María Celina, el humo y las espinas, por Roberto Echeto

02/ 01/ 2013 | Categorías: Sobre libros
Para algunos, la palabra “maleza” sugiere la visión de una selva tupida y repleta de bóvedas hechas de copas entrecruzadas de árboles y de arbustos que se enredan entre sí, cubriendo la tierra y a todo bicho que se atreva a cruzar sus umbrales. Para otros (con una imaginación menos calenturienta) “maleza” remite a esas plantas que crecen raquíticas, pero persistentes, en las ranuras que se abren entre las piedras de un camino; matas que nadie riega, que nadie admira, que no son alimento para ninguna criatura, pero que están y estarán ahí, abriéndose paso en el mundo de los vivos, a pesar de las adversidades y de la infinita displicencia que las rodea. “Maleza” es también el zarzal que crece entre las ruinas, el matorral que nadie quiere, la mala hierba que acaba con la soñada belleza de la primavera.

Todas esas imágenes definen muy bien al espíritu que flota en todos los relatos de este nuevo libro de María Celina Núñez. De ahí que semejante título sea el pórtico de un volumen signado por la precisión, por el rigor, por la coherencia y por un sentido del equilibrio que no puede ser tildado sino de artístico.

Tómese un elemento que comparten los escritos en cuestión, digamos la brevedad, y nótese que podemos hacer un ejercicio en el que sobresalen de inmediato las ideas que su título inspira, por ejemplo: “maleza, espesura que sobra”. En un primer momento podemos creer que sus cuentos son breves porque en ellos no hay espacio para remanente alguno, porque ellos en sí son una superficie a la que se le ha podado todo ornamento y toda tiña, pero también somos libres de concebir su brevedad como el resultado de que ellos representan la maleza que le sale a la vida humana, corroyéndola como si se tratara de un parásito imperfecto que mata a su víctima de a poco. Así como es pequeña la terca hierba que crece sin que nadie la haya plantado entre las piedras de una pared, así son los cuentos de este volumen: exiguos, intensos, incómodos y tan profundos que concentran toda una historia de la decadencia individual en sus pocas líneas.

“Maleza” también significa materia descompuesta, pus. De ahí que estos relatos puedan verse como un trabajo sobre aquellos excedentes de nuestra cultura contemporánea cuyo tratamiento se deja en manos de taimados que se hacen pasar por especialistas del espíritu. Para muestra está “París”, un relato donde un personaje le hace creer a sus allegados que se va de viaje, cuando en verdad se larga a un sitio miserable donde pide que le permitan dormir en un catre añejo a cambio de que asuma la tarea de alimentar a los cerdos; o ese otro cuento ¾”Desacato”¾ en el que una mujer pide una limonada en un bar cualquiera, un indigente se le acerca, toma el vaso, bebe un trago y se lo escupe, bañándola de pies a cabeza.

El hilo que une estas historias no sólo es el mood que se esconde detrás de la palabra que le da título al libro; es la utilización recurrente de la primera persona, es el carácter fragmentario de unos textos que conciben la vida como una agonía. En ese particular, Maleza se nos presenta como un dignísimo eco en clave femenina de la obra de José Antonio Ramos Sucre. Al clásico “Yo adolezco de una degeneración ilustre; amo el dolor, la belleza y la crueldad…”, la voz de Maleza responde: “Sólo tengo estos dedos manchados de nicotina para acariciarte y esta boca, cuyo olor desprecias, para hablarte de mi amor…”.

Los cuentos de María Celina son tan rudos como las espinas de los zarzales y tan breves como los cigarrillos que ella misma y sus personajes fuman no sólo en este libro, sino en el anterior, titulado La fumatrice… Y hablando de tabaco, al lector se le antoja que estos relatos fueron escritos en una caligrafía de humo de la que sólo quedaron unos extractos en los que se lee la historia de la mujer repulsiva que se esconde dentro de un escaparate para poder fumar en paz sin que nadie la vea ni la moleste, o el de la mujer sin nombre que medita en los cafetines sobre una boca de la que sale humo sin necesidad de lumbre.

El imaginario de María Celina Núñez está plagado de personajes solitarios que cavilan en sitios ordenados, desiertos y de enfermiza pulcritud, como los que muestran las películas de Michelangelo Antonioni y los cuadros de Edward Hopper. Los lectores nunca conocemos las razones que mueven a estos personajes adoloridos y estigmatizados por el fracaso. Tampoco sabemos de sus meditaciones ni del curso que sigue su mundo interior. Lo único que vemos son las explosiones, las lágrimas, las consecuencias, el desastre, el desánimo, el silencio, la pared que separa a una persona de otra hasta que llegue un rayo de luz dorada y se produzca el milagro de la resurrección.

A pesar del dolor que ellas destilan, en más de una página de Maleza se nota un sentido del humor tan afilado que se confunde con las púas más hirientes de la mala hierba, y tan exquisito que casi pasa desapercibido como ciertas fragancias que flotan sin delatar de dónde vienen. También hay algo que contrasta con el tono apocalíptico del libro. Se trata de cierta amabilidad en las descripciones de los objetos, sobre todo de cuadernos, plumas, tinteros, trenes, barcos, flores, muebles, que muestran con su delicadeza una suerte de felicidad congelada de la que nos asimos con todas nuestras fuerzas los lectores a la par que los personajes de cada cuento.

Maleza de María Celina Núñez es un libro atormentado que nos acerca a esa belleza que nace después de los naufragios que todos, de alguna manera, hemos tenido y tendremos a lo largo de nuestras vidas. Por eso, para recordar que siempre llevamos con nosotros las semillas de una mala hierba, hay que leerlo.

Sobre el libro: Maleza, de María Celina Nuñez (Memorias de Altagracia)

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