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Simples versos

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A mi padre, Gerardo Peraza Silva,
cierro los ojos y te veo leyendo.

 

«Una vez que aprendes a leer, serás libre para siempre».

Frederick Douglass

Clío invocaba a los dioses cada noche para que el pasado se quedara en su sitio y ella pudiera envejecer en paz. Por eso aquel atardecer, cuando vio a su marido subir la misma cuesta que, veinte años atrás, lo había visto bajar rumbo al puerto, el corazón le dio un vuelco.

«No puede ser», pensó, y corrió a ocultarse en casa.

Adrián se había ido a la guerra convencido de que su mujer se dedicaría, como todas las esposas atenienses, a criar a sus hijos y a tejer junto al fuego del hogar hasta que su sed de batallas se saciara. Dueño de sus certezas, ahora desandaba el camino a paso lento: los hombros vencidos, la barba gris, las manos ásperas, con restos de sangre bajo las uñas. Quería llegar a su antiguo lecho para descansar. Su vigor había quedado en otras camas, entre los muslos de mujeres de piel suave, con olor a vino y a mar.

El tiempo también había dejado su huella en el cuerpo de Clío. Las caderas más anchas, los pechos ya no eran firmes ni la piel lozana, pero en sus ojos brillaba otra luz. En lugar de tejer y esperar, había aprendido a leer y a escribir, junto a Lisias. Un hombre que no marchó a la guerra, sino que se quedó en tierra firme, escribiendo poemas y tragedias.

Clío llegó a la cocina maldiciendo su suerte: «¿Para qué volver ahora? Tus hijos crecieron sin ti y ya partieron en busca de sus aventuras épicas; Apolo, que te acompañó un largo trecho meneando la cola el día que te fuiste, está muerto; y yo ya no recuerdo cómo quererte».

Tomó el tarro de miel para terminar de preparar el pastel, pero al verterla con las manos trémulas se derramó fuera del plato. Soltó un quejido, lo dejó a un lado y salió.

Se detuvo en medio de la sala. El cálamo y el tintero reposaban sobre la mesa. Sus fieles compañeros —poetas, filósofos, historiadores— estaban por todas partes, en rollos de papiro. Se estremeció: ella, la mujer de Adrián, poseía libros. Esos objetos, raros y escasos, codiciados por reyes, consejeros y eruditos. Se enjugó la frente.

Caminó hasta la ventana, se asomó y aspiró el aroma de los olivos recién florecidos. El sol ya se había ocultado. Un remanso de claridad delineaba los contornos de los árboles y del sendero. El mar al fondo, un lienzo gris.

Él se había detenido. Las manos en las caderas, la espalda curvada hacia adelante, la cabeza ladeada.

«Date la media vuelta, Adrián. Mira el faro a lo lejos, el mar que dejaste atrás. Escucha el canto de las sirenas pidiendo auxilio. Seguro que hay un barco esperándote. Los hombres como tú se pudren en tierra. Habrá otra guerra. Siempre la hay. Además, el puerto está lleno de tabernas y de mujeres bien dispuestas».

Se mordió los labios. Posó la mirada en sus manos. Aún tenía tinta bajo las uñas. Había pasado el día escribiendo.

Adrián se enderezó, tomó una bocanada de aire y siguió andando.

Clío volvió a la cocina. Cogió el aguamanil, se lavó en la pila. Mezcló unas gotas de aceite de orégano y se frotó los dedos. En la habitación, se quitó la bata y se ciñó la túnica con el cinturón. Sacudió el polvo de sus sandalias antes de calzárselas. Luego, se peinó la larga cabellera y la cubrió con el manto.

Ares comenzó a ladrar. El hombre que se acercaba era un desconocido.

Clío corrió a la sala. Cogió la hoja escrita con sus versos inacabados, apretados para ahorrar espacio. Leyó el título:

—Simples versos. —Asintió, enrolló el papiro y lo empuñó con determinación.

Volvió a mirar a su alrededor. Imaginó la mueca de Adrián al descubrir que su casa ya no era un hogar, sino una biblioteca.

