Ironía y fábula en la cuentística de Julio Garmendia de Pedro Díaz Seijas

12/ 06/ 2013 | Categorías: Reseñas

En publicaciones de la ilustre Universidad de Mérida, alcanzó recientemente su tercera edición el nunca bien ponderado libro de Julio Garmendia «La tienda de muñecos».

Julio Garmendia, como su obra, no envejece. Ahora el autor anda en los setenta y dos años. Por las calles de Caracas se le observa distraído, en actitud filosófica, con una recóndita sonrisa, frente a un mundo que él diagnosticó desde los días de su juventud. ¡Es verdad! Garmendia empezó por burlarse de lo que muchos de sus compañeros de generación llamaban realidad. El comparó ese mundo producto de presiones, resultado de conveniencias sociales, con una «Tienda de muñecos». Y ahí le tenemos, fiel a su concepción inicial. Para algunos, Garmendia es un extremado tímido. Huye de las zalamerías. Habla poco. Ve con serenidad de convencido, cómo se cumple su teoría acerca de la banalidad del hombre, acerca de la artificiosa comedia humana.

No ha alcanzado premios. Ni los quiere. Prefiere su soledad. Ha despreciado el honor de hacerse académico, por no pronunciar el discurso de recepción desde una ampulosa tribuna. Algunos pensarán que Garmendia es un anacoreta. No creemos que sea ésta su mejor ubicación. Garmendia es un temperamento sensible y batallador. Ha logrado sobreponerse a todas las presiones de una sociedad comprometida. Por encima de las modas y de acomodaticias posiciones, ha resistido todos los embates, firme en sus convicciones, puro en su ideal estético.

A estas alturas, tanto la crítica venezolana como la latinoamericana, se encuentran en aprietos para descifrar su postura eminentemente literaria. El críticu mexicano Luis Leal en su «Historia del cuento hispanoamericano», coloca a Garmendia simplemente entre los postmodernistas venezolanos. Otros críticos no lo mencionan siquiera. Nosotros creemos, como Jesús Semprum, que Garmendia no tiene antecesores, en nuestra literatura. Su obra no puede identificarse por un antes o un después, de tal o cual movimiento literario. Realmente la obra de Julio Garmendia es muy personal. Es trasunto de su vida. No pensó Garmendia en ningún instante asociarse a una época o a un medio determinado.

Como los grandes estrategas de la diagnosis universal, llámense Rabelais o Cervantes, Garmendia comprende desde sus comienzos de escritor, que el mérito no está en sumarse a la caterva que imita y aplaude, sino en aportar una lúcida visión colectiva del mundo.

Uno de los escritores más sagaces que ha producido Venezuela, César Zumeta, le señalaba a Garmendia con motivo de la primera edición de «La tienda de muñecos» lo siguiente: «Con esta sensibilísima flema tropical nos lleva usted en amable viaje por el tan olvidado, viejo y siempre nuevo país de lo Azul, donde todo nos comprueba la engañosa fantasmagoría de lo real y la generosa realidad de lo ilusorio y fantástico. Es al doblar la última página cuando vuelve uno a sentirse en el cautiverio de Realilandia, en la perpetua Tienda de Muñecos, o de títeres, que es la Vida desde antes de que el primer Adán tuviera andanzas con la primera Eva; tienda en la cual cada ser animado goza precisamente del mismo ilimitado albedrío de la buena dama que, al acabar de escribir al primo Basilio regañándolo por haber osado darle cita galante, sale derechamente a acudir a la cita pecaminosa, llevada por la misma fuerza que `mueve al sol y las demás estrellas´».

Acierta Zumeta en sus observaciones. Garmendia, a pesar de su temperamento tropical, no es de los que se entierran en su aldea en la creencia de que la realidad que trasciende a lo universal está solamente en lo autóctono.

Sorprende en nuestros días que un libro como «La tienda de muñecos», conserve intactos sus valores de creación y de estilo, por encima de cualquiera consideración generacional o de escuela literaria.

