Catalina de Miranda, de Xiomary Urbáez

26/ 02/ 2013 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

Capítulo 3

Desde ese primer día de 1542, cuando por última vez vio las costas de España, Catalina sufrió las pesadas condiciones de la travesía. La alimentación y la higiene a bordo resultaban inadecuadas.

Sin embargo, ella lo estaba disfrutando. No hubo mareos ni malestares. Pronto terminó acostumbrándose al lento bamboleo. El dinero de Juan De Llanos había sido bien empleado. La joven no tuvo que compartir su pequeña cámara con nadie más. Tras haber ubicado el barco, el adinerado funcionario había negociado el precio del pasaje, que incluía la comida. Ella no tendría que sufrir las penurias de los menos afortunados, aquellos que al terminar la faena de la cocina se peleaban para utilizar las brasas que quedaban en el fogón, que encendían sólo para la tripulación o para los pasajeros con dinero. El desayuno era servido a las diez y media de la mañana. Generalmente consistía en algo frío. Su amante la había provisto de todo lo necesario para complementar: bizcochos, tocinos añejos, queso, miel, almendras, anchoas, jabón, ciruelas pasas, higos, azúcar, carne de membrillo, agua, vino, una frazada, una almohada y ropa fuerte, eran parte de los aparejos que cargaba consigo.

La muchacha pasaba mucho tiempo en cubierta haciendo lo que más le gustaba: observar. En los días que siguieron, Catalina escuchó hablar de La Habana, uno de los fondeaderos del Caribe en donde, durante la travesía, desembarcarían algunos de los pasajeros. No era dada a las conversaciones, pero era una atenta oyente. Se sabía sola, a merced de cualquier desalmado que quisiera robarle lo que traía.

De Llanos le había dado suficiente para vivir sin privaciones durante un año, con la esperanza de verla regresar. Además, tenía una carta de recomendación para trabajar para otro funcionario real en Santo Domingo. Claro que ella no llegaría hasta allá y mucho menos se arriesgaría a que la colocaran de criada. Después de escuchar hablar de Cuba, decidió seguir hasta ese puerto. La Habana al parecer, era la ciudad con la mayor guarnición del Caribe.

—Un centro de vicios —la calificó la estirada esposa de un mercader con negocios en Veracruz, una avejentada mujer de rojizos cabellos y pecas en el rostro.

«Eso es justo lo que necesito», pensó Catalina. Relajó el rostro y bajó los ojos, evitando la traición de sus expresivas facciones. Realmente lo que quería hacer era brincar de emoción. Le estaban señalando el lugar perfecto. La beata siguió con sus insípidos comentarios.

—Cuentan que allí es fácil enriquecerse a costillas de los incautos. ¡Qué lugar ha de ser ese! —exclamó, espantada—. Un refugio de proxenetas, tahúres y mujeres de mala vida que emplean el tiempo en diversiones… —Bajó el tono y se santiguó— las más de las veces, ilícitas e inmorales.

«¡Directo para Cuba!», decidió en silencio Catalina. Tenía casi dieciséis años, los cumpliría en noviembre. Muy poca edad para que la tomaran en serio. Por ahora, se conformaría con estar donde se reunían los tesoros del virreinato. Más adelante aspiraría a mucho más. Aun no sabía a qué. «Tengo tiempo para aventurar», se planteó, con un mohín despreocupado.

La continua, larga y estúpida perorata de la esposa del comerciante interrumpió los pensamientos de la muchacha. «¡Qué pesada!», pensó, molesta. Hizo esfuerzos para vencer el malhumor. Respiró profundo varias veces y eso la ayudó. Momentos después, perdió el interés en la cacatúa y se dedicó a aspirar el olor que desprendía la brisa marina. Las rachas de viento alborotaban el tufillo del aceite de oliva que venía de las bodegas.

—Los comerciantes de aquí y de allá mantienen el monopolio de ciertos productos para favorecer a los manufactureros españoles —le  había contado el abandonado tenorio, en una de las interminables conversaciones entre sábanas, más parecidas a monólogos, que habían tenido en los últimos días.

