Federico Vegas: Jamás he releído una página mía a la que no le falte o le sobre algo

20/ 04/ 2014 | Categorías: Destacado, Entrevistas

Por: Héctor Torres (@hectorres)
vegasAunque le encanta perderse en sus calles, no siempre se le consigue en Caracas. Eso sí: siempre vuelve a ella. Más que viajar, rota su estadía a lo largo del año. Si se le preguntara por las ciudades que han marcado su visión del mundo, no vacilaría en mencionar a Barcelona, Nueva York, Venecia y Caracas, pero volver es el verbo que aviva su relación con esta última ciudad, como sucede con todo misterio inagotable.

Federico Vegas es arquitecto y escritor. Carne y espíritu. Volumen y palabra. Dos lenguajes que se compenetran para edificar una comunicación con esa ciudad y con la vida. ¿Qué es lo primero que hace cuando vuelve, para sentirse de nuevo en Caracas?, le pregunto. Luego de un instante extraviado en esos despejados cielos de enero, señala: “Me pongo como los viejitos a tomar baños de sol y ver el Ávila, como carne desmechada y milanesas y me cito con algunos amigos en Centro Plaza. Durante los primeros segundos me siento como un fantasma. Luego todo se asienta y finalmente el alma aterriza en el cuerpo”.

Detesta viajar, trasladarse, pero llegar, en cambio, le encanta. Es un peculiar caso de “nómada sedentario”, porque pasa el año en movimiento, pero siempre va a los mismos sitios y, según afirma, se mueve muy poco. En Barcelona, por ejemplo, es capaz de pasar un mes sin salir de las mismas cuatro cuadras. “Claro, se trata de cuatro cuadras maravillosas.”

Lo cierto es que trata de mantener inalterables sus rutinas. Le gusta sentir que cada mañana va a ser siempre el mismo. Esté donde esté. De esta manera, apenas se levanta se sienta a escribir. “He logrado convertirlo en una necesidad fisiológica, higiénica”. Escribe entre tres y seis horas diarias. “El único lujo que me doy antes de sentarme a trabajar es mear”, acota.

Luego, su ideal de tarde transcurre caminando sin rumbo. Esté donde esté. Sabe que en las caminatas se asoman líneas, ideas, situaciones. Caminar es, también, escribir. “La escritura de la mañana es como un campo trillado: las líneas son surcos donde pueden nacer nuevas especies, hierbas malas y buenas que van naciendo con la caminata”.

A las siete de la noche ya está bañado y encapillado. Y, esté donde esté, no le gusta salir de noche.

 

Nació en Caracas, en 1950. En 1976 se graduó de arquitecto en la Universidad Central de Venezuela. Y aunque ejerció su carrera, la literatura siempre estuvo presente en su vida. “De niño tenía una sensación que solo ahora podría describir. Sentía que venía de un mundo de palabras donde poco a poco se fueron agregando otros seres”. Por esa época conoció el placer de la lectura y, siendo muy niño, cayó en sus manos el primer libro que leyó completo: Corazón, de Edmundo de Amicis. “Hace poco leí que era el libro más cursi de Italia, y sentí que habían ofendido a un miembro de mi familia”, rememora. Tras esas primeras lecturas comenzó a gestarse una necesidad de contar historias, las cuales no tardó en convertir en sus primeros cuentos. “Se los leí a mi madre y le pegué tal susto que desistí”, confiesa.

En Vegas la literatura es un oficio de 24 horas. Para él, la vida es contar. “Uno paga para que lo sorprendan” es uno de sus lemas de vida.

Ya había publicado varios libros de ensayos (El continente de papel, en 1984; Venezuela vernacular, en 1985; y La Vega, una casa colonial, en 1988), cuando, en 1996, se animó a publicar su primer libro de cuentos: El borrador. Tenía entonces 46 años, lo que lo podría calificar como un autor tardío. Es decir, se tomó su tiempo para dar a conocer su primer título de ficción. “El primer libro es un resumen de lo que has vivido hasta entonces”, sentencia. Pero paradójicamente es de los autores más prolíficos de la narrativa venezolana contemporánea. A ese primer libro de cuentos le seguirían muy pronto: Amores y castigos (cuentos, 1998),  Prima lejana (novela, 1999), La ciudad sin lengua (ensayos, 2001) y Los traumatólogos de Kosovo (cuentos, 2002), hasta que en 2005 publica su primera gran novela, la cual es considerada, además, una de las mejores de la literatura venezolana de las últimas décadas: Falke.

Le pregunto por las motivaciones que lo llevaron a escribir esa historia en particular, y confiesa que le hubiera gustado ser director de cine “y me enamoré de ese barco y de esos jóvenes, pero no tengo la fuerza y el temple que hacen falta para dirigir una película. Soy demasiado temperamental”, por lo que se lanzó a la aventura de escribirla, y tanto lo hechizó la historia que un día se sorprendió habiéndola terminado. “Me consideraba un corredor de distancias cortas, y un buen día estaba navegando en el mar, o perdido por Araya, bien lejos de casa”, rememora.

Luego de Falke, ha seguido publicando a razón de un libro por año: Historia de una segunda vez (novela, 2006), La ciudad y el deseo (ensayos, 2007), Miedo, pudor y deleite (novela, 2008), La carpa y otros cuentos (cuentos, 2009), Sumario (novela, 2010), Los peores de la clase (cuentos, 2011), Los incurables (novela, 2012) y su más reciente novela: El buen esposo (2013).

