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El resplandor arrojadizo de un sol coronando las alturas de aquel abril extraordinario, proyectaba la sombra del hombre en la calle como si tuviera vida propia, a su costado izquierdo, una opaca réplica se movía tan apresurada como él, dando zancadas para evitar cuanto antes aquella furia leonada tiñendo todo a su alrededor, era como si el cielo, antecediendo el acoso caprichoso de las lluvias de la temporada, ardiera avaro por castigar la ciudad. Así, a pasos largos, como sólo podrían ser los de alguien con más de un metro ochenta de estatura, el propietario del puesto de ventas de revistas y periódicos del pueblo veía acercarse al Tuerto Santiago a su establecimiento.
Venía, como era su costumbre de cada viernes, dirigiéndose apresurado a la modesta librería donde llegaban semanalmente las novedades editoriales desde la capital del país; bultos de libros, magazines, cuentos ilustrados, novelas rosas, folletos sobre salud, cocina, novelitas de bolsillo de Marcial Lafuente Estefanía y de vez en cuando alguna singularidad literaria, atribuible quizás al yerro desprevenido del viajero-despachador que repartía las publicaciones a ritmo antojadizo. Todo ello se ponía a disposición de los lectores casi en seguida a su arribo, se ordenaban por géneros, como se ofertan en el mercado dulces y golosinas para disfrute de los amantes de la confitería, y acto seguido los interesados procedían a examinar las estanterías.
Algunos de los asiduos lectores esperaban ansiosos la llegada de las publicaciones matando el tiempo en los alrededores. Desde la plaza, cafés o cualquier otro sitio que sirviera para sostener una conversación, las personas se agrupaban animadas, mientras veían asomarse en la esquina de la avenida principal el vehículo a toda velocidad de la empresa distribuidora de los impresos, entonces se acercaban apremiados, como el librero observaba venir a su más leal cliente, urgidos en revisar el contenido de las primicias, apenas dando tregua al arreglo de los armarios.
El Tuerto era siempre uno de los primeros en llegar, si por alguna causa don Lucho no podía atenderlo al momento, aquello no era obstáculo para que él examinara y escogiera cuanto quisiera, tenía suficiente confianza como para tomar de los anaqueles cualquiera de los impresos, sin embargo, su interés se remitía con exclusividad a uno de los géneros editoriales de entre todos aquellos que por montones se apilaban en las estanterías. Únicamente tenía ojos para este tipo de lecturas, mientras que el resto era como si no existieran para él.
Aquella mañana, camino al establecimiento del librero colombiano, el Tuerto se tocaba a cada rato uno de los bolsillos traseros de su pantalón, lo hacía parecido a una de esas manías que a veces pueden tenerse sin darse cuenta; inadvertida para quien las ejecuta, pero notoriamente apreciada por terceros. Así, apretaba el paso, y con el mismo impulso de su andar, estiraba su mano derecha al bolsillo del mismo lado en el pantalón.
A Santiago, todos le conocían aquella afición desenfrenada por las historias de aventuras del lejano Oeste, por las novelas de vaqueros que profusamente escribiera Marcial Lafuente Estefanía, por tanto, era tenido como una suerte de Quijote moderno, pues no había en el mercado publicación que no hubiera pasado por sus manos. Una vez devorada la trama —así podría decirse—, conforme al entusiasmo con que semanas tras semanas las leía, las comentaba con poses de cowboy a sus más allegados, unos tres o cuatro de ellos que, asimismo, compartían, pero con menos arrebato, el interés por dicha narrativa. Entonces, pretendiendo emular el andar corajudo de sus héroes de ocasión, se movía a pasos largos, en actitud arrogante, frunciendo al mismo tiempo el entrecejo mientras sostiene la mirada con su único ojo hábil en un punto fijo, para luego, como los vaqueros en las películas, en un santiamén, colocar ambas manos en perfecta horizontal con un Colt 45 imaginario empuñado en dirección a un inexistente forajido.
A medida que se acercaba, don Lucho notaba como Santiago giraba su brazo derecho para dejar correr su palma abierta sobre el bolsillo, se tocaba como ajustando su contenido, quizás creyendo que lo perdería o con alguna otra idea en la cabeza que el librero no alcanzaba a figurarse. Lo curioso de todo esto es que mantenía el mismo impulso atribulado del ritmo de su marcha, en adición, también, en ciertas oportunidades, subía las manos y se acomodaba las alas del sombrero, ajustando sus bordes y acariciando su corona.
