El mago de la cara de vidrio, de Eduardo Liendo

05/ 03/ 2013 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

De los grandes peligros que implica la confusión del socialismo utópico
con melosos cantos de sirena

Uno de los más impresionantes hallazgos que me ha deparado mi curiosidad insaciable es el haber descubierto la íntima compenetración, interdependencia e interapoyo existente entre cinco fenómenos que los despistados suelen considerar como cosas distintas y que, sin embargo, poseen una básica raíz común. Me refiero al quinteto infernal integrado por: Política-Policía-Polución-Polilla-Poliomelitis. (Conscientemente, y por razones que prefiero reservarme, no agrego a la maltratada Poligamia.) Lo cierto es que, aún siendo los factores mencionados uno para cinco, y cinco para los que salgan, es la Política quien actúa como cabecilla. Sobre ella se han intentado muchas definiciones que considero incompletas, por no tomar en cuenta precisamente su cualidad intrínseca: a pesar de que uno la aborrezca, siempre la tiene que aguantar.

Arriesgándome a que en el porvenir este sobrio y despasionado panfleto sea calificado de subversivo, parcializado y obtuso, quiero dejar fiel constancia de que ideas políticas tengo, y ellas no pueden ser otras que las avanzadas ideas que exaltan al más humano y divino sistema: el socialismo utópico. Debo denunciar que el Manual de tramposas ideas políticas que me vendieron, saltaron o sustrajeron ladinamente el capítulo correspondiente al llamado socialismo centrífugo, hecho éste que me obliga a declararme neófito sobre el particular. No obstante, esta pequeña laguna no me impide parcializarme abiertamente por el sistema utópico, en el cual, hasta el momento, no he advertido fallas ni limitaciones, el que cada quien pueda agregarle libremente el pedazo de sueño que le dé la gana, sin por ello ser acusado de revisionista. Es de esta amplitud imaginativa de donde surge su justísima consigna: “A cada quien según sus ociosidades”.

En cualquier caso, no tengo el menor inconveniente en ser trasladado de este pabellón de manicomio donde me encuentro arbitrariamente clasificado, hasta cualquier rincón de la “Ciudad Dorada”. Sirva de paso la declaración de mis ideas revolucionarias para desvirtuar cualquier acusación de conservador, motivada por el intransigente repudio que siento por la guitarra eléctrica.

En cuanto a la idea pilar que sirve de soporte al conjunto de mi pensamiento político, puede resumirse en el rechazo absoluto de todo Papa Upa en cualquiera de sus numerosas variantes (emperador, rey, primer ministro, cacique, piache, presidente, generalísimo, etcétera). Puedo transarme con la instauración de una Junta Popular electa en una playa de mercado libre y removible cada quince (15) días, lapso a partir del cual comienzan a observarse en el gobernante síntomas de creer seriamente que él mismo es, y fatalmente, ya se le ha acercado el primer chupamedias a ratificárselo. Es obvio que en esta junta popular, maestros, cocineros, locos, caminadoras, poetas y marginados tendremos taburete. No juzgo necesario, ni tampoco posible, que alguien se convierta en tribuno portavoz del pueblo, por cuanto mis atentas observaciones en los autobuses, carritos por puesto, mercados, casas de vecindad, bodegas, barberías, etcétera, indican que mientras más arruinado es el tipo y destartalada su condición, su lengua se torna mucho más aguda, desenvuelta, explosiva, temible y larga, siéndole por tal motivo completamente innecesario hablar con lengua ajena.

