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El error en la leyenda de la foto, por más que la diferencia entre un lugar y otro fuera insignificante, mostraba toda la magnitud de su fracaso. No fue en Daytona Beach, fue en Ormond Beach, y aunque Gilberto nunca había ido a Estados Unidos y apenas tenía idea de cómo serían las playas de Florida, para él era punto de honor saber que John D. Rockefeller tenía su residencia de verano en Ormond Beach y no en Daytona Beach y que fue en esa residencia donde murió.
El Diario de Lisboa le dedicó a la muerte de Rockefeller apenas una foto en la esquina derecha inferior de la página y, no conformes, cometieron el error: “La última fotografía de John Rockefeller, ‘el rey del petróleo’, que murió ayer a los 97 años de edad en su casa de invierno, en Daytona Beach, Florida”.
Al menos la foto era lo suficientemente grande como para mostrar al anciano en toda su dignidad. El hombre que quería vivir 100 años y que regaló casi toda su fortuna a la caridad. Qué mal gusto, no mencionar eso y en cambio tildarlo apenas de “Rey del petróleo”. Gilberto no estaba para nada conforme con tan escasa cobertura, pero no esperaba lo contrario. En el último año le había dedicado a la figura del magnate una atención que nunca logró contagiar al director del periódico. Esta fotoleyenda era el último mensaje que le enviaba su jefe. Y con último Gilberto quería decir de verdad último. Antes de ir al Hotel Bragança, pasó por la oficina de telégrafos y envió un escueto mensaje. “Sábado último día. Renuncio”.
“En unos años los telégrafos podrán enviar fotos”, pensó Gilberto con triste ironía. A su telegrama le faltaba la contundencia de una imagen para que el señor Manso supiera que la pequeña nota se la había tomado como una afrenta personal. Pero qué sabía Gilberto del futuro. Ni siquiera había pensado en el futuro cuando entró en la oficina de telégrafos y redactó su renuncia. Solo se preguntó “y ahora qué” cuando el mensaje ya había salido, que tratándose de un telegrama con un destino tan cercano no tuvo que salir vía cables sino directamente en la mochila del cartero. Hasta el encargado del telégrafo le dijo que podía enviar el mensaje él mismo y así se ahorraba un escudo, pero Gilberto no quería volver a pisar el 44 de la calle Luz Soriano.
En el comedor del Bragança se preguntó si en realidad valía la pena haber sido tan tajante. No se jugó demasiado por esa historia, al menos no al principio. Después, con las continuas negativas del director, el asunto se volvió más y más personal y este resultado parecía ser la evolución lógica de la situación. Rockefeller murió y él no estaba de guardia ese día. Pudieron haberlo buscado para que escribiera algo, no mucho, después de todo, el Diario de Lisboa es un vespertino y ya lunes al mediodía la noticia podía ser considerada vieja, pero eso no explica la fotoleyenda. Otra vez la ira invadió a Gilberto y de nuevo se convenció de que no le quedaba otra decisión posible salvo la renuncia.
La primera vez que oyó hablar del periódico de buenas noticias de Rockefeller fue de la boca de su hermana, diez años mayor que él. Fue un día en que las noticias que llegaban desde la vecina España sobre la inminencia de un conflicto tenían particularmente pesimistas a los contertulios de la casa de la familia Gomes, que como casi todos los domingos se reunía en un largo almuerzo después de ir a misa. Ahí, en medio de partes de preguerra y qué será de nosotros, María dijo que la culpa la tenían ellos mismos por leer tantos periódicos, “los periódicos siempre mienten”, recuerda Gilberto que dijo su hermana, para luego agregar que por eso los reyes y los millonarios se mandaban a hacer los suyos. Hasta ahí parecía un comentario genérico. En efecto, pensó Gilberto, los millonarios podían comprar periódicos bien para mentir bien para decir verdades incómodas, pero su pensamiento fue interrumpido por lo que siguió diciendo María: “Como el viejo Rockefeller, que recibe un periódico solo de buenas noticias porque eso es lo que le gusta leer”.
Las tertulias familiares siempre son desordenadas y bulliciosas, las ideas van y vienen, los sentimientos también, y los temas cambian a ritmo vertiginoso, se pasa de la pelea al olvido sin dejar ninguna traza, ninguna herida, ningún rencor. Algún comentario llevó la conversación por otros derroteros y aquella tarde no se habló más ni de Rockefeller ni de la veracidad de los periódicos. Gilberto olvidó la historia hasta que regresó a él de una forma, como cabía esperarse, inesperada.
Un viejo amigo de la universidad, el poeta Paulo Salcido, lo estaba esperando frente a su casa con el ejemplar del día del Diario de Lisboa listo para enrostrárselo, pero prefirió contenerse hasta el almuerzo.