En aquel momento, con la perspectiva de un hombre maduro, pero tanto como eso, con el aliento condescendiente que a veces da la vida, don Lucho atribuyó el conjunto de esos ademanes a reacciones meramente instintivas, en este caso, a una respuesta natural a los quemantes rayos del sol de la hora, haciendo que tuviera esa obsesiva atención al sombrero. Y en cuanto al modo inexplicable con que se tocaba el bolsillo, creía que era una sensación de extravío que, en ocasiones, puede sentirse con algo muy preciado, en cuyo caso, el cuerpo actúa por simple reflejo para asegurar aquello que se teme perder. Ya más próximo, a pocos metros, observó a Santiago mover sus labios, como si lanzara palabras al aire en un monologo entrecortado. Extraño, sí, obviamente, sin embargo, también a veces, las personas, ensimismadas en algún asunto, pueden dar rienda suelta a sus pensamientos en voz alta. Por eso, tampoco, aquel soliloquio le pareció un hecho extraordinario, quizás fuera de lugar, pero comprensible en momentos de turbación para cualquier persona.
—¿¡Qué hubo Santiago!? ¡Tiempo para todo hay en la vida! —le dijo al verlo llegar.
El Tuerto sonrió.
—Así parece, don Lucho; cuando la desdicha no tuerce el destino de las personas —respondió apuntándole con el instinto sobreviviente de su ojo malogrado.
Cuesta tanto pasar por la vida sin hacer daño
La noche anterior, Santiago se quedó dormido con el libro en el regazo, se había rendido abrazándolo con ternura sin prestar atención al tiempo que iba transcurriendo mientras leía hasta culminarlo de un tirón. Su mujer, en una rutina que ya era cálculo premeditado, lo miraba de soslayo cuando pasaba a su lado, soltaba algún comentario hiriente, y, de seguidas, se internaba por los rincones de la casa dedicándose a sus quehaceres domésticos. Él, apenas sentía que ella se le acercaba, todo cuanto decía se perdía en sus oídos sordos al exterior, absorto como estaba en el mundo imaginario de aquella lectura delirante. “¡Razón tenía mi mamá sobre él!”, exclamaba ella desde la intimidad de su voz interior una vez que sus palabras se estrellaban en la nada.
Para Santiago, era como si en derredor no existiera nadie, en su mente, en cambio, los personajes creados por Marcial Lafuente Estefanía cobraban vida formando parte de su mundo fantasioso, experimentando con ellos sus rabias, sus alegrías, la impotencia de las injusticias, el vértigo de los amores prohibidos y, por supuesto, el saldado de cuentas con los malvivientes apoderándose de las ilusiones de las buenas personas. Aquellos lugares donde habitaban estos personajes, de pronto le fueron tan familiares como los pueblos y caseríos donde su vida había transcurrido.
Santiago y Marta se conocían desde muy niños, sus familias fueron residentes de un mismo vecindario durante casi toda la vida, y cuando ambos debieron ir al colegio, desde sus primeros años acudieron al único centro educativo de la comunidad, de modo que habían compartido sus vidas casi desde siempre. Ella se hizo maestra de escuela, y él, desde aquel lance infortunado, nunca logró recuperar plenamente su dedicación al estudio, así que, pasando los años, no pudo alcanzar como los otros un grado académico. Eso, precisamente, además de la limitación física que tendría de por vida, constituían, aparentemente, el motivo por el cual la madre de Marta jamás había aceptado ni visto con buenos ojos aquella unión matrimonial.
Carmela, cada vez que tenía ocasión, le recordaba a su hija la mala elección que había realizado; su falta de tino para escoger a un hombre que al menos tuviera empleo permanente y capacidad física para ganarse el pan sin objeciones. La suegra del Tuerto no le observaba ninguna virtud ni le aprobaba proceder alguno, pese a su naturaleza de noble persona, de cariñoso trato con su pareja y resignada entrega a su destino marcado por el infortunio.
Transcurriendo el tiempo, la inquina nunca cedió ni siquiera en el momento de su muerte, cuando escogió para despedirse, ya falleciente en su lecho, la lapidaria expresión: “Semejante bueno para nada comparte la vida contigo”.