Cuentos como «La tienda de muñecos», «El alma», «El cuarto de los duendes», «Narración de las nubes», entre otros, ofrecen una dimensión humana, una singular manera de adentramos en la problemática del hombre, que conceden al autor una permanente vigencia en la concepción de sus criaturas y su mundo.

En estos cuentos de Garmendia, la ironía y la fábula se compenetran en forma tal, que es difícil sentenciar cuando nos encontramos frente a una u otra característica a lo largo de la creación narrativa.

En una época en la que el paisaje objetivo es el medio de exhibir facultades poéticas en el cuento, llama la atención que Garmendia haga caso omiso de la moda.

A pesar de que su estilo es cuidado, firme, de pureza impresionante, no cae en el derroche de descripciones, que sólo sirven de telón a una estudiada escena.

El prefiere crear un cuento de ideas, de sugerencias, en el que la palabra juega también su papel importante, no como oropel, sino como concepto, como elemento substancial de la creación literaria.

Como explorador de una fantasía cargada de reticencia, en la que se mueven unos personajes si no extraños, al menos en apariencia ajenos a una realidad grotesca, Garmendia se diferencia substancialmente de todos los narradores que coinciden cronológicamente con su generación. Así, Pocaterra fue mordaz v duro en sus narraciones. Gustaba de ir directamente al desarrollo de los temas propuestos. El mismo quiso significar sus intenciones sin ambages, cuando las llamó «Cuentos grotescos». Garmendia en cambio, siempre da la impresión de sencillez, de diafanidad, en sus cuentos sin estridencias, rezumantes de una fina malicia.

Bien observó entre los primeros el eminente crítico Jesús Semprum, cuando anotó: «En estas narraciones la ironía asume a veces cierto sabor de sátira. Es natural. Probablemente las letras venezolanas pasarán del tono sentimental y élego de hoy a la serenidad de la salud por un puente de sarcasmos. Los sarcasmos destruirán los embustes y sofismas de muchos años y permitirán reanudar el hilo de la tradición, continuar la obra de los antepasados».

Es indudable que la obra de Garmendia no ha tenido en Venezuela el reconocimiento adecuado a su trascendencia. Es posible que al aparecer en una época en que deslumbraba más el continente poético del cuento, que la fortaleza de los personajes y el mensaje de las ideas, se relegara por excepcional obra de tal naturaleza.

No obstante al superarse condiciones transitorias en nuestro proceso literario, aparece con luz propia, sin pedir prestadas muletas generacionales, la obra cuentística de Julio Garmendia.

En nuestros días el gran escritor argentino Jorge Luis Borges ha alcanzado renombre universal con su narrativa fantástica. Los procedimientos de Borges, en los que la ficción es punto de partida para las más increíbles transformaciones en el cuento, como por ejemplo en «El inmortal», tienen puntos de contactos con los que Julio Garmendia empezó a utilizar desde la concepción de «La tienda de muñecos».

Cuentos como «El alma» y «Narración de las nubes» salvando diferencias de estilo, tienen indudablemente ciertas afinidades en la técnica y en su proyección filosófica, con algunos de los cuentos de Borges.

Con ese sabor antiguo y universal de las narraciones de Garmendia, el cuento venezolano sin intuirlo cobraba desde entonces una categoría qne sobrepasaba los límites de lo nacional. Por medio de una imaginación rica y disciplinada, atenta a una realidad subterránea en la naturaleza humana, Garmendia ha logrado condición de adelantado, que es preciso reconocer en nuestra moderna literatura.

Hoy cuando el cuento no es acción pura y simple de personajes inacabados, cuando no es remedo de la novela propiamente dicha, sino creación por obra y gracia de la palabra, es necesario proclamar la vigencia de los cuentos de Julio Garmendia, en los que se nos transparenta una subrealidad de vida permanente en la más legítima naturaleza de la ficción.

«La tienda de muñecos» es un libro capital en nuestra literatura narrativa menor. En él se descubre la presencia de un extraordinario escritor, de un delicado artista, de un hombre que sonriente nos da la versión del drama de todos los hombres del mundo.

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