Intervalo ensombrecido, de Julián Márquez

19/ 03/ 2013 | Categorías: Cuentos

Mientras la ventana permanecía entreabierta, desde la calle únicamente podía percibirse una confusa agitación en la parte alta de la casa. Y era desde allí de donde procedía el triplicado visaje que se acentuaba durante la noche. En la penumbra estática de la habitación parecían ordenarse las siluetas de la tríada, sumergidas en un perpetuo aquelarre que duraba hasta el amanecer.

Cuando nuevamente la claridad solar reducía las sombras, volvía a establecerse el orden desolado de la casa. A veces, a través de la celosía, la claridad residual de mañana revelaba la fuga de un rostro y el gesto inconcluso de una mano describiendo un adiós hacia adentro.

Algunos instantes, por entre la oblicuidad de la ventana, parecía asomarse la mujer vestida de chiffon. Apenas veíamos un reflejo fragmentario: los ojos quizá, esperanzados en desentrañar algo impreciso cuyo origen no estaba ya dentro de la vieja glorieta, sino en el aire de la calle, amodorrada bajo el sol destellante en los mediodías más cálidos del litoral. Mientras tanto la siguiente aparición, la otra mujer, con los faldellines de gasa, menos fugaz, se encargaba de ambientar la casa con hojas de sándalo cuyo olor penetrante y fuerte envolvía la calle.

Desde abajo, en otros momentos, no se percibía el triple reflejo de las siluetas, sólo podía observarse una sombra nada más, detenida detrás de la ventana o en la celosía del ala izquierda de la glorieta despintada, protegida con alambres de púas que impedían cualquier intento de acceso hacia la torre.

Las figuras de las tres mujeres siempre despertaron sospecha entre quienes teníamos la certeza de que se trataba de una sola mujer. Pero el muchacho, ya viejo, había confesado la existencia de la triada.

La casa había experimentado muchas mudanzas, pero en la memoria colectiva del barrio estaba asentado que detrás de la alta reja y entre la espesa vegetación del jardín, ahora convertido en un bosque de hierba, habían ocurrido cosas extrañas, como el descubrimiento del cadáver del sacerdote cubierto con cal. El hallazgo, aunque en aquel momento había sacudido a la opinión pública, nunca debió aceptarse como algo extraño, considerando que la casa por su extraña arquitectura, medio gótica y bizantina, parecía destinada a otro asunto tenebroso desde que fue ocupada nuevamente.

El último periodista, que recién había venido a recoger datos para un reportaje sobre la casa, se detenía todas las mañanas, libreta en mano, frente al jardín a observar acucioso la ventana desvencijada de la glorieta, a punto de desprenderse de los goznes oxidados. Desde que apareció por el barrio, el periodista se había propuesto realizar una reconstrucción fidedigna de los hechos. Sin embargo, con los datos que había recogido en la primera semana, no podía siquiera levantar un informe medianamente aceptable de los secretos de la construcción, ocultos entre la argamasa de las paredes.

Cuando el periodista se reunía por la noche en el bar de Capullo, a conversar con algunos de los parroquianos más viejos, él, con cierto aire de inocente pedantería, afirmaba que con lo que había recabado podía seguir la secuencia del hilo de los sucesos, a través de ese tiempo indeterminado donde la celosía reflejaba a trasluz a la mujer del vestido de chiffon y a la otra, la que siempre se vestía de amazona y lucía toda la radiante belleza de su rostro bajo el sombrero de copa, enfatizando la hermosura que superaba a la de sus hermanas.

Pero en realidad, el periodista sabía que aún le quedaban muchos cabos por atar. Por eso no ignoraba que el único lugar posible para encontrar toda la verdad se hallaba en el memorial desgastado que poseía el ex—muchacho que acudía al jardín a jugar a escondidas en los días previos al asesinato. La idea del reportaje no era nada nuevo, ya otros periodistas lo habían intentado desde que Arlt apareció fotografiado en la portada de Élite la última semana del mes de marzo de 1956. En el papel glasé aparecía, entre los renglones tipográficos, el rostro circunspecto de un adolescente de doce años, asumiendo el gesto categórico de los genios precoces y envejecidos en la misma infancia a fuerza de proceder como un adulto. Para entonces el muchacho era casi un héroe nacional. Había descubierto el asesinato del sacerdote y eso, para nuestra crónica arrabalera, lo convenía en una especie de Sherlock Holmes prematuro.

