Poesía y suicidio en Venezuela. El caso de Martha Kornblith (fragmento), de Miguel Marcotrigiano

31/ 03/ 2013 | Categorías: Destacado, No ficción

poesia y suicidio en VenezuelaDemos un vistazo a los siguientes casos y a las frases o versos que podrían, perfectamente, servir de ejemplo a lo que hemos estado tratando de explicar en este último apartado[1]:

Tras vivir meses de miseria absoluta, Thomas Chatterton ingiere arsénico (algunas versiones hablan de una sobredosis de opio) en su buhardilla de Londres, el 25 de agosto de 1770. “Alma de amada María, / toma la mía que a ti vuela, / libre ya de ésta su prisión, / al consumirse mi energía. / Doblemente armó la muerte su dardo / y atravesando el tuyo mi corazón perfora.”

El siglo XIX, con la impronta del romanticismo, fue prolífico en poetas suicidas. En 1855, al despuntar el día 26 de enero, un borracho se tropieza con el cadáver colgante de Gérard de Nerval. En su bolsillo, las últimas páginas de Aurelia. Su soneto Epitafio culmina con el siguiente terceto: “Y harto de esta vida, cuando llegó la hora, / una noche de invierno fue raptada su alma, / al fin partió diciendo: ¿Para qué he venido?” Dolores Veintimilla de Galindo, se quita la vida a los 28 años de edad, en la ciudad que la vio nacer, Quito. Era el día 15 de mayo de 1857. Al parecer las múltiples infidelidades a la que la expuso su esposo la sumieron en una tremenda depresión. Por lo menos para algo le había servido el marido, pues roba el cianuro del maletín de éste, quien ejercía la profesión de médico. Autora de textos en prosa y en verso, se conocen algunos poemas de gran musicalidad y áridos de tropos y metáforas. Ella escribiría su dolor: “Hoy de mí misma nada me ha quedado, / pasaron ya mis horas de ventura, / y sólo tengo un corazón llagado / y un alma ahogada en llanto y amargura”. (Marcotrigiano, 2007) El poeta portugués Antero de Quental, el 11 de septiembre de 1891, se dispara dos veces frente a un letrero que reza: “Esperanza”. Su poema “Anima mea” describe un breve cruce de palabras con la Muerte, en donde el hablante sale ¿airoso? de la pequeña lid: Dice la Muerte “´No he venido a buscar tu cuerpo, no, / pese a ser buen botín. Busco tu alma.´ / Yo respondí: ´Mi alma ya murió!´” Por disparo, también fallece el colombiano José Asunción Silva. Se había hecho dibujar con yodo por su médico el lugar exacto del corazón. La noche del 24 de mayo de 1896, luego de una velada y tertulia literaria, coloca una esponja entre la camisa y el frac, cuidando que la sangre no manchase la pechera, y se dispara. Como digno representante del Romanticismo más mórbido, describe en un poema una conversación nocturna: “¡Estrellas, luces pensativas! / ¡Estrellas, pupilas inciertas! / ¿Por qué os calláis si estáis vivas? / y por qué alumbráis si estáis muertas?”