También le explicó que la travesía duraría un mes, con una estancia de diez días en La Gran Canaria. Así que para ella no fue una sorpresa cuando entraron en el astillero de la isla. Aprovechó para recorrer el lugar, comprar algunos suministros y sobre todo, se dedicó a curiosear. Pasó largas horas en el sitio de aprovisionamiento de buques. Sus ojos no parecían cansarse del constante ir y venir de la gente. Fue particularmente interesante observar a los afanados lobos de mar haciendo reparaciones o quitando el teredo, un molesto molusco que se pegaba a los cascos. En oportunidades, los espiaba sin ser observada. Le deleitaba ver las masculinas peñas. Los hombres tenían una forma particular de comunicarse que a ella la subyugaba. Nunca había visto a las mujeres ser tan solidarias las unas con las otras. Para Catalina todo era nuevo, todo era interesante. En una ocasión, vio al amable marino que la había ayudado. Con un casi imperceptible movimiento de cabeza le hizo saber que lo reconocía. Al zarpar nuevamente, la rutina resultó algo agobiante. Catalina, sin embargo, siempre conseguía entretenimiento. Su diario pasear por la cubierta estaba resultando peligroso. Al ajetreo de la tripulación se sumaban las cajas, cajones, baúles, jarras, botas de vino, cestos, sacos, atados y toda clase de cosas, que amenazadas por los fuertes vientos, se movían de un lado para otro.

Algunas veces se detenía frente a los jugadores de dados, cartas o gallos, atraída por las apuestas. Nunca se atrevió a participar, pero ganas no le faltaban. Fastidiada, elevaba los hombros en un imperceptible mohín de frustración. Hubiera dado mucha tela que cortar a las mojigatas señoras. Sobre todo a la molesta pelirroja. Catalina era joven, pero no boba. Sabía que era conveniente, por el momento, pasar desapercibida. No obstante, se escabullía para disfrutar de las alegres tertulias que se armaban en el barco. Le resultaban comiquísimos los simulacros de corridas de toro o las obras teatrales. En éstas últimas, los personajes femeninos también eran interpretados por hombres. ¡Qué fastidio! Ella, gustosa, se les hubiera unido.

En las frescas y estrelladas noches, se enrollaba en cualquier esquina para, de manera inadvertida, complacerse con el agradable sonido de las guitarras tocadas por los trovadores. La actividad más común a bordo era sin dudas hablar. En las largas conversaciones salían a flote los conflictos humanos. Algunos tenían que ver con el temor a lo desconocido y al futuro. Compañeros de aventuras y desventuras, los integrantes del grupo se asemejaban a una cofradía que buscaba afanosamente el Santo Grial. Los temas preferidos giraban en torno a las temidas tormentas o a los peligrosos filibusteros. Catalina permanecía en silencio.

—Piratas, corsarios, bucaneros o filibusteros —decía un hombre de ojitos oscuros y cachetes flácidos—, todos son iguales. Gente que se arriesga muchísimo a cambio de riquezas. Catalina, de manera evasiva, sólo escuchaba.

—Sobre todo los piratas, no respetan ni leyes ni reyes —añadía otro, un comerciante chupado y demacrado, con profundas ojeras. El hombre hablaba como si masticara piedrecitas, casi no se le entendía, como si tuviera frenillo o fuera tartamudo—. Solo les importa conseguir lo que quieren aunque tengan que aplicar mucha crueldad.

Rompió a llover a cántaros. La luz amainó. El repiqueteo de las gotas contra la madera era tan fuerte, que parecía que el barco fuera a hundirse bajo sus pies. Todos tenían expresión melancólica.

—Es que hay que estar muy desesperado o ser muy ambicioso para llevar ese tipo de vida —escuchó decir a una joven señora de agradable presencia—. El mero hecho de vivir en un barco, con pésimas condiciones de vida, ya es arriesgado. —Catalina se había enterado de que la mujer era enfermera. Su preocupación parecía real—. Su forma de combatir cuerpo a cuerpo hace que queden mutilados. Pobrecillos. Muchos carecen de brazos, piernas y ojos. Molestos, los demás tripulantes la miraron sin dar crédito a lo que escuchaban.