 

Domina con igual pericia el cuento y la novela. En ambos géneros despliega esa gracia que tanto seduce a sus lectores, que se sienten como quien escucha las confidencias de un viejo amigo. Durante una conferencia sobre los géneros literarios, contó que una mañana en que lo esperaba relajado un huevo frito, logró precisar las diferencias entre uno y otro. “La claridad de su perímetro perfectamente definido; su absoluta finitud y su indiscutible condición de ser exactamente lo que es retrata sin lugar a dudas al cuento. Intacto en su forma, llano en sus personajes. El revoltillo es, en cambio, la perfecta definición de la novela. Sus bordes irregulares dan cuenta de lo inasible de sus límites y su volumen caprichoso, de lo complejo de sus personajes”.

Y aunque sus primeros libros fueron de cuentos y ha escrito algunos de los mejores de nuestra literatura contemporánea (Mercurio, La carpa o Nuestra Señora de Los Golpes, por mencionar algunos), su producción cuentística se ha ido espaciando. De hecho, sus dos títulos más recientes en el género contienen, junto a textos inéditos, selecciones corregidas de sus primeros libros.  ¿Está abandonando el cuento?, le pregunto. “La verdad es que ya no tengo el mismo entusiasmo por ese género. Quizás me acostumbré a correr sin saber qué me espera. He perdido la exactitud”, dice, aunque agrega que tiene varios cuentos en ejecución y promete que, si encuentra quien los publique, el próximo libro de cuentos contendrá puros textos inéditos.

Siendo que se trata de un autor tan prolífico, y que se ha dedicado a la ficción de largo aliento, resulta inevitable preguntarle cuándo siente que la historia que tiene entre manos va a funcionar y terminará convertida en novela. Entonces, haciendo gala de su oralidad, sonríe y enumera: “Cuando los espíritus me hablan y me persiguen, cuando veo ráfagas de películas que cruzan frente a mí, cuando sueño con diálogos, cuando me dan unos ataques de ansiedad, cuando todo lo que veo parecen perlas de un mismo collar, cuando le cuento a mi esposa ideas disparatadas que aún no tienen sentido, o cuando imagino al libro que aún no comienza como un bestseller dentro de mil años”.

Sin embargo, como sucede con todo encuentro que deviene en esencial, que la historia lo seduzca no quiere decir que de allí saldrá una relación fácil y feliz. De hecho, las abandona por cansancio, ya que nunca las siente listas. Es por eso que considera el mayor acto de masoquismo leer un libro suyo ya terminado, y jura que ha aprendido a vencer esa tentación. “Jamás he releído una página a la que no le falte o le sobre algo; no importa si la leo a los cinco minutos de corregida o cinco años después”.

Y, aunque trata de mantener inalterables sus rutinas de escritura en los distintos escenarios, ha descubierto que es en Margarita “en una calle que tiene muy poco de ciudad, pero lo mejor del planeta tierra, que es el mar”, donde se encuentra la conjunción perfecta que hacen que la escritura fluya con más facilidad. La considera ideal para los comienzos, para el empuje, para una excitación bien respaldada con pescado fresco y mañanas despejadas.

 

En muchas de sus novelas, Vegas ha abordado el infinito tema de los conflictos en la relación de pareja. En su más reciente novela: El buen esposo (Alfa, 2012), vuelve al tema. ¿Cuáles son los meritos que se deben alcanzar para ser un buen esposo?, le pregunto. “No tratar de serlo. Tener la suerte de que a nuestra pareja le gusten nuestros defectos, pues es lo único que crece sin esfuerzo. Las virtudes suelen ser virtuales, los defectos analógicos” revela y, aunque considera que para todos los hombres el dolor y el sufrimiento son experiencias vitales, es posible que el escritor tenga “una mejor digestión, pues sabe que puede utilizar el abono”.

No sabe si es un buen esposo, pero sí sabe que el matrimonio es un milagro que cada día le  asombra más. No deja de preguntarse cómo puede ser tan maravilloso e insaciable algo que no es pecado, no engorda, no está prohibido y es obligatorio. Sin embargo, no cree que el hombre esté condenado a vivir en pareja. Es decir, rechaza el término “condenado” para referir esa ineludible condición, acotando que el hombre solo está condenado a morirse y a respirar con constancia.

¿Cree que hubiese sido otra su obra si hubiese sido escrita por un soltero militante? “Detesto la palabra militante. Soy un casado civilista”, asegura sonriendo.

 

Federico Vegas, como ya se dijo, ha escrito largamente sobre Caracas y sobre las relaciones íntimas. Acerca de estas últimas, sabe que hay las que pelean con cierta periodicidad solo para regocijarse en el placer que entraña la reconciliación. Son de esos amores que se alimentan más de los acentos que de las pausas. De ese tipo parece la relación de Vegas con Caracas. Una ciudad de la que, según él mismo confiesa, le encanta marcharse y a la que adora regresar. Un amor que, si bien no es permanentemente idílico, sí ha demostrado, en cambio, ser consecuente.

 

Publicado originalmente en la revista Clímax

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