Una tarde con campanas, de Juan Carlos Méndez Guédez

17/ 01/ 2013 | Categorías: Fragmentos de novelas

En la esquina vive un muerto. Usa camisas verdes, zapatillas de deporte y cuando recién llegamos al barrio nos pedía dinero. Como nunca le hacíamos caso comenzaba a insultarnos y gritaba viva España cago en dios viva francu. Ahora cuando nos ve sólo grita. Ya sabe que nunca le vamos a regalar ni una moneda.

El muerto se murió hace unas semanas. Yo caminaba con Marianita Cunqueiro, mi vecina, que había ido a comprar unos folios. No sé muy bien de qué hablábamos porque cuando ella habla rápido me cuesta entender. Así que veníamos distraídos y yo tropecé con algo. En el suelo estaba tirado ese hombre. Llevaba en la mano unas bolsas, tenía la boca abierta y aunque el sol pegaba muy duro, no se movía. Comenzamos a llamarlo, a tocarle el hombro, pero nada.

Mi amiga me agarró por el brazo y corrimos hasta llegar al bar. Nadie supo lo que gritábamos. El señor Cunqueiro nos compró un refresco porque mi amiga hablaba rapidísimo y lloraba. Entonces escuchamos el ruido de una ambulancia.

Somaira bajó asustada del apartamento. Me llevó para darme leche tibia con azúcar pues la sirena de la ambulancia sonaba cada vez más duro, más duro, y tuve que encerrarme en el baño a matar hormigas porque sentía como una piedra dentro de la cabeza.

Pero ayer veníamos caminando Augusto y yo. Me estaba comiendo un helado y cuando crucé hacia mi calle, vi que de la tienda venía saliendo el muerto con una bolsa llena de cervezas. Primero se nos quedó mirando, luego se acercó con la mano extendida para pedirnos unas pelas, pero al saber quiénes éramos, el muerto empezó a gritar hijoputas vivaespaña hijoputas vivaespaña.

Augusto tuvo que correr mucho para alcanzarme.
El vecino del primero tiene mucha suerte. Así dice mi mamá, así dice Somaira.

El vecino del primero estuvo a punto de morir hace poco tiempo. Regresaba en el metro y un señor comenzó a golpear una muchacha. Nadie hacía nada. La muchacha gritaba, intentaba escaparse, así que el vecino del primero trató de calmar al hombre. Luego comenzaron a discutir, a darse empujones. Cuando se acercaba el tren, al vecino lo empujaron en medio de las vías.

El vecino del primero perdió un pie. La cara también le quedó extraña. Como hacia un lado, como con un ojo más pequeño, una ceja más pequeña, un cachete más pequeño. Como no tenía nadie que se ocupara de él, los Cunqueiro y mi familia fueron a verlo al hospital. Luego lo ayudaron a venirse a casa pues temían que la policía lo encontrara y lo botaran para su país.

Somaira y mi madre se llevaban las manos a la boca cada vez que venían de llevarle algo de comer a su apartamento. Se ponían nerviosas, les daban unos temblores terribles. Yo me ofrecí a hacerlo por ellas. Cada tarde bajaba con un plato cubierto por una servilleta. Luego entraba al apartamento del señor y le dejaba la comida sobre la mesa. Él me daba las gracias, trataba de levantarse y arrastrando la pierna lograba llegar hasta la silla.

El vecino del primero sudaba mucho. Su apartamento olía a encerrado, olía igual que los zapatos de papá cuando regresa de trabajar.

Una tarde me preguntó si yo cantaba, me dijo que se aburría porque había tenido que vender el televisor. Traté de hacerlo, pero la voz me salía horrible, así que comencé a silbar. Estuve un rato silbando, un buen rato.

El vecino del primero no volvió a hablar y ni siquiera se despidió cuando yo recogí los platos y los cubiertos de mi mamá.