-¿Te gustaría ir al Hotel Bragança? La comida es muy buena.
-¿A cuál de los dos?
-Al de la calle Alecrim. No te queda lejos de la oficina del periódico.
Gilberto solía entrar a trabajar después del almuerzo, y se quedaba en las oficinas del Diario a veces hasta más allá de la medianoche, cuando la edición estaba casi lista, al menos las notas o páginas que le tocaban a él. Deportes era una sección que todavía no tenía mucho peso en el periódico, por ello con frecuencia variaba de extensión o de lugar; a veces Gilberto tenía doble página a su disposición, a veces el espacio no alcanzaba media página.
Cuando se reunía con Paulo las conversaciones siempre comenzaban por el mundo deportivo, el cual el poeta despreciaba profundamente. Sin embargo, Gilberto nunca supo si por sorna o por genuina curiosidad su amigo le preguntaba por el Benfica o por las carreras de autos y Gilberto lo ponía al día.
Pero en aquella oportunidad, el poeta fue directo al grano y antes de ordenar ya Paulo le reclamaba el raquítico espacio dedicado a la muerte del gran Fernando Pessoa en el periódico, con el agravante de que Pessoa había sido colaborador del diario por mucho tiempo. Gilberto intentó defenderse: no era su área, Pessoa murió el domingo y ya era martes, no tenía sentido darle tanto espacio.
-Sí tenía. La importancia de Pessoa aumentará con los años, yo que te lo digo, y ahí quedará esta esquela tan escueta como documento— dijo Paulo mientras le entregaba el ejemplar del Diario a Gilberto.
Gilberto leyó la nota y no pudo sino preguntarle al poeta qué más tenía que haberse dicho en ella.
-Los heterónimos, por ejemplo. No murió un poeta, murieron por lo menos cuatro, quién sabe cuántos más.
Paulo tuvo que explicarle a Gilberto lo que era un heterónimo, tal como lo explicó el propio Pessoa en su Tabla biográfica, pero fue un símil en la explicación lo que realmente se prendió en la memoria de Gilberto:
-No son simples seudónimos, son, más bien, si me perdonas lo pueril, como el New York Times de Rockefeller. Es el mismo periódico con temas distintos, con noticias distintas, con diferente personalidad. Si se llamara Rockefeller Times, por ejemplo, sería un periódico por completo diferente del New York Times.
-¿El New York Times de Rockefeller?
-El magnate se manda a hacer un ejemplar personal del New York Times solo con buenas noticias, que al parecer al señor no le gusta el mundo tal cual es.
Gilberto no le prestó mayor atención a lo que Paulo le siguió contando sobre Pessoa. La idea de un periódico personal escrito para un millonario le pareció tan interesante como cuando la escuchó en casa de boca de su hermana. En aquella oportunidad dejó que la historia se le olvidara; esta vez no fue así.
Esa misma tarde le propuso el tema al director del periódico. El señor
Manso no vio nota posible ni se interesó demasiado por la idea de Gilberto. Con una decepción bien visible Gilberto fue al escritorio a revisar qué material tenía para las notas deportivas. Una pelea de boxeo, resultados del fútbol español y la protesta de un encuentro entre Sporting y Carcavelinhos que al parecer sería solventada en asamblea de árbitros. Con un par de llamadas tuvo la información, así como la de las reformas que se le harían al campo del Belenenses. Dependiendo del espacio que le dieran ya tendría casi la sección lista, pues tratándose de la edición del martes no esperaba mucho más que una columna, a lo máximo media página.
Esperando las instrucciones y escribiendo ya algo del conflicto en el partido del Sporting, el señor Manso se le acercó y le preguntó qué le había interesado de la historia de Rockefeller.
Gilberto no se esperaba ese súbito acercamiento del director del diario y más allá de que le pareció una historia que valía la pena no había elaborado mucho sobre el porqué de su interés.
-No sé, me pareció importante, es un millonario que puede tener su propio periódico, la verdad, pensé que había una noticia ahí.
No era lo que quería escuchar Manso. Siempre creyó en Gilberto, aunque el muchacho insistía en escribir sobre deportes y aquello para el director era un síntoma de flojera. “En deportes las historias vienen prefabricadas” le dijo una vez buscando la reacción de Gilberto. Pero nada lo sacudía, nada le interesaba y justo cuando Gilberto le vino con una historia distinta, con un tema que pudiera ser interesante, Manso estaba distraído, tenía muchos frentes abiertos como para ver la calva de mentor. Cuando terminó de resolver dos asuntos se dio cuenta de la oportunidad que había perdido. Todavía la historia le parecía una bobería, un rumor infundado, pero quiso darle una nueva oportunidad a Gilberto. A Manso le hubiera gustado escuchar a un Gilberto apasionado, interesado por contar la historia, por crear la noticia y presentársela al mundo, pero el muchacho de nuevo se mostró como usualmente se le mostraba, como un burócrata que estaba en ese lugar como hubiera podido estar en cualquier otra oficina de la ciudad.
