El mendigo, de Montague Kobbé

04/ 12/ 2016 | Categorías: Cuentos, Destacado

manoLa ambientación, casi perfecta: un vagón de tren apenas iluminado; una alfombra color azul verdoso teñida de marrón por los efectos del tiempo y la mugre; unos asientos tan precarios que su esqueleto se logra intuir a través de los cojines, su tapicería tan malograda que en ciertas áreas claves sólo quedan restos de hebras deshilachadas; unas ventanas deterioradas a tal extremo que apenas si permiten la entrada, mas no la salida, de luz. Sin embargo, esta es la más rápida, en efecto, la más sencilla, de las maneras de llegar al aeropuerto; y ya no hemos de tardar.
Desde lo más lejano del vagón se escucha el estruendo de una puerta al cerrar. De no ser por lo triste de la escena, el ruido hubiera ameritado echar una mirada atrás. Sin embargo, en vista de las circunstancias, nada bueno –nada fuera de lugar– puede haber atravesado aquel umbral. El silencio apenas dura cinco segundos, tras los cuales se escucha el eco seco, vacío, de una pierna artificial perforando el suelo en busca de equilibrio. Cinco segundos, y un nuevo golpe; cinco segundos más; golpe… … … … … y el ronco estampido se hace tan cercano que ahora lo acompaña un rancio aroma de decadencia.
Pie izquierdo apuntando hacia adentro; mano derecha empuñando firmemente la muleta que lo mantiene en pie; cabello fino, liso, atado en una cola que embadurna la espalda de su camisa desteñida; pantalones rojos, rotos, descartados, rescatados, abusados. Una convulsión incontrolable azota su pierna izquierda, estremece su torso, se apodera de su rostro. Sólo su brazo derecho sigue firme, asiéndose de la pierna artificial que lo mantiene en pie. Señó-. Señó-. Señó-. Señó-. La misma agitación que con anterioridad se ha adueñado de su cuerpo ha venido a afectar su habla. Un violento tartamudeo embriaga su lengua, impidiendo su mendicidad. Señó-. Seño. Señoras y señor-. Señor-. Señores.
El hedor aumenta con cada instante. Su desequilibrio es enervante; su apariencia repulsiva; tanta sordidez junta no puede ser saludable. Acompañada por el menoscabo del lugar, la inhabilidad verbal del mendigo no parece ser ni más ni menos que una simple conclusión lógica. A su lado, una mujer disgustada reúne sus pertenencias y se dirige con presteza al otro extremo del vagón. Disculpen. Disculpen. Disculpen. Disculpen la molest-; -est; -test; -testia. Desprovisto ya de paciencia, empatía e inclusive del menor vestigio de misericordia, saco un billete de mi cartera y, amparado tras una amistosa palmada en la espalda –ahórranos el mal rato, ¿quieres?
Rostros indignados dirigen miradas reprobatorias en mi dirección. Pero yo conozco el verdadero significado de aquellos ojos censurantes: lo cierto es que cada uno de los presentes se siente aliviado al saber que yo he hecho lo que ellos, bien por falta de coraje o de escrúpulos, no han podido hacer; lo cierto es que cada uno de ellos me lo agradece, aunque sea en secreto.

 

Del libro: Historias de camas y aeropuertos (DogHorn -edición bilingüe-, 2015)

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