Ares iba de un lado a otro, defendiendo su territorio.

Antes de escabullirse por la parte trasera, oyó el chirrido del cerrojo, seguido de fuertes pisadas.

—¡Clío! —dijo con su voz de mando.

El perro le gruñó.

—¡Shhh! —ordenó Adrián, dando un paso atrás. La casa estaba sumida en la penumbra.

Ares redobló los ladridos.

Clío cerró la verja para impedir que el perro la siguiera. El calor de junio la golpeó, aun así se internó en el bosque a toda prisa. Lo conocía tan bien que podía serpentear entre los olmos, sauces, tamariscos y olivares con los ojos vendados. Los sentía con el cuerpo: sus aromas, sus texturas. El ulular de los búhos la escoltó, hasta que su propia respiración se impuso sobre los sonidos de la noche.

Entonces llegaron los recuerdos: los ojos de Adrián, jóvenes y brillantes. Amaneceres entre sus brazos. La plenitud en el cuerpo. Dolores de parto, sangre caliente entre las piernas. Los hijos. Pezones cuarteados. Deseos. Guardar silencio. Hogar. Risa de niños. Llanto. El último beso el día de la partida. El tiempo, domador de vidas.

«¿Y si intentara volver a quererlo?». Detuvo el paso. Alzó la vista al cielo en busca de augurios: un rastro de pájaros, una señal de los dioses. Solo las estrellas titilaban y nada del bosque resonaba en su interior.

Bajó la mirada al papiro. Recordó la emoción de aquel instante en que el mundo se ensanchó, cuando las letras cobraron sentido. Recordó la chispa en las pupilas. Desde entonces, todo cambió.

«¡Libertad!», quiso gritar.

Sintió de nuevo el brío en las piernas y echó a correr. Un torbellino de visiones estalló en su mente: héroes aqueos escondidos en el caballo de madera; fuego en las venas; gritos de batalla; Helena; Penélope tejiendo y destejiendo el sudario para su suegro; hetairas libres en la intemperie; sirvientas, nodrizas y concubinas; prostitutas con hambre en los ojos, deambulando por calles polvorientas. Mujeres: botín de guerra.

Si seguía adelante, nadie vendría a salvarla.

Estaba sola. Sola con sus versos.

«Apostaré», se dijo.

Cruzó la plaza con pasos enérgicos y la cabeza gacha. Un grupo de hombres discutía. Al pasar junto al teatro, oyó las voces de los coristas.

—¡La inevitabilidad del destino! —exclamó uno de ellos—. El destino no se puede eludir, pues ha sido trazado de antemano por los dioses.

Clío se paralizó. Un temblor la sacudió, doblegándole el ímpetu. Lágrimas añejas le empañaron los ojos.

Iba a darse la vuelta cuando vio a un viejo que se acercaba, tanteando las piedras con una vara. Olía a humo de leña.

«Con pasos titubeantes, el pobre avanza porque aún confía en el camino», pensó.

Tomó una bocanada de aire.

—No desperdicies lágrimas frescas en dolores pasados —resonaron en su memoria las palabras de Eurípides. Y junto a ellas, las mujeres fuertes de sus tragedias.

«Sí, apostaré». Se enjugó el rostro y siguió.

Al llegar al puerto, la sed le escocía la garganta. Se arregló el manto, se alisó la túnica y empuñó el papiro, su antorcha. Pasó junto a un hombre que rasgaba con tanto ánimo las cuerdas de una lira que su melodía la escoltó durante un buen trecho.

En el muelle, caminó entre dos grandes barcos de guerra, donde marinos subían provisiones. Al fondo, encontró una barca de treinta puestos para remeros. Solo un par de hombres la ocupaban, bebiendo vino y conversando animados, a la lumbre de una lámpara de aceite.

—¿Cuándo parten? —preguntó.

—Mañana al amanecer.

—¿Hacia dónde?

—A Esparta.

—Traigo un mensaje urgente del rey para el Consejo de Ancianos de Esparta.

Los hombres se miraron con un gesto de extrañeza.

