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Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar

Mañana sí será

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Las casas del camino pasaban por las ventanillas y quedaban atrás con sus corredores entejados. El pavimento tenía alfombra de árboles dormidos bajo el sol. Por el otro lado deslizaba la cicatriz rojiza de la carretera. Brillaban los valles de caña en láminas recortadas y los cerros estaban lavados y vestidos de verde botella. El autobús había venido escotero por las livianas planicies, bajo los trechos frondosos. Pero ahora iba cuesta arriba, fatigado y acezante. El piloto sudaba bajo su cachucha azul. Era melenudo y flaco. Los pasajeros aupaban junto con él, inclinándose sin quererlo hacia adelante para hacer más liviana la carga.

En el último asiento venía una pareja. Era un par desigual: un hombre muy grande y una mujer muy chiquita. El hombre era tranquilo y pesado, como si fuera consciente de su tamaño. Ella era vivaracha y con los ojitos brillantes. En todo el camino se habían venido cambiando palabras. Él decía dos o tres y ella le susurraba un chorrito largo al oído. Luego sonreía y miraba por la ventanilla, mientras balanceaba las piernas sin tocar el entarimado. Ahora en la cuesta no ayudaban al conductor. Se habían tomado de las manos. La pequeña de ella se había acunado en la de él. Parecían dormidos, echados hacia atrás e indiferentes, como si formasen parte de la arrastrada carrocería. Su cabeza se inclinaba hacia el hombre. Éste, de vez en cuando apretaba un poco su manecita y la miraba de soslayo con ternura.

Habían venido allí algo separados de los demás. En las paradas de ruta, ella se había quedado con los ojos entornados mientras él iba y volvía con un paquete cualquiera en la mano. En silencio masticaban unas galletas, papelón y un pedazo de queso.

¿Y ustedes, no van a bajar? Los dos movían la cabeza. Porque el papelón era más dulce allí, en su rincón. Comían y bebían mirándose y sonriendo a cada bocado. A veces ella dejaba sobre la falda la galletica para apretarle la mano. Otras veces, después de asegurarse de que nadie la veía, extraía de su boca un pedacito de papelón y lo introducía en la de él. Ella sabía que a él le gustaba. Con salivita y todo. Él la había acostumbrado. Ella sabía que a él le encantaba su salivita. Ella sabía que a él le agradaba olería. Él le metía la nariz por debajo de las orejas La hundía en el pelo castaño. A él le gustaba su pelo castaño barba de jojoto. Con las dos yemas de los dedos le oprimía la nuquita y con giro rotatorio recorría el conuquito de sus vellos. Ella tenía un pocito tibio en la boca. Las playas del pocito eran rosadas. Las piedras del pocito eran blancas.

Ella tenía su pocito tibio con playas rosadas.

No habían visto nunca la ciudad. Los dejaron a la orilla de un puente. Debajo del puente descansaba un montón de autobuses viejos, de un azul desteñido, inmóviles, en su última parada. El río pasaba vacilante, con un traje de playas demasiado holgadas. De las orillas rojas comenzaban a nacer los edificios blancos, altos e iguales. El río pasaba despectivamente junto a ellos.

Hombres con tiras de papel gritaban números al aire.

—Mira lo que dice. ¿Tú oíste?

Él sabía algo de eso. Él le iba a explicar ese negocio de la ciudad. Pero cuando le vió la cara tan iluminada, sintió lástima de arrancar su esperanza.

Hundió la mano y pagó al hombre con franela rayada. Éste torció con sus dedos sucios un pedazo de papel.

El hombre grande y la mujer chiquita se fueron andando. Ella iba dichosa y radiante, apresurando sus pasos menudos, mientras él reiteraba sus largas zancadas. De su diestra guindaba una vieja maleta de cartón. Ella oprimía un atadito de pañuelo rojo.

Ésta es la ciudad. Ésta es el sueño de ella. También en su esperanza. Ha pensado mucho en la ciudad. Una cosa maravillosa y rara. Mucha gente y muchos carros. Mucha bulla. Y ella, metida allí, entre todo eso. También mucho dinero. Su hombre era grande y poderoso; podía ganar mucha plata con sus manos anchas. Podía guardar bastantes monedas blancas en sus grandes bolsillos.

