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(Para J.R.S.
In memoriam a nuestros padres)

En un borde, cerca de cuatro zamuros con las alas abiertas disputándose los despojos de un rabipelado, fue donde su carro se detuvo.
El sistema inmunológico del Twingo, igual como en ese momento, también, le estaría pasando al de su papá, no resistió los embates de la peste del mediodía ni tal derroche de luz.
En medio de aquella desgracia perpendicular, a Ud., no le quedó otra opción que, como si se tratara de un mal chiste, encender las luces intermitentes. Cuando alguien venía de la lejanía, se apresuraba, le raspaba con su ráfaga inmunda y, después, volvía la quietud.
Así hasta el desespero.
Pensó en la voz de su padre, el saludable, el caballero, el médico. En el sonido alargado del teléfono después de colgar y que se le volvió tan parecido a esa carretera sin curvas.
Su limbo inducido se terminó cuando llegaron los motorizados.
Nada bueno se puede contar de aquello.
*
Una llamada, si rápida, duele dos veces menos, dice la sentencia latina (ladina) que inventó para aplacarse.
Nunca le ha gustado formar parte de, explicar o escribir un oxímoron. Y éste que había descubierto después de la llamada era, francamente, una pena: un médico desahuciado.
Antes de marcar los números se juró que el enlace tenía que semejarse, lo más posible, a vacunar niños en el campo. Se prometió ser puntual durante la llamada, en ese trámite. Otra promesa vana. Hay eternidades que duran cuatro minutos.
La información la manejaba hace tiempo y le corría por las venas como un trago de ron en ayunas. Solo era cuestión de alzar el teléfono y escucharlo desde el estertor de su voz. Embarrarse con su melaza. Perderse, otra vez, en su maleza.
Sabía que su papá era un pájaro de cuentas. Sabía que la vulgaridad de irse a vivir a la periferia tuvo más de una razón: el torrente de luz disminuye la posibilidad de ver las sombras. Sus sombras.
En definitiva, fue un sondeo mayormente monosilábico hasta que su papá le soltó una ristra de espinas:
—No importa todo lo que sé; igual me voy a morir.
El resto de lo que dijo le pareció un calco de unos versos de Cadenas: Es recio tener que morirse a pesar de todas las carcajadas; es ridículo decir vulgaridades y que no se pueda dopar ni siquiera parcialmente el dolor; es arrecho heredarle al hijo el peor título de todos cuando ya éste pasa de largo los cuarenta: el de huérfano.
*
Una vez omitido el salvaje asalto de los motorizados, logró llegar a la clínica, hinchado, multicolor, con una insolación que le hizo recordar una borrachera en Los Caracas.
Y sin carro.
Por fortuna faltaban pocos kilómetros para arribar a la clínica del pueblo. Pudo llegar, a pie.
En la clínica, fue atendido diligentemente porque dijo que era el hijo del doctor tal y que también necesitaba verlo.
Hubo muchas cejas alzadas.
Muchos “¡Caramba!”.
Voces galenas enfatizando: “Te jodieron feo, mano”.
Puntos de sutura.
Vitales tratamientos ambarinos intravenosos.
*
Más tarde despertó hecho un Cristo, con la bandera de la diversidad en su piel.
Junto a Ud., en la sala de emergencias estaban dos policías. Parecían dinosaurios antes de la extinción.
Preguntaron, apuntaron. Pusieron caras circunspectas. El de más edad dijo:
—Por su santo padre que le recuperamos su carro; pero, eso sí, debe haber quedado vuelto ñoña. Quédese con la idea que le devolveremos un cachivache. Esos fueron los carajitos de siempre; nunca se cansan de echar vaina. Déjenos que hablemos con ellos y listo. Hablando se entiende la gente, doctor.
—Doctor era el papá, curso —acotó entre dientes el más joven.
—En esa carretera por más que Ud., grite nadie le va a hacer caso. Y ponerse de tú a tú con esos chamines, menos. Para la próxima, doctor, señor, hermanito, negocie hasta lo último.
Los funcionarios, como si discutieran entre sí y hasta dándose codazos, salieron de la habitación a informarle al personal de guardia que el pendejo este ya estaba dando signos de vida.