A mí me dio lastima, porque si mirabas por un lado al vecino, no notabas nada raro, pero si lo mirabas por el otro le veías la piel oscura, como un poco quemada. El vecino del primero tenía dos caras todo el tiempo, y no sabías cuál de ellas te estaba hablando.

El día que llegó la policía a buscarlo nos pegamos un susto y nos encerramos en los apartamentos sin hablar para que pareciera que allí no había nadie. Después se escucharon los pasos del vecino en la escalera. Unos pasos muy lentos, brincando con el único pie que le quedaba, y a mi me dio la risa que me da cuando estoy asustado, y Somaira tuvo que taparme la boca.

Pero al día siguiente el vecino apareció en la televisión con sus dos caras, saltando en un solo pie para darle la mano al Alcalde y recibir su permiso de trabajo y una medalla porque él era un héroe. Después dieron discursos, tomaron fotos. El vecino sonreía con la mitad de la boca.

Por eso mi mamá y Somaira dicen que el vecino del primero tiene mucha suerte. Y mi papá dijo que ojalá le hubiese pasado a él ese tren por encima, y mi hermano Augusto se rió y dijo lo mismo.

Luego peleamos. El vecino no le devolvió a mamá unos platos. O dejó de saludarnos. O fuimos nosotros quienes no lo saludamos más. Y ahora no nos gusta ese señor y ya no es amigo nuestro. Pero siempre lo escuchamos subiendo la escalera poco a poco, brincando, con ese zapato nuevecito que ahora usa. Y lo oigo silbar. Unos silbidos muy grandes, afinaditos. Oigo silbar al vecino del primero. Feliz.
Una vez empezaron papá y Augusto a pasar todo el día en la casa. Allá, donde vivíamos antes. Y no se iban nunca, no salían. Estaban en el patio acostados en la hamaca, o mirando el periódico, o pendientes del teléfono. Pero aunque yo vivía muy contento porque los veía siempre, mamá tenía la cara seria, y una tarde me dijo que ellos se habían quedado sin trabajo y que eso era muy malo.

Muchos de los hombres estaban igual que mi hermano y mi papá. Unos los veía en las tardes, sentados en las puertas de las casas, muy serios, bebiendo cerveza y con la barriga al aire, espantando las moscas con las manos. Pero una mañana llegaron los militares y dijeron que habría trabajo para todo el que fuera a la placita. Así que la placita se llenó de gente y un capitán los iba organizando y les daba una escoba para que barrieran todas las hojas secas que había en el barrio. Y la gente barrió, barrió mucho, fueron juntando hojas, muchas hojas secas, porque los árboles allá botan las hojas pero nunca se quedan desnudos, así que había muchas hojas, un montón. Y la gente las iba poniendo en una esquina, y se fue haciendo una montaña, una montaña más grande que mi papá, más grande que los galpones de la zona industrial, y al lado de la montaña estaban varios soldados con la ametralladoras, cuidando las hojas.

Cuando fue de noche, el capitán dijo que debían meter las hojas en unas bolsas negras para poder botarlas, pero en ese momento uno de los soldados dijo que las bolsas no habían llegado. Por eso dejaron la montaña de hojas para recogerla al otro día. Y el Capitán se sacó unos billetes del bolsillo y comenzó a pagarle a la gente. Así que esa noche hubo muchas fiestas en el barrio. Hasta mi papá y mi hermano montaron su fiestecita; prepararon una parrilla, bebieron mucha cerveza.

Al día siguiente volvieron los militares. En la noche el viento otra vez había regado las hojas. Hubo que barrer de nuevo y hacer otra vez la montaña inmensa. Esta vez tampoco habían conseguido las bolsas, así que tampoco pudieron recoger nada. Pero la gente estaba contenta porque el Capitán volvió a sacar unos billetes de su bolsillo y comenzó a pagarles a todos.

Así estuvimos mucho tiempo porque las bolsas negras no aparecían nunca, y el Capitán era muy querido en el barrio. Pasaba varias veces a la semana en un carrote bellísimo se reía con la gente, contaba chistes, hasta enamoró a algunas de las muchachas y dicen que la morenita de la calle 1 le parió un hijo y que por eso ella y su familia cobraban aunque no barriesen las hojas secas.