Su padre estaría con la cabeza agachada. Su madre estaría chorreada de lágrimas. Le daba lástima. Se le encogía el corazón pensando en eso. Era una maldad haberse venido así. Reconocía que era una bichita mala. Porque eso no se hace al viejo y la vieja. Ella sabía eso, como no. Pero no sabía cómo había sucedido. Le dijo a él que soñaba con la ciudad. Le dijo que ella era suya, suyita. Ya no podía aguantar la ojeriza de los dos viejos. Además, no podía resistir aquello otro. Tenía ansias de saltar la tapia. Todo estaba prohibido. Nada se podía hacer. Y allá adentro tenía un fogón prendido, una candelita dormida y caliente. Unas brasitas vestidas de ceniza. Los muslitos sentían alfileres. De abajo arriba y de arriba abajo le venía un bicho malo caminando. Así sería el daño o el maldeojo. Era desconocido y apremiante. Quería y no sabía.

Y ahora tenía miedo cuando pensaba en él. Porque eso se llama una tapara hueca. Francamente. Un hombre tan grande. Aquella cabeza tapada con sombrero alón. Aquellos brazos que llegaban casi a las rodillas. Aquellas piernas tan largas y fuertes. Un hombre tan grande. Era loca, eso no lo dudaba. Era una bichita loca. Un hombre tan grande para una bicha tan chiquita. Era para amarrarla y pelarla. Sí, señor. Ella merecía una cueriza en las nalgas. Y que después le echarán sal con aceite. Y que la mandaran a acostarse boca abajo, desnuda, para que la picaran las moscas. Y que después vinieran los gusanos sembrados por las moscas. Y que las nalguitas quedaran peladas como paticas de guacharaca. Y que se acabara todo. Y que el bicho malo se fuera, el daño malo que subía y bajaba por sus piernas. Que los gusanos se comieran también el bicho malo del tormento.

Pero ocurría que su cara de él era una cara dulce, de niño peludo. No era la cara de los hombres que siempre veía. La cara de él era limpia y llana y uno se podía asomar a ella como a una lata llena de agua. Devolvía la imagen de uno mismo. Se comprendía siempre lo que pensaba. Sus ojos grandes y mansos decían todo lo que él quería decir. No necesitaba abrir la boca. Su cara era tierna como la de un animal criado en casa. Cara de perro juguetón. Cara de becerro chiquito. Cara de santo con vela. Por eso ella no se había fijado en su tamaño, porque su cara estaba siempre bajita y humilde. Ella podía alcanzarla a través de las cayenas del cercado. Estiraba la mano y tocaba su barba. Ahora que caminaba junto a él se daba cuenta, pero antes no. Sería que el muy zángano se agachaba detrás de las cayenas. Pero eso no le hacía. Ella pensaba que en la almohada las cabezas serían de la misma altura. No importaba que le sobrara un pedazo de hombre. Eso no quería decir. No le gustaban los hombres chiquitos con ojos chiquitos, con paticas chiquitas. Esos hombrecitos la miraban de una manera descarada y extraña. Le daban grima y calofrío unos ojos chiquitos hincándole la carne.

Por eso a él le repuso que sí, con sólo dejar caer los párpados.

Situó la maleta junto al sofá y se arrellanó, estirando las piernas debajo de la mesa. Ella ocupó un pedacito al lado y apenas tocaba el cemento roto con las puntas de los pies.

Los dos italianos discutieron en su idioma por un buen rato. Al parecer el negocio era en sociedad y la tarifa revisada con cada nuevo cliente. Al fin uno dijo, terminante, pero con lengua resbalosa:

—Seis bolívares por los dos. La cama sola.

Iba a alegar que quería también la comida, pero sintió la mano de ella que le apretaba; volteó y sus ojos dijeron que no. Era más barato comer por su cuenta. Claro estaba. Sonrió al pensar que la mujercita sabía defenderse mejor.

—Pasen adelante.

No era aquello lo que había esperado y deseado. El cuarto era sólo media habitación dividida por un tabique vacilante. Francamente, aquello no era bueno. Él pensó en todo a un mismo tiempo. Qué calamidad de cama, pegada a un tabique tan delgado y zancón. Un bombillo sobre la mitad de la división alumbraba los dos cuartos. Cómo y quién apagaba esa luz. Dónde estaba el aparatico para accionar. Quién dormiría en el otro lado.

Los dos se miraron, sin saber qué decir. Él le pasó la mano por la cabeza y al llegar a la nuca la atrajo hacia sí. Ella se empinó y él la besó silenciosa y largamente, hasta que ella le quitó con fuerza las manos y miró con temor hacia el otro lado.