Todavía entre la maleza del jardín podían hallarse algunos indicios de la ejecución del religioso, a pesar de que la labor de la policía quiso borrar toda huella del crimen. Por mucho tiempo las razones del hecho se mantuvieron ocultas, y aún se ignora cuál de las mujeres, ya vieja y quizá enloquecida, había divulgado los motivos de la muerte del sacerdote, o si la parte más digna de una crónica amarillista, fue una invención posterior de Arlt, el borracho de la plaza, para contribuir a aumentar el mito tenebroso de la casa, con el propósito deliberado de conseguir a alguien dispuesto a brindarle, sin zaherirlo, un poco de ron por el relato.

Cada vez que se dedicaba a relatar su versión de los hechos, Arlt siempre se regodeaba en la descripción de la amazona. Sus palabras la dibujaban como una criatura preciosa, de blonda cabellera y unos ojos verdes y transparentes, con destellos de aguamarina, llenos, sin embargo, de una profunda tristeza, lo cual hacía presagiar una renuncia temprana a la vida.

Todos los mediodías, menos los del domingo cuando bajaban a la playa, las tres mujeres se reunían en el jardín, cerca de la fuente, donde un fauno verde arrojaba agua por la boca abierta, junto a un músico taciturno que, con una flauta soldada a los labios, dejaba escapar su solemne melodía de piedra. Cuando se ponían a corretear y a dar saltos bajo las sombras de los árboles, ellas asumían las apariencias de unas sílfides danzando sobre las aguas de un lago invisible. A veces aprovechaban las sombras para sentarse a leer, sobre la grama, algún libro de tema licencioso que las hacía reír ruidosamente. Todavía por esa época, la más joven, aún no había dado muestras de desequilibrio. La locura tenaz la atacó años después, cuando comenzó a pasearse desnuda por el jardín y tuvo que recurrir al auxilio de las altas dosis de psicobilicina. Los paseos por el jardín ocurrieron en los días de esplendor, con sus noches de grandes fiestas, con jacarandosos bailes de máscaras, con damas vestidas con costosos miriñaques, mientras los caballeros se exhibían orondos con sus trajes de levitas y aquellos sombreros de copa negros, al estilo de Mandrake el Mago, animados por la música de una orquesta, traída especialmente del Tropicana de La Habana, que estremecía el salón de fiesta con sus ritmos tropicales de tambores y trompetas.

Cuando el muchacho comenzó la invasión del jardín, la casa llevaba bastante tiempo abandonada. La primera incursión la llevó a cabo con otro muchacho que después, acaso intimidado por la atmósfera fantasmal que emanaba del interior de la construcción, no volvió a acercarse.

La casa había ganado mala fama desde que fue ocupada por monsieur Lecocq, su primer propietario, un empresario circense que la mayoría de las veces andaba de gira con su circo por el interior del país. Durante el tiempo que permanecía ausente, la única persona que habitaba la casa era un viejo cetrino y mal encarado que andaba siempre acompañado por cuatro perros de aspecto feroz. Cuando regresaba triunfante de las largas giras, el francés pasaba varios días celebrando con la troupe, en medio de comilonas y libaciones exultantes, circunscritas a los límites de la construcción. Una mañana, días después de uno de aquellos extravagantes festejos, la atmósfera de la calle se puso piche, envuelta en un olor nauseabundo que podía percibirse a varios metros de distancia. Por los zamuros que aparecieron sobre uno de los árboles del jardín, la gente se percató a los tres días que la fetidez provenía de la casa, ahora sumida en un silencio proverbial donde ni siquiera se oían los ladridos de los perros. Esa extraña circunstancia nos puso a todos sobreaviso y, después que se informó a la brigada de homicidios, acudió una comisión policial. Uno de los policías violentó los cerrojos de la puerta principal y en el interior de la casa se encontró con la escena de una muerte colectiva que no perdonó ni a los perros. No había una sola gota de sangre en ningún lugar, los enseres permanecían intactos, pulcramente cuidados, sin signos de violencia. La policía no se tomó la molestia de profundizar mucho en las investigaciones y, de un plumazo, archivó el caso como una muerte ritual, originada por un pacto mortal en honor a la diosa Kali.

Al cabo de un tiempo, la mansión siniestra. como después comenzó la gente a llamarla, pasó a vivir varios períodos de abandono y ocupación, sirviendo algunas veces de refugio de menesterosos y otras veces de guarida de malandros. En las temporadas de abandono, la casa, por las noches, se volvía más lúgubre y espectral. Solamente de día los transeúntes más osados se atrevían a contemplar la decadente arquitectura.