-Hijo, no hay noticia sin padre —le dijo el señor Manso a Gilberto y antes de marcharse de nuevo a su oficina agregó: —Tenemos fotos de la pelea de boxeo, escribe algo más largo sobre ella.
La nota era sobre la cartelera de boxeo del día siguiente, con la presencia del campeón portugués del peso welter Horacio Velha, que pelea contra un boxeador francés llamado Oscar Degieux, y de un poderoso peleador brasileño de nombre Brasilino Fino, que también boxeará contra un francés, Albert Lepesant. Cuando terminó la nota, Gilberto tuvo que llenar un espacio en la columna que le dieron para la sección deportiva, pues la nota del boxeo iría en una página distinta, junto a una nota de música. No fue sino hasta que vio las dos páginas listas que volvió a pensar en lo que le dijo el señor Manso.
Caminando a casa en la madrugada, Gilberto quedó convencido de que el director le estaba haciendo una invitación para que insistiera en la historia de Rockefeller. Por primera vez en su carrera, se tomó el tiempo de reflexionar y hasta planificar lo que tendría que hacer para obtener y escribir una nota. Tendría que investigar más al respecto, buscar un contacto en el New York Times, o un ejemplar del periódico quizás y con ello hablar directamente con el millonario o alguien de su familia para que explicara por qué hacerse un periódico a la medida. “¿Por qué no?” sería la respuesta de Gilberto si él fuera Rockefeller. Cuando se tienen los millones para regalar que tiene el viejo, “por qué no” es la respuesta a cualquier capricho, es más, cualquier decisión o cualquier proyecto se vuelve completamente caprichoso cuando se tienen los millones de Rockefeller. Ahí está la historia, no en el periódico de Rockefeller, fue lo último que cruzó por la cabeza de Gilberto antes de acostarse a dormir.
Al día siguiente, Gilberto se levantó y salió un poco más temprano que de costumbre. Fue en dirección al Chiado para darle una visita a la librería Bertrand. La librería era un buen sitio donde empezar, porque aunque ahí no se pudiera encontrar el New York Times lo más probable era que le dieran una buena pista de cómo conseguir algunos ejemplares.
Pero en la librería le dijeron que lo mejor sería preguntar entre periodistas. La prensa extranjera que tenían era toda europea, Estados Unidos estaba muy lejos y un periódico llegaría muchos días después de publicado, por lo que tendría poco interés comercial.
Así, su posibilidad más cercana quizás sería el propio señor Manso. Por segundo día corrido, lo primero que hizo Gilberto al llegar a las oficinas del Diario de Lisboa fue tocar la puerta de la oficina del director. El señor Manso esta vez sí estuvo listo para dedicarle a Gilberto toda la atención que necesitaba.
-Estuve pensando en lo que me dijo y en la historia de Rockefeller. Creo que sería interesante buscar uno de esos números, ver qué tipo de noticias tiene y preguntarle al señor Rockefeller por qué se manda a hacer un periódico así.
Manso examinó a Gilberto por un momento y vio genuino interés.
-¿Y por dónde quieres empezar?
-Me gustaría ver un ejemplar del New York Times. Nunca he visto uno, no sé de qué clase de periódico estamos hablando. Por eso también quería verlo, quería preguntarle si por casualidad usted tiene algún número.
Sí tenía. Cada cierto tiempo amigos y contactos que recién llegaban de Estados Unidos le llevaban ejemplares que él guardaba con una mezcla de interés profesional y coleccionismo. Ahí mismo tenía varios ejemplares de diversos periódicos del mundo. Buscó y le entregó a Gilberto el New York Times más reciente que poseía. Le entregó el ejemplar y Gilberto lo hojeó con rapidez.
-Difícil, ¿no? —dijo el señor Manso, pero Gilberto no entendió a lo que se refería y el director no continuó— Llévatelo. Eso sí, te pido que no lo saques de la oficina y que no te olvides de que hoy tienes boxeo.
Gilberto no tenía nada que hacer esa tarde, pues su único espacio asignado en la edición del día siguiente era el de la noche de peleas, por lo que tendría que escribir en la noche. El ejemplar del New York Times que le prestó el director era del domingo 10 de noviembre y aunque Gilberto no sabía inglés pudo reconocer los resultados deportivos en primera página. Luego, le impresionó la magnitud de la sección deportiva del periódico. Se imaginó entonces su propia versión del New
York Times, con una página completa dedicada al Benfica, otra al Sporting, toda una sección llena de fotos y resultados del fútbol portugués, otra dedicada a los próximos Juegos Olímpicos de Berlín, sí, un periódico americano podía hacerlo, un millonario como Rockefeller podía pedirlo, y aunque Gilberto no tenía ni idea de cómo hacer un negocio, de pronto lo único que deseó fue convertirse en todo un Rockefeller para tener su edición personalizada del New York Times.