Recorriendo la coleta empapelada halló una rotura y por allí enfocó un ojo. En el ángulo opuesto estaba otra cama y echado boca arriba, con la cabeza tapada con un paño, dormía un hombre desnudo. La sangre le subió de un soplo cuello arriba.

—¡Déjame ver!

Él le puso la mano sobre el pecho. Ella no podía mirar. Aquel hombre estaría soñando, quizás. Una rabia agazapada le hizo temblar las manos. Pensó ir a buscar a los dos musiues y pedirles otro cuarto o que le devolvieran sus seis bolívares. Estaba en esto, pero al volverse descubrió que ella, sentada sobre la maleta, se quitaba un zapato con la pierna montada. Él se rascó la cabeza y vaciló. En su pecho el corazón se lanzó a tamborear.

Ella se sobaba el pie cansado. Tenía la mitad blanca y la mitad parda. Los dedos y parte del empeine estaban blancos. Lo demás tenía la huella del sol. Su pierna levantada abría el paso de los ojos hacia la sombra.

Él se asomó a la puerta a buscar el cierre de la luz. Luego volvió y se quedó mirando fijamente el bombillo, como si quisiera apagarlo arropándolo con sus ojos grandes y húmedos.

Mientras tanto, ella se quitaba el otro zapato y se sobaba la otra patica con huellas de sol y sombra.

De nuevo asomó al corredor. Todo estaba oscuro afuera. Los dos italianos se habían encerrado. Otra vez miró por el hueco del tabique. El vecino desnudo continuaba en su sueño.

Luego de tantear la fortaleza de las patas, subió a la cama y torció el bombillo. Bajó de prisa, sacudiendo la mano quemada. Maldijo entre dientes. Tenía el pecho esponjado de ira.

En la oscuridad sintió que ella se despojaba de las ropas. Él hizo lo mismo, pero antes ocultó el portamonedas bajo la almohada.

Al fin se subió a la cama, sacando los dos pies por entre los barrotes. Su respiración era agitada. Era igual que un susto. El sudor le corría por la frente. Aquella cama tan pequeña, para una sola persona. El tabique delgado y roto, con un vecino así al lado. Además una quemada en la mano.

Después de un silencioso lapso lleno de esos pensamientos comprendió que la pequeña mujer estaba inmóvil, sentada aún sobre la maleta. Estaba allí esperando.

—Vente.

Pero ella no se movió a su apagada invitación. De la puerta entreabierta entraba una mancha de luna que la iluminaba de los hombros hacia abajo. Semejaba una figura sin cabeza.

—Ven acá, mija.

No se movía. Estaba abandonada allí, sobre la maleta. Era el equipaje mudo en medio de la oscuridad. Quieta y sin cabeza, como un juguete roto y olvidado.

Él extrajo con dificultad las piernas por entre los barrotes y fué a cerrar la puerta. Luego la tanteó en la oscuridad. Pero sus carnes se endurecieron. No quería arrastrarla. Esto se sumó a lo otro y la rabia subió más arriba, hasta enredársele en la garganta.

La soltó y se quedó sin decir nada. Aquello era distinto de lo que había pensado. Muy distinto. Ahora ella también debía echar su lavativa, para acabarlo de componer.

Se agachó y le susurró al oído.

—Acuéstate tú —le insinuó ella con un soplo.

Él chasqueó la lengua. Muy bajo murmuró:

—Si tú no te acuestas, me quedo aquí.

Y se sentó en el suelo, junto a la maleta. Ella le pasó la mano por el pelo áspero y se lo apretó en una ruda caricia. Luego le buscó una oreja y se la haló. Él gozó de aquello fingiéndose indiferente y no retribuyó en nada. Entonces su manecita siguió por el cuello y la nariz, recorriéndolo todo. Después bajó la cabecita hasta rozarle suavemente la nuca. Al pasarle por la oreja le sopló su tibio aliento y lo mordió. Vaho de ardor. El hombre grande sintió una sacudida y la sangre espesa que se agolpaba. Sus labios la buscaron y el vaho ardiente estuvo ahora frente al suyo. La besó hundiéndole los labios entre los de ella, sus dientes blancos y su salivita.

Ella dió la señal con su boca semiabierta.

Incorporándose con lentitud la tomó por debajo de los brazos y la alzó. Cuidadoso la colocó en la cama y se acomodó junto a ella, sacando afuera los pies.