—Deben ser castigados. Son unos bárbaros. No tienen derecho a inmiscuirse en nuestros asuntos, en nuestras vidas. Los españoles somos continuamente atacados por nuestros enemigos. Muchas veces, son asaltos patrocinados por otras naciones. No es justo —la increpó un pasajero—. Tengo esposa y cinco hijos —dijo con tristona sonrisa—. Sé que no los veré en largo tiempo. No estoy aquí para defender criminales. Todo lo contrario. Si algún día este Nuevo Mundo me lo permite, añoro trabajar, tener un negocio o una industria, señora. Ningún sanguinario de esos me impedirá coronar este esfuerzo, cargado de sacrificios —puntualizó con firmeza el hombre.

Los ánimos se caldearon. Catalina no se dio por aludida. Ella prefería preocuparse por las ratas. Esas sí que le inspiraban un asco terrible. Pasajeras habituales y no deseadas, rondaban por doquier.

—Cuídate de esos roedores que mordisquean cuando duermes porque suelen transmitir enfermedades —le había dicho De Llanos, preocupado por su bienestar.

En cambio, nunca la advirtió de asaltos piratas. Estaba casi segura de que jamás le tocó ese tema. O a lo mejor lo tocaría y ella, distraída como siempre, ni lo escuchó. Ahora no estaba tan segura. Sea como fuera, Catalina no tenía miedo. Se suponía bien resguardada en uno de los tres pesados, grandes y espaciosos galeones que formaban la flotilla. Con sus cuatro mástiles, velas cuadradas y poderosos cañones, las embarcaciones infundían gran confianza. Era más que suficiente para mantener alejados a los corsarios. ¡No contaba Catalina con la audacia de algunos de ellos!

Hacia el mediodía de un soleado día, Catalina fue sobresaltada por el inusitado movimiento y el chillón sonido del miedo que poco a poco iba in crescendo.

—Piratas, piratas —escuchó a un fraile, que al pasar, en la prisa, casi la derriba. Sus pálidos labios daban cuenta del susto del hombre de Dios. Una mujer tomó en brazos a su pequeño hijo, como si envolviéndolo en el maternal abrazo pudiera salvarlo de lo inminente.

El desorden y el caos se apoderaron de la nao en fracciones de minutos. Se escucharon gritos y llantos. El religioso se había arrodillado en un extremo de la cubierta, abriendo y cerrando la boca sin cesar, pidiendo clemencia al cielo. Catalina vio cómo cerraba los ojos, concentrado. Había palidecido de tal modo que ella pensó que se iba a desmayar. El hombrecillo juntó las manos y comenzó a musitar un Padrenuestro. Catalina, asustada, cerró los ojos también. Trató de recordar el Avemaría. Sintió la fuerza del sol en el cráneo, en la piel afiebrada de la cara. Estaba sudando.

Durante un buen rato, la muchacha intentó rezar de manera mecánica, pero el bullicio a su alrededor se lo impidió. Los marineros se armaron con arcabuces. La tripulación estuvo dispuesta en cuestión de pocos minutos para la inevitable batalla naval. Armándose de valor, Catalina oteó el horizonte. Vio la escuadra. Sintió un escalofrío. Era una nave enorme, de sesenta metros de eslora; dos pequeños galeones la escoltaban. De los palos mayores, la joven notó que ondeaban, sin dudas, las temibles banderas. No podía negarse que infundían temor. Las blancas calaveras sobre el fondo negro parecía decir: «Ríndanse mientras puedan».

El temor era más fuerte que su voluntad de mantenerse alerta.