El siglo XX, extensión romántica del anterior, presenta también su nómina. Una sobredosis de cocaína fue la segunda forma de muerte, la definitiva, que escogiera el austríaco Georg Trakl, el 3 de noviembre de 1914, luego de un intento fallido de suicidio con su propio revólver, siendo testigo de la batalla de Grodek. Una última carta dirigida a su amigo Ficker, donde anunciaba la “imperfecta expiación” que constituía su poesía, precisamente incluía sus dos últimos poemas, intitulados “Lamento” y “Grodek”. El primero de ellos reza en su inicio lo siguiente: “Sueño y muerte, las águilas sombrías / rotan toda la noche en torno a esta cabeza”… En la primavera de Moscú, la mañana del 14 de abril de 1930, a los 37 años, Vladimir Maiakovski descerraja un disparo contra sí mismo. Una doble decepción había estrechado demasiado el cerco: su amada Verónica, la actriz de quien se había prendido, rehúsa reunirse con él; y la mediocridad que envolvía a la Revolución a raíz de la muerte de Lenin, constituyeron dos fuertes desilusiones que no supo (o no quiso) superar. En su conocido poema “A Sergei Esenin”, escribe sus lapidarios versos: “En esta vida / morir no es difícil. / Mucho más difícil / es hacer la vida.” Por otra parte, el norteamericano Hart Crane, valiéndose de una beca Guggenheim parte hacia México en una doble aventura: contradice su declarada homosexualidad y comparte vida con la ex mujer del también poeta Malcolm Cowley, y realiza, quizás sin presentirlo, su último viaje. En la travesía de vuelta se arroja desde la cubierta del buque Orizaba al profundo Atlántico. Transcurría el 27 de abril de 1932 y contaba con 32 años. Su poema más famoso, “El Puente”, dicta: “Insomne como el río que pasa debajo de ti, / tú que abovedas el mar, hierba que sueña en las praderas, / ven a nosotros, los humildes, baja / y con tu curvatura ofrece un mito a Dios.” También en los estados Unidos de América, el 29 de enero de 1933, la poeta norteamericana Sara Teasdale ingiere una sobredosis de barbitúricos, tras haber dado forma última a sus poemas del libro Strange Victory. Al parecer, huía del destino. Un acceso de neumonía con síntomas de parálisis le recordaron la tragedia de un hermano suyo quien estuvo postrado a una silla de ruedas durante veinte años a consecuencia de un ataque de invalidez. Su poema “Un día de marzo” concluía “Sólo tú me conociste, diles que me alegro / de todas las horas, desde la primera / y que he dejado de temer, como temía, / el último reencuentro con la tierra.”

Cruzando el océano, llegamos hasta René Crevel, poeta francés nacido y muerto en París, que fue testigo del suicidio de su padre, quien se ahorcara en 1914. Confiesa el poeta que este acontecimiento habría hecho más por su formación (o deformación) que cualquier amor u odio. Sumido en largas estancias en los sanatorios, debido a una tuberculosis progresiva, será una espita de gas en su departamento la que pondrá fin a su vida, el día 18 de junio de 1935, a los 34 años de edad. Entre sus poemas, encontramos estos dos largos versos: “Tienes el remordimiento de haber matado a tu padre sin haber conseguido siquiera cien años de recuerdos. / Siempre las neurastenias como flores de miga de pan.” Por otra parte, un día decembrino, un hombre camina hacia las vías del ferrocarril. Perseguía un destino que no había alcanzado años antes, cuando lo encontraron tendido sobre los rieles, esperando el paso del tren. Éste nunca llegó, pues se había detenido a poca distancia porque había arrollado a otra persona: “Alguien murió por mí”, dijo Attila József, el poeta rumano que alcanzaría su fin del modo planeado el 3 de diciembre de 1937. Puede ser casualidad la mención, pero en su poema “Noche de invierno” había escrito: “En el techo de los vagones / corre la luz como una rata pequeña, / la luz de la noche de invierno.”

El atardecer de un viernes comienza el fin de semana y también el fin de los días del argentino Leopoldo Lugones. Era el 18 de febrero de 1938 y tenía 73 años. Ingiere, pues, su cicuta y deja una nota en donde exigía que se le sepultara directamente en la tierra, sin ataúd y ningún signo que lo recuerde. Tampoco deseaba que se diera su nombre a ningún sitio público. Nada de esto se cumplió. “El día es largo y triste. Uno comprende / que la muerte es así…, que así es la vida.”, escribirá en su poema “Olas grises”. También en Argentina, y al igual que ocurrió con Crane, las aguas del Atlántico mordieron las carnes de la poetisa Alfonsina Storni. Esta vez el 25 de octubre de 1938, cuando la poetisa se interna en las aguas del mar, paso a paso. Los médicos le habían descubierto un tumor cancerígeno y quiso ella misma tomar la decisión de la finitud de su vida. Arrancaba, así, ese privilegio a la divinidad o al destino. Su poema “Voy a dormir”, enviado desde su hospedaje en Mar del Plata, se ha llegado a considerar su nota suicida. En él leemos: “Dientes de flores, cofia de rocío, / manos de hierba, tú, nodriza fina, / tenme prestas las sábanas terrosas / y el edredón de musgos encardados. / Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.” Su texto “Yo en el fondo del mar” parece, junto a otros, predecir su fin entre las algas.