La arropó y le pasó el brazo bajo su cabecita. Ella pensaba que estaban iguales los dos, al nivel de la almohada. Él la apretó y ella crujió como una mazorca.

Él se había olvidado de todo. Ella también. Él no pensaba en nada sino que la sentía en sus brazos, tibiecita y fina, blandita y palpitante. Ella no pensaba en nada porque sentía un fuego que la rodeaba. Sus movimientos negativos, de instinto, eran inconscientes: su manecita apartaba mientras su boca buscaba ansiosa la de él. La cama comenzó a sacudirse y a chirriar, sin que lo advirtieran. El tabique se contagió del estremecimiento.

El vecino se sentó al borde del lecho. Había despertado con sobresalto. Sintió el sacudimiento y quizás pensó en un temblor de tierra. Es verdad que la tierra tiembla cuando dos se aman, pero el vecino no recordaba eso y resueltamente arrastró una silla y prendió la luz.

Acá se inmovilizó el grupo.

—¡Apague esa luz!

El otro sin responder destornilló enseguida y volvieron las tinieblas. Pero el hombre grande y la mujer chiquita también volvieron a la realidad. Se fueron desinflando los dos, mientras el fluido ardoroso se escapaba lastimosamente. La respiración ansiosa se iba aplacando y comenzaron a sentir el sudor que lubricaba sus cuerpos.

Después se quedaron allí, esperando. El hombre de al lado debía dormirse otra vez. Había que esperar. Ellos habían esperado mucho este momento. Y ahora, en este momento, tenían que seguir esperando. Esperar y esperar.

Él pensaba en lo incómodo que estaba. Con el entusiasmo había encogido las piernas y ahora las sentía acalambradas y temblorosas. No se querían mover, no quería meter los pies allá abajo, porque después no se podría voltear de medio lado. Ella estaba quietecita, pegadita a su pecho. No se querían mover. Pensaban que era como si estuviesen escondidos allí, con el viejo y la vieja espiándolos del otro lado. Era también como si se hubiesen introducido clandestinamente en la casa de los italianos, sin pagar por la cama. El maldito bombillo, el maldito tabique y el maldito vecino. Por qué no seguiría soñando. Mejor, por qué no iría a buscar la mujer de sus sueños. Por qué tenía miedo de un tabique estremecido. Los miraría a los dos cuando encendió la luz.

En la madrugada los gallos cantaron y el vecino comenzó a roncar. Él se inició furtivamente. Ella estaba dormida. Sus besos la despertaron y susurró somnolienta:

—Dejémoslo para mañana.

Él deseó oponerse. Pero ella acunó su cabecita bajo su cuello y se volvió a dormir. Era tan pequeña, tan buena y tan dulce. Era tan chiquita y tan fina y tan menudita. Y él era tan grande y tan fuerte. Cómo no concederle el reposo del sueño, si estaba tan cómoda ahuecada bajo su brazo.

Cuando se aseguró que el vecino se había largado, después de hacer mucho ruido con una palangana, fué a la calle por algo para comer. Se presentó con dos vasitos de papel llenos de café. Comieron y bebieron el café que sabía a hormigas. Luego él comenzó a rascarse la cabeza y a pensar. Tenía que rasparse el pellejo con las uñas para pensar, pues no estaba acostumbrado a eso de darle vueltas a una idea y encontrar soluciones.

Ella lo miraba con curiosidad. De pronto dijo:

—Tú eres zoquete, mijo.

—¿Quién, yo? ¿Por qué soy zoquete?

Pero no quiso explicar. Él se puso colorado y aquella calificación le turbó lo que estaba pensando. Ahora perdió el hilo. Qué buena broma, quizás tenía razón la mujercita. Si hubiera sido otro hombre se hubiera portado distinto. Claro que sí. Si hubiera sido el vecino de al lado. Pero él era un zoquete, estaba convencido. Qué importaba todo aquello. ¿Qué hubiera podido pasar? Él estaba pagando sus reales por la cama. Tenía derecho a estar allí y la mujercita lo quería. La muy zángana había dicho que lo dejaran para mañana, y ahora se burlaba de él. Quizás debió insistir, pero no lo hizo. Gran zoquetón que era. Él sí había oído decir que los hombres grandotes son muy tontos. No lo creía, pero ahora se estaba convenciendo. ¡Y qué grosería de mujercita! Cómo se lo decía en su misma cara. Y ahora estaban en mañana y no se podía. Por el corredor transitaban los dos italianos discutiendo con los pasajeros y fijando precios. La puerta no tenía sino una aldaba rota. Podía arrimar la cama de tranca, pero no podía estirar hasta arriba el tabique. Cualquiera se podía asomar por el maldito tabique.

