La diosa es un pretexto, de Jorge Gustavo Portella

14/ 03/ 2013 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

Mientras las niñas juegan y corren por la casa, él decide mirar y aprenderse las piernas y el pecho sudoroso de Ángela. Como otras veces, deciden jugar al escondite: él hace trampa y ve hacia dónde se dirige Ángela, la busca rápido en el closet —siempre el mismo closet— y sin encender luces introduce su mano por entre la ropa colgada, ella espera nerviosísima de pie, tras el algodón y la lana de las chaquetas largas, espera y siente —como otras veces— la mano subiendo por el muslo, delicadamente, y la estúpida vocecita repitiendo “¿Quién será?”, continuamente. La mano —insidiosa como una serpiente— se demora en los débiles bellos del muslo, se extiende sobre ellos, los recorre, los dobla, parece arrepentirse y soltarla. “Sal”, dice y ella no responde, no sale. Lograda la aprobación, la mano vuelve más directa y sube desde la rodilla a los muslos, sube y voltea y sujeta la nalga con aprehensión, luego acaricia el borde de la ropa interior; ella como de costumbre la mueve un poco, la levanta y el roza esa oscura línea entre ambos músculos, esa zona donde las mujeres parecen no ser de hueso, él introduce sus dedos y roza la raja sin hacer daño suavemente, se deleita con sentir la piel temblorosa y erizada, como la piel del tambor, vibrando. Luego la mano se aleja y vuelve húmeda con algo más pegajoso que la saliva, vuelve. Apenas roza el muslo y deja algo de humedad, busca la delicada fruta en su entrepierna: la roza, la moja con ese líquido espeso, la roza por fuera, como siempre. Pero hoy será distinto, hoy la mano parece más enérgica, parece que alguien le hubiera enseñado métodos distintos; y la mano hoy guarda tres dedos y de pronto sin conmiseración introduce los dos restantes, ella vibra, tiembla, se desespera, ella casi llora de no saber, ¿que hacen esos dedos allí?, ¿por qué se introducen con esa blanda, equivoca ferocidad, continuamente?

El cuerpo de una mujer es algo inesperado, reacciona según su propio parecer y esta vez acepta la intromisión: abre los muslos de una manera que le daría vergüenza verse, abre las piernas y permanece incómoda, permeable; y los dedos más agresivos entran con insidia. Es algo forzado, como una herida repetida, algo pareciera a punto de romperse, algo de ardor y disfrute. No puede sino sentir un cosquilleo que acompañado al temblor y el ardor son de un disfrute inusitado. Las piernas se abren más y la mano parece algo equivoca, el cuerpo que la dirige parece temblar todo, como si algo tan fuerte como lo que ella siente le sucediera, la fuerza del cuerpo es mayor que sí mismo. La mano se detiene un momento y es Ángela la que decide, sin voluntad, moverse y ayudar a aquella mano olvidada por su cuerpo, ella decide moverse y forzar que continúe aquella intromisión. Segundos después, la mano sale más húmeda para volver completamente llena de aquel líquido tibio y pegajoso: delicioso dentro de la piel en carne viva de su entrepierna. La mano se mueve con violencia unos momentos, tan breves que podría contarlos, si pudiera, treinta, cuarenta veces, no más, hasta aburrirse. Una mano que la deja ansiosa abierta, roja, ardiendo. Una mano que sin más se aleja. Y el hermano de Flor, Hernán que grita ya a lo lejos que no iba a seguir jugando.

La diosa es un pretexto (Ediciones Alfadil, 2005)

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Un Comentario a “La diosa es un pretexto, de Jorge Gustavo Portella”

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