La poesía de Antonia Pozzi no fue conocida durante la vida de esta autora. Dolencias estomacales la obligaron a someterse a una operación que la sumieron en depresiones y estados alucinatorios (o visionarios, prefieren decir algunos). Una sobredosis de fármacos, en el interior de su estudio de Milán, puso fin a sus dolores, el 3 de diciembre de 1938, cuando contaba apenas 26 años de edad. Su poema “Grito” es más que elocuente: “existir sin ayer / existir sin mañana / y cegarse en la nada / -socorro- / por la miseria / que no tiene fin.” Dos años después, en la aldea de Elábuga, poco antes de cumplir los 42 años, el 31 de agosto de 1941, Marina Tsvetaieva pone fin a una vida de pesares, mediante el ahorcamiento. Ha perdido a su familia en campos de concentración y en pelotones de fusilamiento, pese a sus ruegos ante la Rusia Revolucionaria. Escribirá: …“un día de un seco verano / en el lindero de un campo / la muerte, con mano distraída / me cortará la cabeza.”

Uno de los casos más conocidos de suicidio de poetas lo marcan los dieciséis envases de somníferos que vacía Cesare Pavese en su cuarto de hotel, en Torino, el 27 de agosto de 1950. El 18 de agosto previo, había anotado una entrada en su diario: “Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”. Tenía 42 años y el hotel Roma, al lado de la estación, lo esperaba para una noche inacabable. Corren por ahí anécdotas que tienen que ver con un desencuentro amoroso. Lo que sí es cierto, es que los ojos a los que se enfrentó esa noche no eran los de la dama esperada: “La muerte tiene una mirada para todos. / Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. / Será como dejar un vicio, / como ver surgir del espejo / un rostro muerto, / como escuchar unos labios cerrados. / Bajaremos mudos por el torbellino.”

Otro caso emblemático es el de Sylvia Plath. El 11 de febrero de 1963, en Londres, constituyó todo un rito: luego de levantarse esa mañana, preparó el desayuno a los niños, se encerró en la cocina y abrió la llave del gas, no sin antes tomar la previsión de colocar toallas en los resquicios de la puerta, para que el aire letal no alcanzara a los críos. La encontraron con la cabeza metida dentro del horno. Tenía 30 años y una vida terrible al lado de su esposo, el también poeta Ted Hughes. El último poema que escribió es una despedida irrevocable. En él leemos: “La mujer alcanza la perfección. / Su cuerpo muerto porta la sonrisa del deber cumplido. / (…) / Sus pies desnudos parecen estar diciendo: / Hemos llegado hasta aquí, es el fin.”

En el argot policial se da el nombre de “saltador” a los que se arrojan a las aguas o al vacío. A los 49 años de edad, el poeta rumano Paul Celan se arroja a las aguas del Sena. Acababa de escribir su libro Luz a la fuerza y lo había enviado al filósofo alemán Hans-Georg Gadamer, quien de inmediato toma un tren a París para interpelarlo: “¿Por qué has escrito esto?”. Veinticuatro horas después el poeta ponía fin a su vida. Era el 30 de abril de 1970. Angustiado por la asfixia que le imponía escribir en el idioma de los asesinos de su familia, vivió una vida de huidas y persecuciones. “Lo que ahora se hunde y se alza, / rige para lo enterrado en lo más hondo: / ciego como la mirada, la que cambiamos, / le besa el tiempo en la boca”. Una poesía difícil, impenetrable debido a los signos y el silencio, trataría de hallar la forma perfecta para el grito constante que la definió. Otro saltador es el poeta John Berryman, quien el 7 de enero de 1972 se arrojaría desde un puente a las aguas del Misissippi, a los 57 años. Su padre también fue suicida. Sus poemas están llenos de referencias a su tragedia: “Me asusta ser un solitario. Nunca veo a mi hijo, / es tan fácil no ver a nadie, / encrestada la mar afuera / ahora van a algún sitio pero yo no voy. / Tengo un poco de veneno, tengo un arma pequeña, / me asusta ser un solitario”.