La mujercita se le acercó y se adhirió a su cuerpo. Él le pasó la mano por la cintura y ella le recostó la cabeza cerca del ombligo. Así parados los dos ella parecía retoñarle de abajo, como un hijo de cambur. A su contacto apartó los rencores. Él le preguntó si lo quería de verdad verdad. Ella se quedó un rato mirándolo, con los ojitos sonreídos.

—De no quererte no estuviera aquí.

Eso era verdad. Bueno, ahora podía pensar otra vez en aquello del principio. Tenía que buscar qué hacer porque traía muy poco real. Tenía que encontrar dónde ganarse la comida y la cama, para los dos. Pero la cosa no era fácil. Encontrar trabajo sí, él podía hallarlo al voltear la esquina. Con esa fuerza que tenía podía descargar un camión sin que nadie lo ayudara. Él podía tumbar una mula de un puñetazo en la nuca. Él partía un ladrillo con la mano como quien parte una arepa. Pero la cuestión era la mujercita. Qué hacía él con ella mientras trabajaba. Dónde la dejaba guardada. Pensaba con horror que se quedara sola en el cuarto del tabique. Si fuera más chiquitica se la metía en un bolsillo y se la llevaba. ¡Por qué no se volvía más y más chiquitica! Pero en el cuarto sola no la podía dejar. Por nada del mundo. Mucho menos con el vecino ese. Con el sinvergüenza ése que estaba falto de mujer.

Anduvieron de la mano por la ciudad. La muchedumbre los tenía mareados. Esa carramentazón de largas hileras. La gente se empujaba. Todo el mundo parecía apurado y angustiado. Los conductores maldecían con las puertas entreabiertas. Hombres y niños gritaban vendiendo cosas y les metían en las narices los pedazos de lotería. Ella se acordó del trocito que había comprado. El hombre había dicho que estaba premiado. El hombre aquel de la franela rayada. Ella sacó el trocito y se lo puso en la mano. Se acercaron por allí y preguntaron. No había salido nada. Un negro muy vestido de limpio, con tabaco mordido, consultó un papel lleno de numeritos.

—Se te negó la suerte, mijita.

Ella no entendía eso. A ella le habían dicho que era el primer premio. Qué cuento era ese ahora. Él se la llevó. Luego le iba a explicar. No le había querido decir nada. Quién quita que hubiera salido. No la quiso poner triste al entrar en la ciudad. No le quiso cortar la esperanza. Además, ella podía ser sortaria. Dicen que la suerte es loca. Pero ella estaba anegada en lágrimas. Lloraba de la rabia y pensaba en el hombre de la franela a rayas que la había engañado. Comenzó a odiar la ciudad. Comenzó a temerla y a desear escapársele.

Ella veía aquel hombre grande que era suyo y la miraba con sus ojos mansos. Pero era un muchachote nada más. Tenía mucha fuerza. Pero un camión de ésos tenía más fuerza. Uno de esos autobuses podía llevarse su hombre grandote y pasarle por encima. Y ella se iba a quedar solita. Ella sin nadie que le diese sombra entre aquella gusanera de gente. Había visto rostros tan raros pasar a su lado. Había visto unas narices que no se había imaginado que existieran. Tanto musiú con ropas de mujer. Además la gente los miraba a los dos. Ella tan chiquita y él tan grande. Ella creía que los miraban. De puro embuste. Ella tenía sed. Frente a ellos, del otro lado de la calle, había un carrito con un hombre de batola blanca y campanita.

—Yo quiero un poquito de eso.

Él vaciló. —Espérate aquí—, le dijo y se lanzó a la calle. Un frenazo agudo chilló como un can apedreado. Ella miraba sin poderse mover. Su hombre había salido despedido contra el suelo. Allí tendido parecía un bagazo frente al camión enorme. Vino tanta gente que lo perdió de vista. Oía pitos y exclamaciones de mujeres. Ella se recobró y pudo mover las piernas. Había mucha gente, pero ella se metió por entre todos como una lagartijita entre el monte y llegó a su lado. El hombre se había sentado y un agente de policía trataba inútilmente de levantarlo por los brazos.

—¡Ayúdenme! —gritó el gendarme.