De manera maquinal, la joven se pasó la mano por el cabello. Volvió a agacharse. Los piratas se disponían a utilizar las pequeñas y rápidas embarcaciones para abordar a los españoles, considerablemente más lentos y pesados. El más grande de los buques invasores exhibía en sus costados amenazantes cañones. Ni siquiera el viento impidió el retumbar de los lamentos que llegaron los oídos de la muchacha provenientes de las otras dos naves ibéricas. Catalina colocó sus manos en las orejas. No quería escuchar nada. Permaneció con los ojos bajos, respirando con ansiedad. Estaba como en trance. Sintió la tremenda tensión que la rodeaba. El chillido le escarapelaba la piel. Como en una fantasmagoría, escuchó el estruendo de los cañones. Duró pocos segundos. Escuchó carreras y gemidos. Fue como si se abriera la tierra y se levantara el demonio riendo a carcajadas. El temor era ya un estado de ánimo generalizado.

En la proa de la flota enemiga, un hombre atisbaba, interesado. Jean François de la Rocque, señor de Roberval y capitán de la armada pirata, recreaba el revuelo con un catalejo. Esbozó una mueca que pretendió ser una sonrisa. En el moreno rostro, curtido por el sol, brillaron momentáneamente los blancos dientes. Con una mano apartó un mechón del negro y rebelde cabello. Los ojos, de un azul plomo, competían con el tono de las profundas aguas. La mancha oscura de su descuidada barba le otorgaba un aspecto fiero, pero decididamente atractivo. Por encima se le notaban el linaje y la jerarquía. Vestía una perlada y fina camisa que llevaba por dentro del ceñido jubón, las botas de cuero marrón le llegaban al medio muslo. Las armas, abundantes y variadas, resaltaban su imagen. Una espada, el mosquete cruzado en bandolera, dos pistolas y el afilado puñal al cinto. Roberval se destacaba entre tanto torso desnudo y pañuelos al cuello, con los que sus hombres paleaban el tórrido calor del trópico.

Lo había parido la agonía del feudalismo. Cuando Francia unificó sus reinos, Roberval, entonces de cuarenta años, quedó sin trabajo y se convirtió en un caballero-ladrón. Aventurero como era, se embarcó en la conquista de Canadá. La región no cumplió con sus expectativas. El frío, los parajes de pastoreo y los litorales llenos de pescadores no le dieron ninguna muestra de riquezas. Dos años después, aburridísimo, de un marinero escuchó la noticia de cuán fácil resultaba esperar a las embarcaciones españolas en alta mar. El intrépido Roberval no se lo pensó dos veces. Comenzó a prepararse para el Caribe.

—¡Seremos dueños de lo que capturemos sin tener que rendir cuentas a nadie y encima, se nos respetará en Francia! —arengó al centenar de hombres a su cargo.

Preparó el viaje con meticulosidad y entusiasmo. Ahora sí estaba seguro de que la aventura sería un éxito. La ambición y la confrontación hispano-francesa de larga data hicieron el resto. Roberval y sus facinerosos cambiaron las tierras de frío permanente por aquellas de inagotable primavera. Tras meses de navegación, avistaron la pequeña flotilla española. «¡Será mi primer botín!», pensó, esperanzado. Inspirado, sediento de aventura, oxidados sus huesos por la falta de acción, Roberval iba dispuesto a todo. Le daría a Francia algo de lo cual estar orgullosa. En cuanto a esos españoles … ¡A esos también les daría algo para recordarlo! Estimulado, con la adrenalina revuelta, el pirata vio su nombre escrito con una mezcla de la sangre española con el agua salada del mar.

Al reconocerse los navíos como enemigos de nación, se embistieron con crueldad. El estruendo no se hizo esperar. Al unísono, las tres naves del convoy español descargaron la primera andanada de fuego. Aferrados, pelearon bestialmente. Las naves peninsulares resistieron el primer embiste de las francesas. Las culebrinas de ambos bandos escupieron sus mortales salivazos. En momentos, el violento combate se agudizó con piedras y chinatas por parte de los vándalos. Roberval había planificado un ataque relámpago seguido por el sorpresivo abordaje. Arrugó el ceño, dio rienda suelta a su indignación y torció la boca. El asunto se estaba extendiendo más de lo considerado.