En España tenemos, entre otros, el caso de Gabriel Ferrater, quien había fijado una fecha límite a su transcurrir: 50 años. El 27 de abril de 1972, en San Cugat, apenas unas semanas antes de su quincuagésimo aniversario, ingiere barbitúricos y se ata una bolsa de plástico alrededor de su cabeza. Algo había hecho click en su vida y se había metido en su escritura: “Alguna cosa ha entrado / en un poema que sé / que he de escribir, y no / sé cuándo, cómo o qué / querrá decir”…En Argentina, también por sobredosis de medicamentos con propiedades hipnóticas y sedantes, pone fin a sus días la poeta Alejandra Pizarnik. El 25 de septiembre de 1972, a la edad de 33 años. La intensidad de vida interior la aleja definitivamente de la cotidianidad externa de los otros: “Sé gritar hasta el alba / cuando la muerte se posa desnuda / en mi sombra. / (…) // Yo oculto clavos / para escarnecer a mis sueños enfermos. // Afuera hay sol. / Yo me visto de cenizas.”

El 17 de octubre de 1973, fallece Ingeborg Bachmann, transcurridos tres días desde que se incendiara su habitación en el hospital. Hay quien dice que no murió víctima de las quemaduras, sino por causa de su adicción a ciertos medicamentos. Lo cierto es que es casi una verdad admitida que fue ella misma quien prendió fuego a su cama. Escribe esta poeta austríaca: “La muerte, a la que le he contado / tiene la amargura de treinta / píldoras, mide una / caída por la ventana, y / le digo, al estar sola / con ella”…

Compañero de promoción poética de Ferrater, el también catalán (pero que escribe toda su obra en castellano) Alfonso Costafreda, acude a los somníferos para poner fin a una vida marcada por el insomnio y el desconocimiento de su obra poética en su país. El amanecer del 4 de abril de 1974, su cuerpo es hallado sin vida en el pasillo de su casa por su segunda esposa, Julia Wright, en Ginebra. Esa misma mañana, Carlos Barral recibía en su escritorio las pruebas del último libro del poeta: Suicidios y otras muertes. En él, el poema intitulado “El libro” dice: …”el ave enloquecida / volando, revolando sobre el mar / sin poder o sin saber posarse, / giraba en el vacío, / volaba dentro de sí misma / ¿Son vida las palabras o van contra la vida?” El mismo año, pero el 4 de octubre, apenas a un mes de cumplir los 46 años, Anne Sexton se encierra en el garaje de su casa, enciende el motor de su automóvil y se provoca la muerte por inhalación de los gases que desprende el mismo. Amiga de Sylvia Plath, al igual que ésta recibirá el prestigioso Premio Pulitzer y, aun pese a los reconocimientos, opta por hacerse a un lado del camino. En su poema “Deseando morir”, de El libro de la locura (1972) leemos lo siguiente: …”los suicidas poseen un lenguaje especial. / Al igual que los carpinteros quieren saber qué herramientas. / Nunca se preguntan por qué construir.”