Ella le metió su manecita con valor. Tres hombres no podían.

El hombre sacudió ambos brazos y apartó todo el grupo. Estiró la mano buscando su sombrero. Alguien se lo alargó. Pesadamente se incorporó sacudiendo el sombrero con las manos.

—Pero quítenle esa mujercita de encima —insinuó alguien.

Ella estaba adherida a él, empinadita en la punta de los pies, escudriñándole de arriba a abajo.

—A mí no me ha pasado nada —refunfuñó.

—Pero si lo han batido contra el suelo. Vamos a llevarlo.

El agente se desplazó fuera del grupo.

—¿Dónde está el chofer?

Un hombrecito pálido se adelantó, barbotando disculpas.

La gente miraba con curiosidad al hombrezote con la mujercita guindando.

—Usted está aporreado, mano.

—Usted le pegó esa cabeza al suelo, vale. Déjese curar.

—Vaya al Puesto de Socorro. El policía lo va a llevar.

El hombre continuaba sacudiendo el sombrero, sin contestar las ansiosas preguntas de la mujercita. Todos le decían que se fuera a curar y la dejara sola. ¡Cómo no!

—No me pasa nada, mija, Vámonos.

La tomó de la manecita y salió del grupo, calle abajo. Allá quedó el agente de policía gesticulando frente al chofercito pálido de brazos cruzados.

—Aguántame la mano tú —dijo.

Ella lo agarró duro, con toda su fuerza.

La vista se le estaba poniendo terrosa, amarilla; las cosas parecían pasar debajo de un río crecido y sucio. Los oídos zumbaban como grillos impasibles. No estaban lejos de la casa de los italianos. Pronto iban a llegar. Ahora deseaba estar echado junto al maldito tabique y no le importaba el bombillo prendido ni el agujero del vecino, porque no estaba viendo nada.

Con su instinto de animalito ella encontró la casa y le condujo puertas adentro. Le apretaba muy duro la mano. En el zaguán los dos italianos cobraron sus seis bolívares adelantados. Él se tanteó el bolsillo y le puso la monedera en la mano. Ella sacó las monedas y los italianos se alejaron al fondo, siempre discutiendo. Se detenían un momento y se manoteaban la cara. Luego seguían otro pedacito para hacer lo mismo más adelante. Ella lo sentó junto a la cama y le quitó el sombrero. Con mucho trabajo le libró del enorme paltó. Observó que sus brazos estaban pesados y resbalosos. Después lo recostó y le colocó la almohada.

—Mete los reales aquí abajo.

Ella obedeció silenciosa. Se acercó al espejo y se vió. Aquélla era otra mujer o aquel espejo estaba malo. Luego volvió a su lado y le pasó las piernas por entre el enrejado del camastro.

Después subió a la cama para apagar la bombilla. No alcanzaba y apoyó un pie sobre la gruesa pierna inmóvil.

—¿Te maltrato?

Él movió la cabeza negativamente.

—Si tú no pesas nada, mijita. Tú eres una pluma de pájaro.

Ella le alzó el brazo y se metió debajo. Sintió que él la apretaba. Él la sintió a ella, pegadita y liviana, muy juntico de él. Un poquito más abajo estaba su cabello barba de jojoto. Un poquito más abajo estaba su boca con su salivita. Un poquito más abajo estaba toda ella en sombra. De puro zoquete no había llegado allí. Los hombres grandes son zoquetes. Eso no tiene vuelta.

Tenía mucho sueño. Era un sueño amarillo y pesado como un buey.

—Apaga esa luz, mijita.

—Ya la apagué, mi amor. Esto está oscurito. Descansa tranquilo.

Él comenzó a respirar con fatiga.

—Esta noche tampoco será.

—Puede que mañana.

—Sí, mañana sí será.

Qué sueño tan pesado. Pero ahora era sabroso; sentía que se iba lejos, como si le estuvieran estirando el pescuezo sin dolor. Sentía una cosquilla hacia la nuca. Le bajaba de lo alto de la cabeza. Qué sueño tan dulce y pesado. Ella estaba junto a él, muy pegadita. Todo se le iba haciendo irreal, pero siempre le sentía a ella, tan chiquitita, tan blandita y suave, tan livianita. Pluma de pájaro en su costado. Lirio de río en la orilla.

—Puede que mañana. Qué sueño dulce y largo.

 

Tomado de Antología del cuento venezolano (1955)

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