De aquel amargo adiós, revelación expirante buscando con las últimas de sus fuerzas la ruptura de la pareja, quedó sembrada la semilla de la malquerencia, animadversión que con los años fue germinando, torciendo poco a poco, como la gota persistente horadando la piedra, la calidez del afecto anidado por años de entrega incondicional. Y no es que Marta recibiera aquella sentencia maternal con sorpresa, en sí misma, de muchas formas, obstinadamente, la había escuchado sin dar tregua a lo largo de todos los años. Pero, ahora, esas palabras, envueltas en la mortaja de quien le había dado la vida, ya partiendo a las sombras del para siempre, cobraban otro significado, eran, en efecto, la última estocada punzante sobre el amor propio de la hija.
Marta cerró sus ojos y, en los muros del silencio, guardó aquel lamento tósigo salido de los cárdenos labios de su madre, hasta que, tres años después, sin comprender el extravagante proceder de Santiago, al verlo a su regreso del colegio, dando vueltas atolondrado buscando quién sabe qué cosa, desconcertada, sin que aquel notara su presencia mientras farfullaba aturdido un rosario de incoherencias, Carmela cobró vida de nuevo en sus pensamientos: “¡Razón tenía mi mamá sobre él!”
Las formas del viento
A mano izquierda del negocio de don Lucho, a poca distancia, un pequeño restaurant atiende a su clientela con un menú muy básico, su dueña es una mujer fornida, entrada en edad y de mal carácter, de origen ecuatoriano que apenas cruza palabras con quienes por lo general son personas que van de paso, en tanto que, con sus habituales, sobre todo con aquellos que frecuentan el quiosco de periódicos, su relación era mucho más cordial.
Aquel viernes, con un lote de novelas en una mano y en la otra un cigarrillo, Santiago entró por un café y una arepa, venía como siempre, apresurado y como si tuviera en la cabeza un embrollo desarrollándose por cuenta propia.
—Hola Rita. Buenos días. Lo de costumbre, por favor… —dijo enfilándose preciso al fondo del local.
—¿Lo de siempre…?
Le repicó la mujer, clavándole su mirada oscura esperando una aclaratoria.
—Sí, claro. ¡Ah…! ¡Ya sé…! Tengo pendiente el pago, no te preocupes que pronto voy a cancelarte.
—¡Santiago, por favor!… ¡Hoy es viernes! Y eso mismo me dijiste la semana pasada.
—¡¿Es viernes hoy?!… ¡Carajo cómo corre el tiempo!… Bueno, tú tranquila, no te preocupes…
—¡Otra vez con lo mismo!
—El lunes, bien temprano, paso a saldar mi cuenta contigo. Te doy mi palabra. ¡Un vaquero siempre cumple su promesa…! ¡No te preocupes! —aseguró con su habitual sonrisa, una mezcla de expresión extraviada con ingenuidad infantil.
El tuerto se acomodaba en el asiento y chupaba el último aliento de un cigarrillo que se rotaba de mano en mano. El lote de libros que recién había retirado de don Lucho, los colocó encima de la mesa con especial cuidado, por un instante fueron el centro de atención de Rita quien rápido manifestó su parecer.
—¿Y esos?… ¿También los debes? —preguntó encogiendo su boca como un hocico al apuntar el paquete.
Santiago acarició con la punta de sus dedos las últimas publicaciones de Marcial Lafuente Estefanía, las deslizaba suavemente, como si quisiera consentirlas y, luego, posando la palma completa en la portada de la novela más visible, dirigió su mirada a Rita.
—Anda, mi vieja amiga, confía un poco en las buenas personas, dame el café y la arepa de siempre. Ya verás que te pagaré.
Levantó su mano derecha y de nuevo se posó el pitillo en la boca para aspirarlo hondo hasta el chicote aplastado en sus labios, luego, con las puntas de sus dedos índice y pulgar, lo retiró preciso, lanzándolo al piso para aplastarlo con el zapato; una vieja bota que alguna vez tuvo el brillo de la novedad, y acto seguido, con aquella expresión de niño que siempre conservó, entregó a Rita su sonrisa inocente.
La mujer bien sabía que este lector afiebrado no le pagaría ahora ni la próxima semana y, probablemente nunca. Empero, no tenía el coraje suficiente para contrariarlo en ese instante, como tampoco lo había tenido durante cada uno de los viernes en que se acercaba a su restaurante. Con el tiempo, pese a no ceder en el cobro, comenzó a tolerarlo, a verlo con un afecto casi maternal. Le parecía un niño grande, un inocente conquistado por las fantasías de unos libros inverosímiles.
