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—Para conseguir lo que quiere, a una mujer solo le hace falta saber magia, mija.
La vieja sonrió, mostrando las encías. Solo le quedaba un diente, como un grano de arroz hinchado.
—Pase por aquí… —dijo, y apartó la cortina que servía de puerta al cuarto.
Delia la siguió con recelo. Dentro, la única iluminación provenía de las velas en los altares. Iban formando cicatrices rojas, azules, amarillas, alrededor de los santos de yeso.
Era sencillo intuir las imágenes heredadas de indios y negros entre las sombras, pero ninguna como la de María Lionza, desnuda sobre su danta. La diosa india apresaba el lomo del animal con una sensualidad desproporcionada, como si estuviera dispuesta a saltar en cualquier momento. Delia se la imaginó escondida entre la maleza, atenta al rumor de las lechuzas. Había un poder extraño en aquellos ojos rasgados que le devolvían la mirada con lo que creyó era una advertencia. Sintió que algo le atravesaba la columna, algo filoso, como una espada.
—No se asuste, mija —dijo la vieja, señalándole una silla destartalada—. Siéntese, que en este cuarto no hay nada que vaya a lastimarla.
La vieja parecía cansada. Era una mujer bajita y oscura. Sus ojos, como los de la diosa, traspasaron a Delia mientras encendía un tabaco. Lo fumó con lentitud, concentrada en la punta enrojecida. El humo inundó la habitación. Un humo oloroso que formaba siluetas lechosas sobre sus cabezas. Delia pensó que había tomado una decisión apresurada, quizás la mujer era demasiado vieja; quizás no sabía nada de ritos y toda la escena era solo un burdo montaje.
—No tiene que decirme nada —dijo la vieja—. Yo lo sé todo, sé cuál es su problema y conozco la solución. Pero Delia no la escuchaba. En su cabeza insistía la idea de haber tomado una decisión equivocada. Si su problema tenía solución científica por qué razón se había empeñado en aplicar la solución mística, ¿en qué estaba pensando? El escalofrío le seguía atenazando la espalda. Pero no era una espada lo que le cercenaba las vértebras, pensó Delia, era una culebra. Sintió ganas de irse, de huir a la carrera.
—¿Sabe que lo que usted quiere es pecado? —dijo la vieja—. Las brujas de antes no tenían problema en resolver estas cosas sin preguntar, pero yo pregunto porque sé que es un asunto delicado. Hay que pensarlo bien. En la vida todo lo que uno hace tiene consecuencias.
—¿Cómo sabe lo que quiero?
—Ya le dije que yo lo sé todo. Lo que usted quiere es un trabajo difícil. Revolver la vida siempre es difícil y hay que estar dispuesto a pagar el precio.
—Le pago lo que quiera —dijo Delia.
—No es cuestión de dinero, mija. A los espíritus no se les paga con plata.
—¿Entonces, qué quiere?
—Que acepte mi magia con fe. Si no la acepta, el trabajo no funciona. Además, podemos tener problemas.
La vieja chupó el tabaco con fuerza. Soltó el humo y volvió a mirar la punta encendida con los ojos entrecerrados. Luego le dio vueltas, sin dejar de mirarlo, como si buscara un lado seguro. Torció la boca y escupió dentro de una lata. Delia se estrujó las manos. Le dolían los ojos.
—¿Si acepto su magia, el trabajo funcionará? —dijo.
La vieja volvió a mostrarle su único diente. Delia recordó el grano de arroz. Creyó ver que se hinchaba y salía de la boca negra, retorciéndose. Lo vio arrastrarse por el suelo hasta casi tocarle la punta aguzada de los zapatos.
—Acepto su magia —dijo, con una voz tan ronca que no reconoció como suya.
El tabaco cayó al suelo en medio de un círculo de cenizas. Delia escuchó a la vieja orar. Y las palabras, que no alcanzaba a comprender, la adormecieron. Mientras oraba, la vieja iba sacando hierbas y raíces desde diferentes lugares del cuarto. Algunas de una repisa escondida entre las sombras del fondo. Otras de bejucos que colgaban del techo. Fue tirándolas en un mortero y luego vertió un chorro de aguardiente. Se movía con lentitud, marcando el paso entre los versos de la oración como si danzara. Desde lejos, muy atrás, llegándole a través de un filtro muy grueso, Delia sintió el nuevo olor: un aroma turbio, picante, mezcla de anís y aguardiente. La vieja machacó durante largo rato. Por fin dijo, entregándole una vasija:
—Beba esto… Bébalo todo.
Delia bebió el líquido de un solo trago. Sintió que le quemaba la garganta. Al caerle en el estómago tomó forma de culebra. Podía sentirla fluir a través de su cuerpo. La vio emerger desde su ombligo, como si naciera. Parecía una cinta de raso verde. Se dio cuenta de que no era una culebra, sino un reptil pequeño y alargado, semejante a un dragón maya. Su piel iridiscente era una mezcla de escamas y plumas. El dragón, que formaba espirales en el aire, la miró con sus grandes ojos sin pestañas. Delia intentó tocarlo, casi con ternura, pero antes de poder hacerlo se evaporó, dejando solo el olor picante y el humo. Después llegó el silencio.
Despertó sobre una estera sin saber cómo había llegado hasta ahí.
—Le dije que era un trabajo delicado, mija. Pero funcionó. Su destino ha cambiado.
La vieja seguía en su silla, parecía no haberse movido en todo el rato. Delia se levantó con dificultad. Le dolían terriblemente las caderas y le temblaban las piernas. A pesar de la confusión, tenía la sensación de que le faltaba algo, como si su peso no fuera el mismo. ¿Realmente era posible que la vieja hubiera podido cambiar su destino? Tendría que comprobarlo y para eso no había nada mejor que un análisis de sangre. No quiso mirar a su alrededor, de alguna forma sabía que, desde su rincón, María Lionza la miraba con tristeza.
—¿Cuánto le debo? —preguntó sin ganas, y el diente volvió a aparecer: blanco, hinchado.
—Ya no me debe nada, mija, basta con lo que me ha dejado.
Cuento incluido en el libro Todas las mañanas un muerto (La Letra Eme Editorial, 2014)