Cuentos
Todos los cuentos publicados
Buscar
Todos los cuentos publicados
Capítulos de novelas disponibles
Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar
Aún conservo —no sé explicar cómo
una pizca de esperanza
suficiente
para creer que serán mejores las cosas
—no las mías: las cosas llanamente
e intento,
aunque no puedo evitarlo a veces,
no ser cruel.

Hoy es sábado, Luis. Y usted se murió hace diez años. ¡Diez años ya, marico!
Yo estoy aquí: tirado en el balcón de la casa de un presunto amante, mirando hacia el cielo. Esperando que pase algo extraordinario. ¿Y usted dónde andará? Bien arriba, espero.
No sé para quién escribo esto. Quizá para ese pedacito suyo que permanece adentro mío y se niega a morirse.
Queda un poco de vino en la última botella. Alcanza para llenar dos copas más.
Elías estira las piernas y bebe.
Tengo un puñal en la garganta. Creo que si abro la boca algo se rompe. Y si la mantengo cerrada, también.
La noche transcurre iluminada por una luna de sangre. El rojo baña los ochenta apartamentos.
Bebo.
El vino se queda en mis labios como la humedad en las paredes del edificio.
Las ramas de los árboles tiemblan con la agresividad del viento, predicen una tormenta.
Estamos en un noveno piso, eso no ayuda.
Elías vive en un edificio cerca del Hospital Central.
Quiero fumar.
Sí, volví a caer. Discúlpeme, chamo. Pero no aguanto la ansiedad.
Un gato maúlla en el estacionamiento.
Miramos hacia abajo al mismo tiempo, como si respondiéramos a un impulso suicida.
Los ojos del gato brillan.
Yo miro a Elías. Tiene algo raro. Parece que escondiera cosas.
—¿Todo bien? —pregunta.
Asiento.
Las montañas toman su estado de sombra y unas pocas luces rojas titilan sobre la Loma de Pánaga.
San Cristóbal ruge. Gritos. Carros. Un vallenato lejano.
Todo se mezcla con el ruido en mi cabeza.
Es difícil, Luis. No quiero que pasen más pendejadas para amarrarme emocionalmente y luego tener que cortar cada nudo con un cuchillo sin filo.
La oscuridad se traga los ojos del gato. Parpadeo varias veces para no perderlo de vista, pero los felinos tienen la habilidad de permanecer ocultos. A veces creo que tengo mucho que aprender de ellos, son animales capaces de devorar la noche sin extraviarse en la penumbra.
—San Cristóbal es una ciudad de gatos —dice Elías.
—Yo creo que usted es un gato —respondo.
Elías sonríe y enciende un cigarro.
—La naturaleza está llena de secretos —expresa con seriedad.
—Todos estamos llenos de secretos —respondo justificando lo que no he dicho.
—A veces hay cosas que no es necesario decir.
—Sí, es cierto —digo en vez de decir que no, que es mentira, que hay secretos que tienen que dejar de ser secretos.
Elías se acerca a la baranda. Mira la luna como miran los gatos, con ojos de análisis y seducción ingenua.
Mejor me callo, Luis.
Apago el cigarro y lo lanzo.
El gato vuelve a aparecer.
—Siempre quise tener uno —dice Elías—. Pero pueden ser peligrosos.
—¿Le dan miedo?
—Me dan miedo las enfermedades.
Un automóvil pasa con tanta velocidad que solo se percibe el sonido.
El gato desaparece.
No es el día para decir cosas que nadie quiere escuchar.
Lo mejor es irme alejando poco a poco.
Elías me mira con curiosidad y sonríe. En su cara se dibuja un gesto de ternura.
Acerca su mano a la mía.
Me alejo de inmediato.
—San Cristóbal es rara —dice—. Es una ciudad en la que tengo recuerdos de cosas que no he vivido.
Sonrío. No tengo nada que responder.
—Esa frase la dice un personaje en una película de Ramón Salazar —añade para justificarse—. Se llama Piedras ¿no la ha visto?
—Mmm… No.
—Tenemos que verla.
Estoy seguro de que no veremos ninguna película de Ramón Salazar.
No me importa.
Me acerco a la mesa de las botellas.
—¿Y cuándo me va a contar? —pregunta.
Pierdo el equilibrio.
Las copas chocan.
—¿O era mentira? —agrega.
—¿Qué cosa?
—Usted dijo que hoy hablaríamos.
Sirvo vino. Se derrama un poco.
—Bueno…
Intento caminar.
Pierdo el equilibrio.
Tropiezo con un matero.
Caigo.