—¡A las granadas! —ordenó con voz hueca.

Una lluvia de esferas metálicas, rellenas de pólvora prensada y perdigones, con una mecha empapada con brea y uno que otro recipiente de barro relleno de alquitrán, funcionaron como bombas incendiarias y formaron una espesa cortina de humo que desestabilizó a los españoles. El corsario sabía que hundir un barco a cañonazos era difícil. No obstante, descargó las temidas bolas de hierro con el fin único de incrementar el terror. Para cuando las bolas encadenadas fueron lanzadas en las velas y mástiles de la flota hispana, ya el asalto era un hecho consumado. Excitados por la proximidad de la lucha cuerpo a cuerpo, los piratas prepararon mosquetes, trabucos y arcabucillos. El filo brillante de las espadas, machetes, sables y dagas anticipó el violento encuentro sobre la cubierta enemiga. Bastaron sólo quince minutos para someter a la atemorizada unidad ibérica. Los capitanes capitularon. Los salvajes vítores de los proscritos estremecieron los cascos y erizaron la piel de los asaltados.

Escondida entre cajas, Catalina observó cómo cada uno de los hombres capturados fue embarcado en una de las naves. Escuchó una voz de timbre educado que se imponía sobre el ruido para ordenar el desembarco del grupo en el más próximo islote.

—Sin que se les toque ni un cabello —precisó la recia voz, que a ella se le antojó tenebrosa—. Procúrenles agua y comida suficiente —añadió en un rugido.

Uno de los más jóvenes oficiales españoles fue escogido para acompañar a mujeres y a niños a un puerto seguro. Para ello se dispuso otra de las naves tomadas. Asombrada, recordó las historias en torno a los terribles bucaneros. ¿No serían exageradas? Lo que estaba ocurriendo no se parecía en nada a lo que había escuchado a lo largo de la travesía. ¿Dónde estaban los truhanes que desconocían cualquier autoridad? Por un segundó, dudó. Vacilante, pensó en salir de su escondite.

«Son gente desalmada, fugitivos, desertores y violadores que sólo van a la captura del botín», recordó nuevamente el perturbador comentario. Esto la obligó a permanecer entre las sombras. Con aprehensión, apretó contra su pecho una pequeña pistola. Había sido el regalo de última hora que De Llanos le dio, no sin antes señalarle que tuviera buen juicio en su uso. «Nunca la necesitarás», le había advertido.

El gordito se había equivocado, pensó desesperada. Como iban las cosas, tendría que apretar el gatillo. Debido a su ligereza, el arma de fuego había pasado desapercibida. Ahora los dedos se le acogotaban alrededor de la cacha. Su agitada respiración acalló los intensos latidos del corazón. Lívida, aguardó. De pronto, sintió una presencia. De tan cerca, casi percibió su aliento. Gotas de sudor comenzaron a correr de su frente hacia el rostro, empañándole la vista. Cerró los ojos, en parte por el picor, en parte por el miedo. Empuñó con fuerza el revólver. Sin apuntar, sin siquiera pensar en lo que hacía, disparó. No se escuchó ningún sonido. El ambiente marino había humedecido la pólvora. La pistola falló. Tratar de cargarla nuevamente era una locura. Angustiada, sólo le quedó la posibilidad de utilizar la dura culata a modo de porra. La muchacha sopesó en segundos cada una de las acciones que podría tomar. En eso estaba, cuando escuchó la intensa y burlona risotada del hombre que tenía enfrente. La incómoda chanza la disuadió del intento. Fue entonces cuando, con más orgullo herido que temor, abrió los ojos de sopetón. Lo atisbó con rabia por primera vez. El cruce de miradas entre la exaltada muchacha y el pirata de noble origen fue todo lo que se necesitó para encender las llamas de una pasión que terminaría en las costas venezolanas.

Catalina de Miranda (Planeta, 2012)

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