Salió Gilberto rumbo a un café o a un parque a dejar que la tarde muriera hasta que fuera la hora de asistir a las peleas, que tendrían lugar a diez minutos del periódico, en el coliseo Dos Recreios.
Cuando ya casi era hora de ponerse de nuevo en marcha al coliseo, vio a su amigo Paulo caminar hacia él, pero siguió de largo a paso apurado.
-¡Poeta! ¿A dónde va con tanta prisa?!
-Es noche de peleas.!
-Yo también voy, tengo que cubrirla para el periódico.
-Al fin le veo una ventaja a dedicarse al periodismo de deportes, poder asistir al boxeo sin tener que excusarse.
-Pero en efecto, usted no se salva de excusas. Pensaba que no le gustaban los deportes.
-Los deportes no, pero el boxeo es distinto, son dos hombres luchando por mantenerse en pie, es la civilización contra la barbarie.
-¿Y cómo sabe cuál de los dos peleadores es el civilizado?
-No los peleadores, el ensogado, la campana, el réferi. La civilización está en los límites.
Por momentos pensó Gilberto que podría hablar de ello en su nota, pero prefirió no ponerse muy filosófico y tan solo comenzar notando la popularidad creciente del boxeo, un deporte sin duda en alza, con los peleadores convertidos en auténticos ídolos populares.
Brasilino derrotó al francés por abandono, mientras que el campeón Velha despachó al otro francés en el quinto asalto. En el otro combate de la noche, el español Salvador Prospero derrotó al portugués Joao Quintino. Fue una velada rápida, ningún combate pasó del séptimo round, por lo que le costó a Gilberto lograr que el poeta desistiera de invitarle unas copas.
-Tengo que escribir, esta nota tiene que salir mañana. Pero podemos vernos a la tarde, me toca el día libre por trabajar hasta tarde hoy. Tengo algo que pedirle.
Se despidieron y quedaron en verse cerca de la librería Bertrand, que le pareció un lugar apropiado a Gilberto para lo que le quería pedir a su amigo.
-¿Usted sabe inglés?—le preguntó Gilberto al poeta apenas lo saludó.
-Un poco.
-Necesito un favor, quiero escribirle una carta al New York Times.
-Con gusto. Dime el asunto y yo pongo mi mejor inglés en ello.
Gilberto le contó que estaba investigando sobre el New York Times de
Rockefeller, por ello le escribiría al periódico para ver si le enviaban algún ejemplar. A Paulo le gustó la idea y propuso escribirle también a la familia Rockefeller, que quizás ellos tendrían ejemplares. El propio Paulo se comprometió a conseguir una dirección postal de la familia, mientras Gilberto le entregaba la dirección del New York Times que anotó del número que el señor Manso le había prestado.
El asunto, entonces, se volvió aguardar la respuesta o del New York Times o de la familia Rockefeller, y por eso ahora la única arma con que contaba Gilberto para escribir su reportaje era la paciencia. Quién sabe qué caminos tendrían que recorrer las cartas para llegar a sus destinos. Salieron de la oficina de correos rumbo al puerto, tomaron un barco que zarpó hacia el continente americano. ¿Habrá ido el barco directo a Estados Unidos o se detuvo en alguna isla? ¿Tomó la ruta de las Azores o de Madeira? Y al llegar a Estados Unidos, ¿atracó en Boston, Baltimore o Nueva York? ¿De ahí las cartas siguieron en barco o en tren? Algún día el sistema será más directo, pensó Gilberto, pero hoy solo existe una mínima posibilidad de que las cartas llegaran en un solo barco de Lisboa a Nueva York. Y después, ¿cómo será la oficina donde distribuyen el correo en la sede del New York Times? ¿Cómo manejarán la correspondencia de la familia Rockefeller? Si llegaban a buen destino, todavía quedaba la pregunta más importante: ¿Responderían a su petición? Lo más fácil, después de todo, era simplemente ignorar la carta. Por eso, esperar no tiene sentido, mejor olvidarse del tema y jugar a la sorpresa. Un día, un cartero tocará a su puerta y le entregará el sobre con el ejemplar del New York Times, casi como si él mismo fuera John D. Rockefeller, magnate del petróleo, filántropo millonario que se manda a hacer un periódico con las noticias que él quiere, que a fin de cuentas al parecer el dinero sí puede comprarlo todo, incluso la realidad.
De la edición de Suburbano Ediciones, 2018
Un comentario en "El último New York Times"