La copa se rompe en mi mano.
Los vidrios se me clavan en la palma.
Sangro. Sangro mucho.
Elías se acerca.
Me levanta y se quita la franela para limpiarme.
Alejo la mano. No quiero que me toque.
—Vamos al baño —indica llevándome del brazo.
—No fue mucho —respondo incómodo.
Elías me toma de los hombros.
Abro la puerta de un solo golpe y tropiezo otra vez.
—¿Bien? —insiste.
Me quedo en silencio. No estoy bien.
Me agarra la muñeca con fuerza y coloca mi mano bajo el chorro.
El agua está helada.
—Yo puedo solo —le digo con la voz cortada.
—Déjese ayudar.
La sangre corre.
—Lo siento.
—No se preocupe. Yo voy a recoger afuera.
Elías se va.
Me quedo solo.
Mi sangre dice lo que yo no puedo.
Me miro al espejo.
Estoy pálido.
Los peores recuerdos me devuelven a los lugares más oscuros de mi vida.
Usted sabe a qué me refiero, Luis.
2016.
El hospital.
Nuestros cuerpos desarmándose.
Los labios blancos.
Las ojeras negras.
Las pastillas acabándose.
Usted muriéndose.
En realidad, todos nos morimos. De la preocupación. Del miedo. O del SIDA.
Respiro. Me lavo la cara.
Miro otra vez al espejo.
Soy yo.
Ya no soy ese cadáver que fuimos.
Qué difícil es lograr la fuerza para contarlo y no llenarse de anticipaciones. Hace un par de años intenté hacer algo parecido y el resultado no fue nada alentador. Días después, terminé pagándole servicios médicos a un abogado que me llamaba sidoso irresponsable.
Seco mi rostro con una toalla y salgo avergonzado al balcón.
Elías limpió el desastre; aun así, el vino marcó el granito como si se tratara de una escena del crimen.
—¿Se lavó bien? —me pregunta.
Asiento con la cabeza abajo y me acomodo sobre una silla.
Elías fuma. Observa silencioso al gato que finalmente se ha expuesto.
—El otro día escuché algo curioso sobre los gatos —digo para evitar el silencio.
—¿Qué?
—Tienen púas en la lengua.
Elías no dice nada.
Mantengo mi mirada en el gato. Su hermoso pelaje negro está marcado por una mancha blanca que decora el espacio entre su vientre y su pecho, se eriza recogiendo las patas como un bailarín de tango, muestra su belleza entre los atisbos de luz que se cuelan en la oscuridad, bosteza.
—Debe ser por eso que no pueden hablar —exclama Elías a modo de chiste.
Le quito el cigarro de la mano.
Él frunce el ceño.
Fumo sin dejar de mirarlo, fijando mis ojos en la comisura de sus labios, en ese espacio donde se remoja mi deseo.
Estoy exhausto, Luis. No hay más licor, no hay más rodeos. Apenas me queda el impulso suficiente para sacar el tema a flote y no morir en el intento.
—¿Se acuerda lo que le conté sobre el 2016? —le digo.
—¿Lo de su amigo?
—Si…Yo tenía…
—¿Púas en la lengua?
Elías me quita el cigarro y le da un par de caladas.
El viento sopla con más fuerza.
—Mi amigo murió de SIDA.
Trago saliva.
Elías no dice nada. Lanza la colilla al vacío.
—Y yo…
Un murciélago pasa chillando.
Ya no importa. No espero ninguna respuesta.
Abrazo mis rodillas. Y pienso en usted.
El gato aparece de nuevo sobre al árbol.
Elías me mira expectante. Como si se hiciera preguntas sobre mí, o sobre él.
—Yo también… —dice Elías.
—¿Que?
—Tengo lo mismo…
—¿Púas en la lengua?
—Ambas cosas.
Me quedo con la cabeza abajo. No sé si alegrarme o entristecerme. No tengo idea de cómo actuar, Luis.
Comienza a llover.
—¿En serio? —insisto.
—Desde hace muchos años. Viví la época más complicada con eso…
Hace una pausa.
—Y también me cuesta mucho hablar.
Me toca el hombro.
No me aparto.
El amanecer naranja se impone tras las montañas.
Los rayos del sol se asoman intrusos penetrando en la piel de la ciudad.
San Cristóbal sale de la penumbra.
El rocío de la lluvia salpica nuestros rostros de trasnocho.
El gato cruza las ramas sin caerse, encuentra donde quedarse.
Yo también. Por ahora.
…
Primer lugar del Premio de cuento Julio Garmendia para Jóvenes Autores, 2026