—¡Ay, Santiago…! Siempre te sales con las tuyas —confesaba sin poder ocultar un gesto resignado como antifaz de su terneza por él—. ¡Está bien…! Pero, anótalo en la cuenta. No vayas a olvidarte.
—¡Claro que sí!… ¡Dame un lápiz y un papel para anotarlo de una vez!
Afuera, el sol cercano al mediodía se encumbraba alucinante, su resplandor entraba codicioso por una de las ventanas en el extremo derecho del recinto. Desde ahí, una parte de la ciudad, aquella menos poblada, de construcciones incipientes, y con un extendido manto de vegetación resistiéndose a los rigores del clima, se observaba con nitidez, como una fotografía plena de colores vivaces pareciendo una postal de viajero; un lugar exótico deslumbrando los sentidos de quien lo viera.
El tuerto miraba distraído aquella escena mientras regresaba Rita.
—Aquí tienes—dijo Rita, sacando de la abstracción a su cliente.
Una taza humeante de café tinto y una arepa rellena con queso envuelta en una servilleta, les fueron servidas en la mesa, después de apartar con esmero el lote de libros del centro de la mesa. La mujer, siguiendo la corriente al vaquero, como en un juego de muchachos, sacó de entre el moño de cabellos recogidos en forma de turbante, un lápiz de punta roma, y desde el fondo de su delantal, extrajo un pedazo de papel ajado para en un mismo acto entregárselos al Tuerto.
—Toma, no dejes de anotar el pedido.
Sin nada más que añadir se retiró camino a otros comensales.
Con la atención aún puesta en el paisaje de la ventana, tomó la hoja, como poseído por un trance, y estirándola con su mano abierta la fue aplanando para a continuación garabatear, como un largo cordón de palabras, un texto en caligrafía de escolar adelantado.
Siendo un atributo únicamente de los humanos apreciar el paisaje con un sentido estético, sin embargo, no todos tienen la sensibilidad para notarlo. Santiago, con su ojo despierto lo mira, mientras el otro imagina:
La hierba alta ondea al capricho del viento dibujando sus formas. A veces, como las olas de un mar sin agua, su silueta va y viene ejecutando una danza acaso enigmática, apenas perceptible en el silencio apagado de las horas, como si fuera un coro de voces despidiéndose sin decir adiós. Son las formas del viento. ¡Te pagaré!
Cuando le pareció que estaba listo el escrito, hizo una rápida lectura, inclinando, como siempre, su medio lado de rostro, mientras sorbía el café con su ahora desfalleciente columnilla de humo. Su única pupila despierta parecía brillar desanudando las líneas de palabras, después, alzando su ceja derecha con arrogancia, procedió a doblar el papel con esmero y lo depositó sobre la mesa, aplastándolo con la taza ya vacía en el centro de ella.
Por último, como quien ha cumplido su tarea del día, se levantó relajado, se templó del sombrero por su parte delantera, agarró sus libros con la mano izquierda y cogió la arepa del plato con su diestra, para a la vista de todos, metérsela en el bolsillo trasero del pantalón como si fuera una billetera. Aquella acción hecha tan naturalmente, emulaba la costumbre varonil de guardarse la cartera en la parte posterior del pantalón. Los pocos clientes sentados en torno a otras mesas, se dieron cuenta en seguida de esa extravagancia, se miraron perplejos viendo semejante desvarió, pero ninguno dijo nada, quizás el asombro les impidió reaccionar en el acto.
Santiago, por su parte, con toda tranquilidad, ausente de todos ellos, sin alterarse un ápice, se encaminó decidido a la puerta de salida sin despedirse.
Rita, a su vez, atareada en sus asuntos, apenas si notó el momento en que se ausenta, regresó a la mesa que ocupaba, y, por un instante, atraída por la curiosidad, enfoca su vista a la ventana antes de recoger el plato y la taza, todo le parecía tan rutinariamente agreste, en donde aparte de varios caminantes andando en la calle, ahora veía integrarse a Santiago a las formas del viento que ni el mismo advierte, por unos segundos se quedó mirándolo con una súbita expresión de afecto mientras se alejaba a zancadas largas. Retiró la taza y con ella el trozo de papel que guardó sin leer dentro del mandil.
Novela publicada por la Editorial A todo Calor, 2023.