—Necesito hablar con el capitán.

—Soy yo —dijo el mayor de ellos. Una cicatriz le cruzaba la mejilla izquierda, desde la comisura del párpado hasta la boca. Tenía las cejas espesas y el pelo recogido en una coleta.

Clío sintió las palpitaciones en las sienes. Le temblaban las piernas. Creyó que, en cualquier momento, sus rodillas colapsarían. Carraspeó:

—Este mensaje es para usted. —Le extendió el rollo y contuvo la respiración.

El capitán lo tomó con dedos dubitativos. Lo examinó de un extremo al otro, hasta que lo desenrolló. Con el ceño apretado, lo acercó a la lámpara. Sus ojos sobrevolaron las palabras. Soltó una tos flemosa y escupió al agua.

El tiempo pareció suspenderse. Solo el rumor del mar golpeando la barca. El capitán intercambió una mirada sagaz con el otro hombre. Se puso en pie, sacó pecho y dijo, con voz grave:

—Las órdenes del rey no se discuten. —Le devolvió el papiro.

Clío exhaló al fin, dominó el deseo de sonreír y se secó el sudor con el manto.

—Invíteme algo de beber y le cuento los detalles.

—Venga. —El capitán le tendió la mano—. Siéntese con nosotros.

Clío se dejó caer en un banco frente a él. Bebió vino y lo acompañó con pan, aceitunas y pulpo asado.

Después, emprendió el regreso a casa.

Las tabernas junto al puerto rebosaban de hombres sedientos de diversión antes de echarse a la mar. Tomó una de las callejuelas. En la distancia, lo vio: Adrián avanzaba con paso tambaleante, como si aún estuviera sobre la cubierta del barco. Una mujer iba colgada de su brazo. Canturreaban entre risas. Clío ocultó la cara tras la tela y pasó junto a ellos.

Antes de comenzar a subir la cuesta, se volvió.

No quedaba rastro de su marido. Solo la ciudad, que la aprisionaba como las murallas de Troya. Pensó en Helena: no por la belleza ni por el deseo, sino por la guerra. Sin ejércitos que se alzaran por ella, le había llegado el momento de librar su propia guerra.

Echó a andar.

Ares la recibió meneando la cola. Clío le acarició el lomo. En la cocina, vació cuatro cajas de madera y las llevó a la sala. Tenía la noche.

 

El canto del gallo anunció la hora. No había dormido, pero su mente estaba lúcida. Los ladridos le confirmaron que habían llegado: ocho marineros, jóvenes y fornidos.

Los hizo pasar y les señaló las cajas.

—Cárguenlas con cuidado —les suplicó.

Se colgó al hombro la bolsa de piel curtida y la alforja de escriba. Le silbó a Ares. Juntos bajaron hacia el muelle.

Al ver la barca, se le aceleró el corazón. «Si todo sale bien, enseñaré a leer y escribir a los hijos de alguna familia rica. En mi tiempo libre, escribiré versos y me entrenaré en lanzamientos de disco y jabalina. Si sale mal, moriré en las calles, y mi cuerpo será pasto de perros y cuervos…».

El capitán la saludó. Le ofreció la mano para subir. Ella tomó asiento en la proa; Ares se echó a sus pies. Él gritó las últimas instrucciones mientras los marineros aseguraban las cajas. Desamarraron la barca. Cada hombre ocupó su banco y, golpeando el agua con los remos, se hicieron a la mar.

Clío cerró los ojos e invocó a Palas Atenea para que los guiara lejos de las rocas oscuras. Le prometió libaciones al llegar. Pensó en Lisias y deseó que fuera feliz con su mujer. Adrián seguiría con sus andanzas. Sus hijos iban con ella, latiendo en su pecho como la música de los poemas.

Volvió la mirada hacia el puerto.

—Adiós —dijo.

El viento arreció. El sol despuntaba tiñendo el horizonte de púrpura y naranja.

Abrió la alforja: el cálamo y la tinta eran sus armas. Los papiros, el escudo que portaba.

 

Cuento ganador de la 73ª edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional (2026)

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