*
El otro doctor tenía lentes azules. Era calvo y la barba le llegaba hasta el conducto auditivo. Tenía una luz de neón parpadeante de fondo que le volvía místico o rave.
—Su padre… Mi amigo… El colega… El caballero… El saludable…
El doctor no pudo vomitar el verbo.
Se desmoronó como un gran médano.
Sus lágrimas brillaron tanto como el estetoscopio que tenía en el cuello.
*
En la clínica ya no había nada que hacer. Los motorizados le habían bloqueado toda posibilidad de ver a su papá vivo.
Entonces entendió que había perdido cualquier excusa: tenía que ir a casa por algunos documentos. Porque hasta en este pueblito comaliano los tiempos postmorten son fríos y espesos: a su papá no se lo entregarían sino hasta el día siguiente.
Volver era una afrenta a lo que estaba sepultado a pleno sol. Entrar en la mirilla de los rencores de los vecinos. Era sentir, de pronto, que Ud., apenas un visitante, se volvía una desagradable brisa que habría de alterar hasta los pelos de sus oídos, de sus odios.
De golpe, al emprender el doloroso camino hacia la casa, recordó que en el pueblo ya no quedaban rastros de los pequeños buses que servían de transporte público, y que los taxis se habían vuelto rara avis. En general, el pueblo, visto desde acá, es un decrépito cementerio, incluso de carros.
Todo el trayecto, naturalmente, lo hizo a pie. Apenas dio un par de saludos a algún recuerdo, a algún vecino.
Frente a la puerta principal de la casa volteó a ver la calle. Al frente, algunas cortinas se cerraron con rabia.
*
Entró a la casa como entra un cirujano a extirpar un tumor.
Recogió ropas, zapatos, revistas de investigación en varios idiomas.
Vació la nevera.
Estuvo a punto de aprender a decir —también en varios idiomas— la palabra podrido.
Luego se vio cubriendo los espejos y se maldijo porque se sintió parte de un rito en el que ya nadie cree.
*
Prendió. Apagó.
Volvió a prender la computadora. Encontró archivos serios. Archivos serísimos y archivos inexpugnables para los foráneos a la medicina.
También encontró algunos archivos fotográficos que serían mejor utilizarlos como gritos para estallar una noche sudorosa. Sea lo que sea que eso signifique.Al fondo, la biblioteca seguía resguardada de las inclemencias del sol. A un lado, cerca de la ventana grande, estaba la mesa, adusta, pálida por tanta luz, sosteniendo aún el teléfono.
Al levantar el auricular, se dejó fotografiar, otra vez, por su madre para que la familia tuviera un recuerdo del día cuando la modernidad llegó a la casa. En realidad, el aparato estaba mudo: no era para menos, después de tantos gritos que por allí se colaron.
Al colgar escuchó las vibraciones metálicas que hacían las inquilinas o la brisa que azotaba los árboles del patio. Casi olvida que unos pájaros sin nombre también eran los responsables de aquellos ruidos. Todo dependía de la época del año y del calor. Porque hasta ellos huían de la sed que produce este pueblo.
Si uno de esos pájaros se quedaba enredado en la tela metálica sus chillidos tendían a confundirse con ayes. Entonces, su papá, con parsimonia, se colocaba los manchados guantes multiuso y trataba de mantener sus ojos lejos de aquellos puñales, los mismos con los que, antes de migrar, eliminaban a los ancianos y enfermos de la bandada. Su papá, entonces, lo agarraba con rigor y extraía el cuerpo del entrampamiento. No había adiós posible, apenas un árido revoloteo que dejaba herida la respiración.
*
Salvo el de su papá, en el resto de la casa no había colchones donde dormir. Los que hubo habían sido quemados. Las razones obedecen a unas normas de asepsia que él tenía muy claras. Antes, su mamá le mandaba a los escaparates para encontrar la solución a cualquier asunto. En esa ocasión, también fue hasta allí, esperando hallar algo donde poner sus huesos dolientes: una colcha, aunque sea.