Pero un día el capitán no volvió más. Nadie volvió a barrer las hojas. Mi papá y mi hermano pasaban todo el día en la casa, mirando los periódicos, o esperando una llamada de teléfono.

En las tardes, los dos sacaban una silla y se ponían en la puerta, a mirar, a mirar los carros que pasaban. Y cuando llegaban las moscas, mi hermano Augusto les daba un manotazo rapidísimo, las aplastaba contra la pared, y Somaira se ponía brava, porque la pared estaba muy sucia, llena de pequeñas moscas aplastadas.
No digas coche, se dice carro.
No digas sandía, se dice patilla.
No digas gafas, se dice lentes.
No digas polla, se dice güevo.
No digas cortado, se dice marrón.
No digas cacahuete, se dice maní.
Carajo, que no digas, no digas, que no hables así, carajo.

(Mi padre los domingos. Tercera cerveza).
No me acuerdo de nadie. Bueno, un poco sí. Pero lo raro es que me acuerdo de los que me caían mal, de los que no me gustaban. Había uno que tenía los ojos como un sapo, y otro que era alto, muy flaco y siempre tenía sucio el uniforme con unas manchas de pintura. De ellos me acuerdo bastante: les decíamos Jirafa y Cara de sapo. Siempre andaban juntos y si amanecían de mala uva nos daban patadas.

Conmigo casi no se metían, porque a mi papá algunas gentes le tenían miedo desde la pelea con los Serrano. Pero a veces me hacían una zancadilla, y yo me caía de boca y se me ensuciaba el uniforme.

Una mañana los vi venir corriendo. Yo estaba sentado en el suelo con unos amigos. Sin pensarlo mucho saqué la pierna para que ellos se tropezaran. Ellos me vieron y al llegar a donde yo estaba, paf, pegaron un brinco y con los zapatos me cayeron encima. La pierna me quedó doliendo mucho rato. Cuando se lo conté a Augusto me dijo que parecía pendejo, que debía sacar la pierna en el momento en que ya estuviesen cerquita.

Pasé todo ese año esperando. Me la pasé sentado en el suelo a ver cuándo pillaba a Cara de Sapo o a la Jirafa para sacar la pierna y tumbarlos de boca. Lo que pasa es que luego nos vinimos. Ni siquiera terminé las clases. Nos vinimos en el avión. Nunca pude tumbarlos. No sé por qué pienso en ellos.
Teníamos poco tiempo en Madrid. Mi padre me llevaba de paseo y recorríamos Gran Vía de arriba a abajo. Todo el día.

Revisábamos los teléfonos públicos. Uno por uno. A veces metía la mano papá, a veces yo. Y cada tanto conseguíamos alguna moneda. Un duro, dos duros. Yo me alegraba cuando sentía que tocaba algo frío con el dedo. Moneda, moneda, gritaba, y papá me hacía señas para que me quedase calladito.

En la tarde contábamos las monedas. Nunca era mucho, pero papá se reía y me daba un manotazo en la espalda: chévere, cambur, chévere.

Después papá trabajó en el campo con mi hermano. Pero se pelearon un día. No sé bien por qué. Mi hermano empezó a pintar casas en Madrid, luego construía edificios. Pero papá seguía en el campo y al tiempo apareció con una furgoneta viejísima. Me dio un paseo por el barrio. La furgoneta se paraba a cada rato, pero él la arregló y yo lo ayudé mucho pasándole las herramientas y buscándole cervecitas en la tienda de los chinos.