Una desolación supina, de larga data, acogotaba la construcción, cuando una mañana, inesperadamente, apareció una camioneta picó con un ingeniero, un arquitecto y una cuadrilla de obreros. El grupo, sin intercambiar palabras con nadie, traspasó la reja de la entrada y en seguida los dos profesionales desplegaron unos planos en el sitio más despejado del jardín —cerca de la fuente inactiva— y se pusieron a estudiar cada detalle de la fachada, mientras los obreros se encargaban de atacar la maleza con unas filosas guadañas. Se fueron por la tarde y regresaron el día siguiente con una buena cantidad de materiales. Ese mismo día dieron inicio a los trabajos de remodelación y como a los seis meses la casa mostró el nuevo remozamiento que la devolvía a una existencia más digna.

La llegada de los nuevos inquilinos se cumplió en el más absoluto secreto, en plena madrugada y, seguramente, sin el ladrido de los perros porque nos enteramos que la casa estaba nuevamente ocupada cuando una mañana vimos el Pontiac negro estacionado delante del jardín. En ese instante el auto recibía un esmerado tratamiento de limpieza de un hombre, de gorra y librea, que se empeñaba en dejarlo bien bruñido. Después, al concluir con la limpieza, el mismo hombre se acomodó de lo más orondo frente al volante. Hizo sonar el claxon, y no tuvo que repetir el esfuerzo para que las tres hermosas mujeres salieran de la casa, atravesaran el jardín de prisa y ganaran la calle, dejando sorprendidos a todos los transeúntes que circulaban en aquel momento por las aceras. Mientras despertaban el interés de los hombres, se ganaban la envidia de las demás mujeres.

Las tres mujeres armaron un jolgorio mientras abordaban el auto y, desde adentro, comenzaron a lanzar besos volados. Antes que el carro desapareciera, los variados comentarios en tomo a ellas empezaron a circular. Los más favorables, provenientes de los hombres, resaltaban la belleza de las nuevas huéspedes de la casa.

Entre todos los habitantes del barrio, el único que se sintió desfavorecido por la llegada de las mujeres fue Arlt. La ocupación de la casa representaba perder su espacio favorito de juego, y desde el principio empezó a fraguar una estrategia que le permitiera burlar al chofer y a las mujeres para regresar el jardín a los días en que allí reinaba el abandono absoluto, y él podía jugar a sus anchas. Desde la colina cercana que da hacia los arrecifes, el muchacho, escondido detrás de los altos peñascos, comenzó a espiar a los recientes ocupantes de la casa. En una semana sus ojos se fueron acostumbrando a los movimientos que tenían lugar primero en el jardín y luego en el interior, aprovechando mientras las puertas y las ventanas permanecían abiertas.

Cuando las mujeres dieron la primera fiesta, ya Arlt había aprendido a burlar la vigilancia de la casa y aprovechaba las ausencias para tomar el jardín por asalto y ponerse a jugar al detective, hasta que advertía el regreso del auto y escapaba por la falda del arrecife.

La aparición del sacerdote, cuya juventud parecía inadmisible para ser eclesiástico, vino aparejada con la suspensión de las fiestas, que ya no volvieron a repetirse, como si las mujeres se hubieran entregado a un acto de contrición definitivo. La primera vez que Arlt vio a la más joven con el sacerdote en el jardín, se encontraba observando desde los matorrales del arrecife. Las otras dos habían salido a pasear en el auto con el chofer, y el interior de la casa estaba abonado a un silencio expectante que se irradiaba a todo el jardín, a pesar de la presencia de la muchacha y el religioso, que al parecer se decían cosas a los oídos. La muchacha se apartó del sacerdote y corrió de prisa hacia la casa. El eclesiástico la siguió despacio, y al rato al muchacho le pareció verlos besándose, reflejados en el espejo que podía notarse desde su refugio. Arlt aprovechó la soledad del jardín y salió rápido de su escondite, bajando con habilidad por los peñascos, sin mirar hacia el mar cabrilleando azul al fondo.

Una vez en el jardín, Arlt se escurrió sigiloso por entre la arboleda y se trepó en el árbol más próximo a la ventana del mirador. Pero, contrario a su propósito, el árbol resultó un obstáculo que le impedía observar lo que estaba ocurriendo detrás de la ventana. De todos modos decidió permanecer allí un rato más, dispuesto a fisgonear todo el tiempo que fuera posible. Se había concentrado tanto en alcanzar su objetivo, que no advirtió el regreso del auto. Entonces, cuando trató de descender, descubrió al chofer sentado al pie del árbol tomándose un refresco y desplegando un periódico sobre el césped recién recortado. Repentinamente, una rama seca se desprendió del árbol donde el muchacho se encontraba y cayó sobre el periódico. En seguida el chofer dirigió la mirada hacia arriba y descubrió a Arlt entre las ramas. Lo obligó furioso a que descendiera y Arlt respondió a la orden temblando, lleno de miedo. Al terminar de descender, el chofer lo tomó, sin mucha violencia, por una oreja y lo sacó a la calle por el jardín. Después el muchacho le mentó la madre y echó a correr por la calle, antes que el hombre tuviera tiempo de reaccionar.