Resultó una lástima que en esta oportunidad no se haya detenido a revisar, como hacía durante horas cuando era niño, las docenas de documentos de identificación guardados en ese sitio.
En el patio colgó la colcha a lo largo de las cuerdas y empezó a darles palazos. Esta vez no hubo quejidos.
Bañado en sudor se sentó en algún sitio del patio. Con la densidad de la nube de polvo creyó que volvían las viejas nieblas tóxicas que su papá producía para aplacar, entre otras cosas, la plaga.
Alteró el reposo de las tuberías cuando abrió el chorro de la batea.
Puso la cabeza bajo aquella cascada mientras su papá volvía a bañarlo al lado de las jaulas, en la mitad del patio, como si apagara un incendio. Luego le pedía que se quedara allí esperando a que trajera, a rastras, a su mamá y lo ayudara a hacer lo propio con ella.
Aquello consistía, primero, en desnudarla, acostarla en el piso boca arriba (por el lado “A”, decía su papá). Luego venía el chorro rotundo, cuidando que no le diera directo en la nariz. De inmediato, tomaba con seriedad su papel de “enjabonador” y recorría a su mamá con la pastilla azul y se la pasaba, como un hombre, de modo que saliera bastante espuma. En seguida, otra tanda de agua para barrer el sucio y, luego, repetir toda la maniobra (por el lado “B”). Por último, disminuían el volumen del agua casi al mínimo, volteaban otra vez a su mamá, de cara al sol, y colocaban su cabeza sobre un ladrillo para lavarle el cabello con detenimiento: de pronto aquello se transformaba en uno de esos ritos capilares que tanto les gustaban a las inquilinas.
*
Al rato destapó uno de los grandes contenedores de agua. Fue impresionante lo que vio.
Como si fuera el cuerpo de su mamá lo tumbó y dejó que se evaporara ese contenido, ajeno a la vida. Conectó la manguera: lavó las cavidades verdosas. Con normalidad escuchó a su papá expresando su tristeza, o su furia, por el estado de los contenedores.
Así no se puede vivir, insiste su padre. La verdad es que no. Con o sin agua, en las condiciones dentro de las jaulas, mantener los latidos a un ritmo natural, era muy difícil. A muchas de las inquilinas les ganaba la sed. O la congoja. Su papá hacía lo que podía. Los potes del agua había que surtirlos hasta tres veces a lo largo de la jornada porque eran tan violentas las subidas de temperatura que el agua se volvía sopa durante el mediodía. En cambio, la comida negra (así le llamaba, quien por entonces aún no era galeno sino que realizaba sus “pasantías”, debido a que la rutina de preparación era en las madrugadas), esa comida colorida, se emplataba dos veces.
*
Casi se nos suelta una sonrisita cuando, entre las líneas mudas que hoy trazan la casa, escuchamos que a Ud., también le dio por hablar en voz alta.
Aquí todos han pasado por lo mismo. Sea en la cocina o en el patio, sea de día o de noche, todos terminan hablando solos.
Pero y Ud., ¿qué fue lo que dijo?
Dijo que menos mal que la brisa ha barrido las incomodidades y lo dijo, así, como si soltara una bocana azul, y eso por supuesto, que nos causó gracia.
En todo caso, la brisa ha pasado por entre las cercas metálicas tantas veces que ya nada más se escucha una leve vibración, en pianísimo, a escala ínfima, que no habla (ni grita) los índices anteriores de desolación.
La brisa cumple su rutina.
Ud., cierra los ojos.
Ve otros soles.
A su papá.
Los húmedos arreboles de su madre.
El dramático ocaso de las inquilinas.
La brisa va, otra vez, entre las ramas de los árboles y las escandaliza. Pareciera como si se tratara de las ramas de unos árboles invictos, aún jóvenes, aún muy bellos, como si su verdor lo incentivara un compost sobrenatural. El que creó su papá.
