le consiguió una bacinilla para que la usara cuando quería hacer pipí en la madrugada. Decía que había sombras que se escurrían por las paredes y la acompañaban al baño, Sabina era pequeña y no les tenía confianza. Aunque el resto de la casa le quitó importancia al tema, su abuela se ocupó de encontrarle una bacinilla para la hora de dormir. Esa noche le contó la anécdota a Nando, confesándole con cierta vergüenza que la usó hasta los trece años, más o menos, la época en que su abuela falleció y cuando a ella se le pasó la tontería de mear a los pies de la cama. Recordó que muchas veces tuvo accidentes en la mañana tropezándose con el tazón lleno de pis y, por supuesto, por mucho que limpiaran su cuarto tenía un deje a orines secos. Sabina recuerda que hubo un momento en que lo quiso dejar de usar, pero su abuela lo llevaba cada noche como un ritual y ella accedía a no crecer cada vez que lo usaba.

Cuando llegó la hora de dormir, Nando tuvo que ayudarle a sacarse las medias, parecía que se hubieran reducido un par de tallas en el lapso que las usó. Finalmente, después de forcejear un rato en la cama y de casi caerse de culo mientras tiraba de las medias, logró liberarse y se sintió muy ligera. Como si pudiera salir levitando por la ventana.

Esa madrugada se despertó al baño, estaba tan frío el suelo que no llegaba a apoyar la planta, solo talones y la base del dedo gordo. Fue, se sentó en la poceta y evitó mirarse al espejo cuando pasó frente a él. En las noches le daba miedo ver el reflejo. Desde la época que veía sombras ha sentido que los espejos en la penumbra muestran cosas que uno no puede ver a simple vista, que ni se quieren ver. Finalmente, volvió a la cama y se tapó hasta el cuello como una oruga preparada para mutar.

Al día siguiente salió a su trabajo como siempre, un poco apurada porque los últimos cinco minutos antes de partir siempre corren más rápido. Se montó en el metro, decidió no cruzar las piernas porque le resultaba incómoda la presión sobre la pierna izquierda, la que tenía el diagnóstico más grave y con frecuencia sentía pesada. El resto del día se le hizo manejable, aunque ansiaba volver a casa, a la sensación de las medias, había algo en esa contención incómoda, pero necesaria, que extrañaba.

Al volver ya estaba Nando haciendo papas fritas para la cena con alguna cosa verde que en el momento no reconoció; pasó rápido al cuarto, a cambiarse los pantalones, a contenerse las varices, a poner la pierna en alto en el salón. A media luz, entre la tarde y la noche, volvió a pasar la sombra por la terraza, esta vez un poco más lenta. Lo suficiente para que Sabina se diera cuenta de que no había nada sólido capaz de hacerla visible.

—¡Nando! —llamó, sin querer sonar alarmada.

Él tardó un poco en llegar desde la cocina, y para cuando lo hizo la sombra ya había desaparecido.

—Seguro fue una nube tapando la luna. O algún carro pasando lejos —dijo, sin mucha importancia. Él siempre sabía darle explicaciones más lógicas a las cosas que sucedían en la casa, y la verdad que casi siempre tenía razón, así lograba calmar a Sabina, que cada vez que olía a lavanda pensaba que su abuela muerta los visitaba y no en alguien con exceso de perfume subiendo por la escalera del edificio. En lo único que se había equivocado últimamente era en decirle que el aguijón que sentía detrás de su pierna seguro era un mal movimiento durante su clase de yoga, porque últimamente estaba dando demasiadas, y no un coágulo atravesado como días más tarde descubrirían.

Esa noche Sabina se levantó como a las dos de la mañana porque sintió un ruido en la sala. Se alumbró el camino con la linternita del celular para no molestar a Nando que seguía dormido. Pero en la sala se encontró con todo igual a como lo habían dejado antes de irse a dormir. Los vasos con agua hasta la mitad en la mesa del medio, los pequeños bombillos de navidad —que iluminan el borde del sofá todo el año— encendidos, las persianas elevadas y una llovizna muy tenue que hacía que las plantas de la terraza brillaran con las luces de la calle. Todo estaba en quietud, excepto su corazón que estaba palpitándole en los oídos.