El crítico, traductor y poeta Héctor Murena, el 5 de mayo de 1975, se “aprovisiona” de cajas de vino, se encierra en el baño de su departamento, y allí es hallado sin vida. Esto ha tejido la tesis del suicidio, que su hijo Sebastián ha negado. Lo cierto es que el misterio abona el terreno para los rumores y estos, la mayoría de las veces, resultan más atractivos que la realidad. Innegable es, no cabe duda, la actitud suicida del poeta con su último gesto. Dirá en uno de sus poemas: …”siempre es / el de nuestra existencia / el cráneo / que sostenemos / entre las manos.” Dos años después, el 11 de enero de 1977, de regreso de un viaje a París, el poeta español Justo Alejo se arroja hacia el mediodía desde el cuarto piso del Ministerio del Aire, donde laboraba. Hacía menos de un mes que había cumplido los 42 años. Los versos que siguen a continuación, dan cuenta de una pasmosa premonición: “Sólo oímos su sombra y / sin embargo ese viento también nos reconcilia / Nos quita contundencia peso y sueño // Pues quedamos más puros tras sus pasos ágiles // Y es viento / sólo / viento”.

Un accidente doméstico fue la forma que disfrazó la decisión de poner fin a su vida el joven poeta Félix Francisco Casanova. Transcurría un día de enero de 1976 y mientras se bañaba, el gas también permeaba su cuerpo. Tenía tan sólo 19 años y la crítica lo había bautizado como el Rimbaud español. En un poema suyo podemos leer: “Quiero arrollarte, enrollarte y arrullarte, / montaña de aguardiente / y tarde rojiza. / Eres un buen momento para morirme.” (Marcotrigiano, 2010) Por arrollamiento, esta vez sí, ocurre la muerte voluntaria del poeta Pedro Casariego, nacido en Madrid en 1955. Se atraviesa en el paso de un tren, el 8 de enero de 1993. Una obra lírica que no sobrepasa los ocho títulos, da cuenta del devenir de este aedo por los caminos de la palabra y el suicidio: “En cierto sentido todas las vidas son una misma cosa, / ya que cada vida es una cuerda. / Pero unas cuerdas sirven para saltar a la comba / y otras para ahorcarse con ellas.” También de España es el caso de José Agustín Goytisolo. Finaliza sus días de vida, una tarde de primavera de 1999, cuando contaba el poeta 71 años. Era el 19 de abril y hacía poquísimos días había “celebrado” su cumpleaños (el día 13). Se desplomó desde la ventana de su departamento al, supuestamente, intentar reparar una cortina. Corre fuerte la versión del suicidio encubierto, para que la familia pudiera cobrar el seguro. La duda siempre quedará. Sus versos, no obstante, mantienen su elocuencia: “¡Oh, prensa maldita del Hades que / pegaste lo fatal en las paredes del cielo! / Déjalo bailar entre las sombras, el día de fiesta // de su muerte, porque las Quimeras lloran / y el Asombro, y la misma muerte llora: ¡”Oh, / infierno de amor! ¡Oh, soledad la del poeta!”.

[1] Los datos biográficos y las citas de los poemas han sido extraídos en su mayoría de la Antología de poetas suicidas (1989), del español José Luis Gallero, hasta ahora la más completa sobre el tema. En el caso en que no sea así, se indica la fuente respectiva.

 

Poesía y suicidio en Venezuela. El caso de Martha Kornblith (Celarg, 2012)

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Un Comentario a “Poesía y suicidio en Venezuela. El caso de Martha Kornblith (fragmento), de Miguel Marcotrigiano”

  1. reyna Varela says:

    Cai por inocente, lo admito. Pensaba leer sobre el suicidio de la poeta peruana y encuentro una larga cita del libro del español Jose Luis Gallero ” Antologia de poetas suicidas” 1989, sin mencion a la Editorial. Esta bien que en una entrevista un actor no revele la trama ni el final de la pelicula, pero..somos tan pocos los lectores de estas paginas que no creo que la intencion haya sido omitir lo esperado – y sugerido por el ttulo- para incitrnos a comprar el libro. Como ven, estoy muy desencantada y para compensarme,
    a mi y a otors posibles lectores defraudados como yo, les dejo esta nota de El Universal, en su dia. http://www.eluniversal.com/1997/06/01/cul_art_01320F

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