*
Cuando logró que, en otro pueblo, cremaran a su padre, en lo primero que pensó fue en que se estaba ahorrando la tradicional marcha fúnebre que se acostumbran por estos lares. Tampoco hubiera podido montarse al hombro el féretro de su padre. Todas las magulladuras le habían brotado, quizás a propósito, para castigar sus emociones y hacer juego cromático con el negro y el morado del duelo. Lo más seguro es que, si hubiera habido sepelio, algunos habrían preguntado, a juzgar por cómo le había quedado la cara a Ud., si en verdad el que iba a ser enterrado iba en la urna o iba marchando. Cualquier comentario viscoso está permitido antes de entrar a un camposanto.
Dejando a un lado ese bochorno, aguardó las cenizas de su papá más de medio día —era larga la fila de difuntos— en una sala de espera cuyas paredes tenían estampados paisajes acuáticos y boscosos, tal vez, como sugerencias indirectas de los posibles sitios donde arrojar los residuos del ser querido.
Salió de ahí de noche.
De seguido cada pequeño episodio fue más asombroso que el otro.
El primero se dio cuando el taxista le llevaba al Taller donde reposaba su carro desvalijado.
El chofer era especialista en recitar poemas de Benedetti; mejor dicho, era especialista en torcer algunos poemas eróticos del uruguayo, quitándoles algunas palabras, sustituyéndoles por otras, hasta volverlos elegías.
El culmen llegó cuando el chofer sentenció algo que giraba en torno a Eros y a Tánatos. Sí, el chofer.
*
Desde el portón del Taller automotor gritó para que le abrieran.
Unas luces se encendieron.
Pero tuvieron que pasar algunos otros siglos hasta que salió el mecánico. Era evidente que hasta hace un minuto antes de salir había estado llorando. Sí, el mecánico.
Con un poco de hipo explicó el milagro que él había obrado en el carro. Aunque, de muy mal modo, remató su discurso sobre la prodigiosa reconstrucción: Rueda que es lo importante.
Antes de que él se subiera al auto, el mecánico le preguntó si aquel cofre contenía lo que él estaba pensando.
—Sí, panita —respondió.
Con sus manos recién lavadas con detergente tomó el recipiente de las cenizas y se dobló como un árbol azotado por una ventisca.
*
Antes de cruzar el puente que decreta la entrada o salida del pueblo hay varios establecimientos de chinos donde se puede amainar la sed y hasta el duelo.
Después de atravesar una cortina de flecos perlados reconoció algunas caras avejentadas que alguna vez fueron de sus compañeros de escuela. Eran cuatro bomberos de uniformes tan desteñidos que parecían haber sido lavados muchas veces con el agua y la espuma extintoras, y secados, circunstancialmente, con las llamas de un incendio. Dos de ellos estaban en una pequeña mesa, aplaudiendo, llevando el compás de una canción de Héctor Lavoe y mirando a los otros dos, de pie, uno frente al otro, tomados de la cintura, casi forcejeando. Intentaban bailar. En realidad, aquello era una clase de baile, la que se le da un amigo con dos pies izquierdos, pero con subrayados vulgares de que si el otro lo apretaba mucho, le juraba que en el próximo operativo, lo empujaría a las artes del fuego. Los bomberos que estaban sentados al escuchar la conjugación del verbo empujar, automáticamente, soltaron una alarga y borracha “e”.
Dejó atrás a los uniformados y bordeó algunas mesas y se sintió repelido por la luz agria de varios bombillos.
Encaramado en la barra colocó el cofre sobre el helipuerto de las botellas y cuando el chino Juan le trajo la gélida cerveza, Ud., chocó el tercio con la madera del recipiente y, por supuesto, dijo salud papá.
*
Desde el carril contrario, se quedó viendo el sitio donde por poco lo matan. Naturalmente, también pudo haber estado espolvoreado dentro un cofrecito, así como iba su padre en la guantera.
Al volver, la distancia no se le hizo corta como suelen ser los retornos.
Hasta llegó a sentirse más solo que antes… Tan solo y tan sin sentido como sus copilotos: dos bolsas de tierra del patio que les llevaba a sus plantas a ver si se dignaban, por fin, a echar una alegría en su apartamento de Caracas y así, también, se podría forzar ciertas visitas de colibríes.
Cuento ganador del Primer Lugar en el Premio de cuento Julio Garmendia para Jóvenes Autores, en su edición 2020.