Después un día trajo otra furgoneta. Quiso que Augusto trabajara con él, que la manejara, pero mi hermano le dijo que no. Ahora casi no se hablan. Y papá contrató a un vecino que también llegó a Madrid hace un año. Luego apareció con otra furgoneta y otra y otra. Ahora papá tiene cinco furgonetas que le manejan unos paisanos y unos moros a los que él les pasa cada tanto unos billeticos diciéndoles: “Mojamé, Mojamé, que hoy estoy generoso, no pidas más, mira que no te vuelvo a llamar “. Cinco furgonetas que son feas, y siempre están llenas de barro, y huelen horrible.

Papá me dice que con ellas lleva gente a trabajar al campo. Por eso veo que a veces lo buscan en el barrio. Señores que le piden que los lleve, y él los grita: coño, estoy con mi hijo, nos vemos mañana a las cinco de la madrugada, carajo. Por eso paso meses sin verlo. Lleva señores de un sitio a otro. Y ahora tiene una cadena de oro más grande.

Una vez yo le conté a Mariana lo que hacíamos. Ella y yo nos fuimos a Gran Vía. Pasamos la tarde buscando monedas en los teléfonos. Pero yo vi a dos viejitos españoles que iban delante de nosotros y se nos adelantaron. No conseguimos nada. Después nos sentamos en Plaza España. Estuvimos un rato mirando coches, contando los de color rojo, los de color azul, los de color verde.

Yo le conté a Mariana sobre las furgonetas de mi papá. Ella no me respondió nada. Le conté que allí llevaba gente a trabajar, le dije que a mi papá lo buscaban mucho y que ahora tenía una cadena de oro grandota. Que yo quería manejar una furgoneta como esa.

Mariana me pidió que regresáramos a casa. Volvimos callados. Me sentía raro. Como si tuviese fiebre. Mariana se quedó atrás un momento. Regresé a buscarla y la encontré en Callao junto a un teléfono. Busca aquí, me dijo y yo le hice caso. Todavía no me lo creo. Había una moneda de cien pesetas. Mira, mira, estuve gritando mucho rato y apreté duro la moneda con mi mano.

Todavía la guardo debajo del colchón de mi cama. Tuvimos mucha suerte ese día. Nunca he tenido tanta suerte como esa tarde con Mariana.
En la cocina hay una estampita de San Antonio, una de Santa Lucía, una de María Lionza y una de la virgen. Mamá les pone siempre una vela, les reza y se persigna.

Sólo mi mamá les reza. Somaira poquitas veces lo hace. Pero hoy en la mañana se la ha pasado de rodillas y prende velas, prende varias velas.

La viejita que cuida Somaira se está muriendo. Es una viejita muy viejita. Más vieja que la abuela de Mariana, más enferma, más arrugada. Somaira la baña, la viste, la limpia, le da comida y en las tardes Somaira regresa a casa y me trae un bollicao.

Pero desde ayer se está muriendo y Somaira me pide que me arrodille con ella para que la viejita se salve, para que no se muera. Yo la acompaño un rato, pero solo me sé el padrenuestro y me fastidia repetirlo. Somaira sigue rezando, reza mucho; baja a cada rato a llamar por teléfono para ver cómo sigue la viejita. Porque si la viejita se muere Somaira se queda sin trabajo. Y Somaira llora cuando piensa en eso. Pero mamá le dice que acá hay muchos viejitos, que este país está lleno de viejos, que no se preocupe. Somaira se calma un poco, pero después se acuerda de que la familia de la vieja es muy buena porque no le pidieron nada, porque casi le pagan lo mismo que a las mujeres que tienen sus papeles y sus permisos.

Somaira llora. Somaira reza para que la viejita se salve.

Yo paso cada tanto por la cocina y la ayudo un rato. Repito el padrenuestro, cierro los ojos como mi hermana, para que las estampitas salven a la vieja, para que mi hermana pueda seguir trayéndome todas las tardes el bollicao que me como mientras veo la tele. Y rezamos, rezamos un montón, pero a veces se me olvida la viejita, y sólo pienso en el bollicao. Entonces me doy golpecitos en el pecho, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, como hace mi madre. Y Somaira me acaricia el cabello.

Una tarde con campanas (Equinoccio)

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