Varios días, Arlt dejó de acudir al jardín y todo ese tiempo anduvo intranquilo, hasta que una tarde, aprovechando que el chofer se encontraba ausente, volvió a invadir el lugar y, oculto entre los matorrales, estuvo jugando como siempre al detective. Esa tarde el sacerdote apareció a la hora de costumbre y atravesó el jardín de prisa. Luego, a través de la ventana, Arlt lo vio sentado en la sala, conversando nervioso con las mujeres. La más joven, de frente a la ventana, lucía excitada, moviéndose de un lado a otro, mirando alternativamente al religioso y a las otras mujeres, que permanecían de pie. De pronto, la más alta, la misma que a veces se exhibía con el sombrero de copa, tomó al sacerdote por la sotana y le soltó una sólida bofetada que lo estremeció de arriba a abajo. Luego la otra, la de los vestidos de chiffon, le escupió rabiosa la cara, mientras el hombre permanecía sobrecogido, incapaz de replicar.

Entonces Arlt quiso ver más de cerca y, moviéndose entre los árboles, se aproximó a la casa por primera vez en mucho tiempo y se puso debajo del alféizar de la ventana. Desde allí no podía oír casi nada, pero la perspectiva le permitía notar el ensanchamiento de las caderas y los senos turgentes de la más joven que se había apartado a llorar cerca de la ventana. Él se fijó que sobre el vestido su vientre había adquirido una delicada redondez, y pensó que dentro de la muchacha germinaba una pequeña criatura que comenzaba a mostrar un rápido crecimiento.

Cuando la adicta a la tela de chiffon abrió la gaveta de la cómoda, situada debajo de un poster de Joan Crawford, y sacó la pistola y apuntó de inmediato al religioso, que continuaba impávido, temblando imperceptiblemente, el asombro de Arlt fue mayúsculo. Intentó seguir observando, dispuesto a conocer el final de la trama, pero sintió de pronto una seca crepitación de hojas al comienzo del jardín y se percató de que ya el chofer estaba de regreso. Antes que el hombre pudiera sorprenderlo, huyó hacia los peñascos del arrecife, lleno de frustración. Oculto entre los matorrales escuchó los disparos y vio al chofer cruzar de prisa el jardín y correr hacia la casa. Sin embargo el muchacho —como todos nosotros— ignoró por mucho tiempo qué había ocurrido, hasta que él mismo hizo el hallazgo del cadáver. A los pocos meses, desde que se dejó de ver al sacerdote, la más joven comenzó a pasearse desnuda todas las noches por el jardín. De lejos, sólo podía percibirse su silueta bajo la luna, sentada a la orilla de la fuente. Fue por el enfermero, que a veces acudía al bar a beberse una cerveza, que se supo lo de la dosis de psicobilicina que él mismo le inyectaba a la muchacha con la ayuda del chofer.

Al día siguiente de uno de los aguaceros más inclementes que ha vivido el barrio, Arlt, temprano en la mañana, efectuó el macabro descubrimiento. Todavía con el susto en el cuerpo, puso a todos sobreaviso y acudimos en cambote a denunciar el caso en la policía. La gente de la División de Homicidios se presentó por la tarde y practicó la detención del chofer. El pobre hombre llevaba tiempo solo en la casa, desde que las mujeres salieron de viaje: dos como acompañantes y la otra destinada a ocupar un claustro de monjas en Montpellier, según se supo más tarde. Al final de la semana de la detención del chofer, lo vimos pasar dentro de una patrulla, al lado de dos policías, acurrucado en la parte de atrás, ocultando el rostro entre las manos. Más nunca se volvió a saber de él, aunque años más tarde, cuando Arlt comenzó a contar la historia, a cambio de un poco de licor, aseguró haberlo visto algunas noches merodeando por el jardín. A pesar del abandono que posteriormente se apoderó de la casa, por los resplandores que todas las noches provenían del interior, comenzamos a sospechar que las mujeres, o sus fantasmas, la habitaban de nuevo. Con un acuerdo tácito, todos los residentes del barrio, especialmente los más viejos, optamos por la complicidad y el silencio, haciendo que las tres mujeres, de alguna manera, siguieran ocupando la casa.