Desde hace siete años, siempre que se levanta en las madrugadas piensa inmediatamente en su familia. Como si el insomnio fuera un mal presagio, un indicador de que algo grave podía estar pasando al otro lado del mundo y esa fuera su forma de enterarse. Por suerte esa noche tampoco había pasado nada, se dijo que debió ser algo de la calle, que ya pasó. Se regresó a la cama con Nando a medio dormir y él la abrazó por la espalda. Ese abrazo le ratificaba que valía la pena la distancia que la separaba de su familia.

En el desayuno pensó comentarle a Nando sobre la sombra que había seguido notando cada noche por la ventana, pero prefirió guardárselo. Ese tipo de fijaciones, que a veces le daban, la hacían sentir un poco loca. Sobre todo porque no había forma de demostrarlo. Al terminar, comenzó a apilar los platos uno sobre otro, el de las tostadas, el del queso, el del aguacate, y pensó cómo su mamá le regañaba cuando recogía la mesa de esa manera. Le parecía de mal gusto y que además hacía que los platos se ensuciaran el doble, por arriba y por debajo. Igual Sabina lo hacía porque así los recogía Nando y porque le ahorraba algún viaje a la cocina. Esta mañana iba tarde al trabajo, salió corriendo y él le recordó que en la noche llegaría un poco más tarde porque tenía ensayo.

Desde que Nando estaba metido en la banda, los lunes siempre llegaba después del anochecer. Entonces Sabina tenía un par de horas para hacer cosas en solitario en la casa, o ver una serie para chicas de esas que a él no le gustan, o simplemente echarse en el sofá y no hacer nada, ni hablar. Esa tarde llegó de dar clases, se echó un baño, se puso las medias de compresión y vio que aún eran las seis. Pensó en llamar a su mamá, pero se contentó con escribirle un mensaje, ese no era un día para hablar, apenas era lunes.

Por la noche, ella y Nando cenaron sentados en el suelo, en la mesa bajita del salón mientras miraban una película. Y como casi siempre, cerca de la medianoche se fueron a dormir. Una vez más tardaron sus buenos cinco minutos en desenfundar a Sabina de las medias y se acostaron en la cama helada por el invierno. A veces, las sábanas estaban tan frías que cuando apagaban la luz y se metían en ellas se sentía como si cayeran al vacío desde un barco hacia el océano, muy Titanic, decía Sabina. Solo abrazándose un rato lograban entrar en calor. Ya con los ojos cerrados, Sabina empezó a sentir alguna cosa rara en la pierna, unos pellizquitos, como pequeñas corrientes; intentó pensar en otra cosa, muchas veces no distinguía entre la sugestión y la realidad, así que esa noche decidió creer que no pasaba nada en verdad, y deseó quedarse dormida profundamente, no pararse ni al baño, pensó en todas las cosas que se podían crear para no tener que hacerlo. Eso la distrajo, y por un rato se adormeció, nada muy profundo. A ratos, mientras pasaba la madrugada, pensaba en su madre y en cómo le había contado que sus facciones habían desaparecido aquel día que perdió el control sobre su lado izquierdo cuando se miró al espejo y no se reconoció. Sabina se tocó la pierna: ya no le picaba de calor, de hecho no la sentía. Ella tenía 37 años ahora, a su madre le había pasado a los 43, tenía pensado que aún le quedaba tiempo. Y entonces se quedó inmóvil, un poco porque no le respondía el cuerpo, otro poco porque la sensación del pis mojándole la nalga, el muslo, la espalda, le llenaba de placer.

Cuando la sombra entró a la habitación, a Sabina solo se le ocurrió pedirle que no despertara a Nando, mientras ella le tomaba de la mano con fuerza, estaba caliente, como su pierna y la sombra, que hablaba sin tono, le prometió no dejarla sola en el viaje de regreso.

 

Cuento ganador de la 72ª edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional (2025)

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