Puros hombres, de Antonio Arráiz

23/ 04/ 2013 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

Capítulo XII: Por el que pasa la ráfaga perturbadora de la mujer

La introducción de un muchacho, de José Partidas, trae graves perturbaciones al presidio.

—No me digas José, chico. Eso es muy serio. Dime Pepito —exige él, y mira hondamente, largo rato, de medio lado, y termina pasándose la punta de la lengua por los labios regordetes.

Todos los presos se lo quedan mirando.

—Qué muchacho ese tan bueno —murmura desde lejos Javier.— Yo le daría su buena calzada.

La voz de los hombres enronquece cuando hablan de Pepito, la saliva se les torna pastosa.

—¿De dónde eres vos? —le pregunta Eustaquio.

—¿Yo? De Caracas.

—¿Y por qué te tienen preso?

—Cosas… Cosas de la vida —contesta él, y clava en Eustaquio su sonrisa cínica, su dulce sonrisa, su sonrisa provocadora.

Eustaquio se sonroja, se ríe también, y se aleja de él, turbado.

Manuel Cortez, el turco Moisés, Javier, Silvestre, el negro Felipe, el mismo viejo Bruno, le hacen la corte descaradamente.

Inquieto, el cabo Matías le grita:

—Mirá, vos, Partidas, venite para acá.

Cuando el muchacho está a su lado dulcifica un poco la voz, involuntariamente:

—Vos sos ordenanza aquí. Ya lo sabés. No es para que estéis hablando zoquetadas con todo el mundo. Es para que estéis aquí, para lo que te mande yo.

Con su sonrisa que va flotando como una mancha de aceite sobre agua removida, él se deja ir hacia allá, hacia acá, hacia donde lo manden, y se queda mirando al cabo con su honda sonrisa.

—Ah vaina, cará —pronostica el capitán Rincones.— Ya vamos a tener periqueras aquí por culpa de ese muchacho.

En efecto, cada vez que Partidas se va a conversar con cualquiera, el cabo se levanta de su taburete, se pasea desasosegado, lo busca con la vista, atisba hacia todos lados con sus cejas en rápido movimiento.

—Partidas. Partidas. Véngase para acá.

—Llámeme Pepito —contesta él, saliendo de un calabozo.

A cada momento Pepito se va a conversar con alguien. Se tiende delante del banco en que está sentado Valderrama cogiendo sol: se tiende boca abajo, con la cintura arqueada, con los codos contra el suelo y la cara, ligeramente de lado, apoyada sobre los puños. Balancea lentamente una pantorrilla, luego la otra. Coge un tallito de yerba de la que crece entre las piedras, y juega con él entre los labios. Al cabo de un espacio, se da vuelta, se acuesta boca arriba, estira los brazos por encima de la cabeza, entorna los ojos voluptuosamente, y desde el fondo de sus ojos entornados contempla a Valderrama. Valderrama se levanta, ruboroso, toma su banquito, y se va.

O bien se llega por detrás de manuel Cortez con su tallito de yerba, y comienza a hacerle cosquillas detrás de las orejas, en las axilas, en la cara interna del brazo. Manuel Cortez sabe que es él; gira a veces la cabeza, y Pepito se agacha al pie del pretil. Manuel finge que no lo ve y se sume de nuevo en la lectura de su pizarra. Pepito continúa con sus cosquillas, y él le tira manotadas; hasta que al fin le agarra una mano, la punta de los dedos, se la sostiene un instante, balancéandola, ambos ríen, lo suelta, Pepito se va corriendo, y vuelve una, dos, tres veces con el rostro sonreído.

El negro Julio suele hacer algunos movimientos de gimnasia, por la mañana. Cuando esto hace, Partidas se planta a verlo, aparentando estar extasiado a la vista de sus potentes músculos.

—Ay, Dios: Tú sí que eres mus-cu-lo-so, déjame tocarte, a ver, déjame tocarte.

Julio lo esquiva, pero sin embargo él le agarra el biceps.

—Uiiiiii —silba.— ¡Qué duro! Un tronco, eres. Palo de hombresote bien fuerte y bien duro.

El negro lo aparta, confuso, y no puede continuar sus ejercicios.

No pasan muchos días sin que el cabo lo llame:

—Mirá, Partidas, desde esta noche no te vais a dormir para allá, para los otros calabozos, sino que me dormís aquí mismo, en la puerta del Refugio.

Y lo obliga a dormir en el umbral del Refugio, a la vista de su propia colchoneta.

No tarda en hacerle nuevas limitaciones.

—Ya te he dicho que sois ordenanza, ¿oíste?

—Sí —contesta Pepito.— Ya lo sé que soy ordenanza ¿Y qué?

—Que en las horas de servicio no me estáis manguareando por ahí, sino que te estáis aquí, al lado del buzón, a lo que se presente.

—Pero Oro en Polvo y Naríz de Tacón y Francisco y Manuel Bueno también son ordenanzas, y pueden andar por ahí dando vueltas, por donde les dé la gana.

—Sí, pero tú no, ¿oíste? Tú te sentás aquí.

Le busca un banquito, y se lo coloca del otro lado de la puerta del buzón, junto a la pila.

Sin decir palabra, Partidas se va a sentar allí, y pasea suavemente su mirada llena de intenciones por todo el presidio, por todos los presos. Los presos lo miran, aún contra sus propias voluntades. La pizarra con la frase comenzada en inglés o la plana comenzada de palotes queda olvidada sobre las rodillas. Los presos lo miran con una mirada ronca, barbuda, una mirada olorosa a almizcle y a sudor y a fiemo, una mirada correosa que se pega de las carnes.

Pepito se extiende hacia atrás, recostándose de la pila. El banquillo es sumamente bajo. Entonces estira las dos morenas, torneadas, regordetas piernas hacia adelante, la una sobre la otra, de manera que la presión abulta las redondas formas de sus muslos y de sus pantorrillas. Apenas tiene un pequeño calzoncito que no le cubre más que las nalgas, hasta el nacimiento de los muslos, y una camiseta azul celeste. Los brazos están desnudos, y cerca del hombro se pueden ver la señales de las vacunas.

—¡Concha! Qué bueno es —ronca Javier.

 

 Puros Hombres (Monte Ávila, 1972)

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