Con la aparición del último periodista, ya sumaban seis de ellos los interesados en la historia de la casa. Pero éste, a diferencia de los otros, desde el principio mostró mayor sagacidad y disposición. Además resultó ser más amable y menos tacaño que los anteriores, y cuando supo quién era Arlt lo trató con benevolencia, y en vez de complacerlo con tragos, le ofreció una buena cantidad de dinero por el relato que contenía el memorial que el borracho había escrito en la adolescencia, influenciado por las lecturas de Claude Morand. Cuando el bisoño periodista se apareció por el barrio, manejando un Mercedes del 51, todavía bien conservado, y nos puso al tanto de sus buenas intenciones, todos decidimos prestarle la mejor colaboración e incluso Arlt dejó la bebida por algunos días y se prestó a acompañarlo a recorrer el jardín y mostrarle el sitio exacto donde había localizado el cadáver.

El periodista se esfumó algunos días. Después, inesperadamente, apareció una tarde por el bar, sonriendo y henchido de gozo. Mientras se acodaba en la barra del bar de Capullo y pedía una cerveza, mostró un mazo de llaves, cuya utilidad se manifestó el día siguiente, cuando muy temprano él se dirigió a la casa, prescindiendo esta vez de Arlt que había vuelto a entregarse a la bebida.

Animadamente atravesó el jardín y se detuvo delante de la puerta clausurada por tres candados sólidos. Metió una de las llaves en la cerradura superior pero el mecanismo no cedió fácil en su herrumbre. Luego, aplicando más fuerza con las manos, venció la resistencia de las armellas. En seguida hizo lo mismo con los otros candados que ofrecieron menos oposición. Empujó la puerta y, seguro de sí mismo, penetró en el interior de la casa. Permaneció adentro varias horas, con la puerta cerrada, impidiendo cualquier intromisión foránea.

La noche de ese mismo día lo vimos llegar al bar, con aire de triunfo, dándose tiempo en la puerta para sacar una caja de Chesterfield, morder un cigarrillo y encenderlo despacio con un yesquero cuya llama le iluminó el rostro momentáneamente. Terminó de entrar, sin abandonar el aire triunfador, dejando escapar la primera bocanada de humo, deleitándose a gusto con el pitillo. Eligió el mismo lugar de siempre, cerca del cartel de Cerveza Caracas, dispuesto de antemano a no revelar nada de lo que había descubierto en el interior de la casa. Su única generosidad fue compartir, hasta la medianoche, cuatro botellas de brandy, con quienes, sin ambages, habíamos colaborado con él, lo que de alguna manera era un honor para nosotros, siempre acostumbrados a beber cerveza o ron en alguna mesa o en la barra del bar de Capullo.

Mientras consumíamos la última botella de brandy, el periodista pautó la partida para la tarde siguiente. Sin embargo, cuando al otro día fuimos a buscarlo, a las dos y media, al hotel donde estaba alojado, nos encontramos con que, a pesar de los estragos del ratón, se había marchado al amanecer.

Todos parecíamos desconsolados por su partida subrepticia, pero el más afectado fue Arlt. Tenía los ojos bañados de lágrimas y en los labios un temblor intermitente que le impedía armar las palabras. Por fin pudo balbucir algunas frases, y, mientras atravesábamos la plaza de las palomas, cerca del malecón, lo oímos, sin sorpresa, referirse al parecido físico que había entre el periodista y la más joven de las mujeres de la tríada. Sin embargo, en ese momento eso tenía menos importancia que los datos que había recabado. Aunque el periodista publicara un excelente libro, o un buen reportaje, dignos del Premio Pulitzer, revelando los secretos absolutos de la casa, algunos de nosotros, quizá los más adictos a la estupidez humana, seguiríamos eternamente aferrados a la idea de ver, cada vez que quisiéramos, el visaje de las hermosas mujeres detrás de la ventana en la parte alta de aquella casa derruida.

 

 Del libro: Simulacro de Helena (Fondo Editorial Ambrosia,2000)

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Un Comentario a “Intervalo ensombrecido, de Julián Márquez”

  1. Olide Márquez de Laya says:

    Interesante trama de Intervalo Ensombrecido. Julián Márquez, un gran escritor y trasmisor de conocimientos. Su novela Rotación del Zodíaco, me fascinó el manejo de los personajes, el tiempo, la historia del Venerable ¡Magnífica! ¡Que talento! Espero poder leer muy pronto su próxima novela: EL ASILO DE DIOS

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