Es el caso, y lo que en este documento me corresponde denunciar, que mi asomado enemigo El Mago, consciente del lugar preponderante que ocupa la doctrina en la volunta de lucha de todo combatiente, se dio a la maligna tarea de estortillar mis convicciones. Sabiendo de antemano la imposibilidad de encasquetarme un Papa Upa a juro, se valió de las más sutiles artimañas para alcanzar su ladino propósito. Doy fe de que, durante casi la totalidad de la campaña electoral, resistí al sistemático bombardeo de promesas lanzadas por sus candidatos (incluyendo la tentadora oferta confidencial de uno de ellos, de hacer instalar un cómodo, rápido y ventilado ascensor en el superbloque en cuanto fuese electo con mi consentimiento). Nada me conmovió, ni siquiera las tiernas fotos que presentaban a los aspirantes cargando perritos, ordeñando vacas, comiendo frijoles, entrenando boxeadores, leyendo Blanca Nieves y besando ancianitas. Ni por un instante olvidé que mucho más angelical se veía Nerón tocando su lira y, sin embargo, no se le aguó un ojo cuando quemó a Roma. Aún menor atención presté a los innumerables requerimientos de El Mago para que me plegara: “¡Fíjate en esa pinta! ¡Mírame ese maaaachete! ¡Ayúdalo a ser útil!…”, y otros casquillos más. Estaba dispuesto a defender hasta el fin las virtudes de la sabiduría colectiva, concentradas en la gran Asamblea Popular, y quizá lo hubiese logrado, de haber tomado la sabia precaución del astuto Odiseo. Únicamente apelando a métodos tan masoquistas hubiera podido impedir que mi espíritu fuese estremecido por el más dulce y refrescante canto de sirenas que alguna vez se haya entonado. La más profunda de mis aspiraciones, la más loca de mis fantasías, el más exaltado de mis sueños, fue prometido por un candidato: la Ley del Silencio. Recuerdo aún cuando escuché su voz quebrada de emoción: “¡Conciudadanos!, consciente del momento histórico del cual soy testigo, compenetrado hasta el tuétano con las aspiraciones de la gran legión de los embotados y aturdidos, os prometo que en el preciso instante en el cual pose lo que quiero posar en la Sillona, le pondré ipso facto el Ejecútese a la engavetada Ley del Silencio (aplausos y vivas). Siglos de escándalo quedarán atrás (aplauso y pataleo). Al fin, los torturados tímpanos serán liberados (chillidos). ¡Los compresores serán aniquilados! ¡Las motos enjauladas! ¡Las sirenas ahogadas! ¡Los carajitos neuróticos amordazados! ¡La guitarra eléctrica desenchufada!, y será la paz.. (ríos de lágrimas)”.

Todo mi ser se estremeció de gozo; toda la inhumana sensatez la vi expresada en el carismático Pepe el Silencioso, y poniendo a un lado reservas y teorías, me dije convencido: Pepe va. No solamente le di mi voto (con el tímpano en la mano), sino que gracias a la dinámica actividad que desplegué en su favor, ganó sobrado. Puedo asegurar que todas las paredes de la ciudad fueron escritas por mí con la importante consigna: “Contra el ruido, vota Pepe”. Por lo tanto, calculad, equilibrados seres del porvenir, cuál sería el tamaño del trauma que me derribó al enterarme de que el primer decreto del nuevo magistrado, ya posado, autorizaba la importación de más sirenas para las patrullas y suficientes cartuchos para las pistolas. ¡Fraude!, grité a pleno pulmón. ¡Fraude! En el acto me entregué en cuerpo y alma a la tarea de colocar exactamente encima de la anterior consigna, la respuesta enérgica: Renuncia Pepe. Y él me respondió: “Ven a pararme”. Algunos exaltados organizaron nutridas manifestaciones de protesta, rumbo a la Sillona. Las fuerzas del orden desordenaron violentamente a los empatotados y se armó el relajo. Desde lo alto del techo de un carro, en un mitin relámpago, pedí la inmediata instauración del Utopismo, indiscreta exaltación de mis ideas que me costó un viaje de contusiones generalizadas, la incorporación en la lista de los ciudadanos que oscilan entre la vigésima y la quincuagésima categoría, y el reconocimiento como enemigo de las estructuras (acusación muy justa, ya que de estructuras tales como la del superbloque donde residía, siempre seré enemigo).

Nada más hay que agregar en este panfleto sobre el particular. Está demostrada la participación de El Mago en tan funestos hechos. Después de este paso en su campaña de “Cerco y Pulverización”, quedó claro que las radiantes formas de la “Ciudad Dorada” crecen necesariamente sobre su cadáver.

El mago de la cara de vidrio (1973)

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4 Comentarios a “El mago de la cara de vidrio, de Eduardo Liendo”

  1. matilde says:

    para mi es muy interesante y para reflexion de algunos

  2. Maria Lugo says:

    Hola!! será posible saber el nombre del autor de esta reseña? me parece muy interesante, y quisiera poder citarla en un ensayo sobre el Mago de la Cara de Vidrio que estoy realizando. Se lo agradezco de antemano.

  3. zulimar angulo says:

    pues el nombre del autor es eduardo eliendo

  4. daly says:

    hola sera que me puedes decir que quiere decir esto es un ensayo que tengo hacer

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