Blanco de flores rojas, de Leopoldo Monterrey

15/ 05/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

blanco de flores rojasLo llevaba el primer día que la vi. Ese día que a veces quiero borrar del pasado y otras pienso que es el único que ha valido la pena de toda mi existencia. Me fijé en él antes que en ella. A alguien, recientemente, le había visto uno igual, o parecido. Me recordó el de mamá en la fotografía de la entrada, la del marco de plata, donde está con papá y conmigo, todos sonrientes.

Lo tenía en nuestra primera salida, la que tanto anhelé: yo quería lucir mejor que nunca y terminé hecho un desastre. No pegué los ojos la noche anterior por la emoción de estar con ella.

También se lo puso cuando pasamos la primera noche juntos en el hotel de la carretera.

-¡Quítatelo, quítatelo pronto!- recuerdo que le dije. Y por primera vez vi su cuerpo, porque en la oportunidad anterior, en el parque, sólo se lo levanté y le hice el amor con él puesto.

Al mudarme a su casa y hacerme espacio en su armario para guindar mis cuatro trapos, quedó al lado de mi saco azul. Unidos, pegados de arriba abajo, como tantas veces estuvieron con nosotros dentro.

Se lo ponía cuando quería verse particularmente hermosa. Si no, era yo quien le pedía que lo usara.

Cuando el tiempo, los detergentes y la moda surtieron sus ineluctables efectos, comenzó a usarlo en casa. No más llegaba de la calle se desnudaba y se lo ponía sin nada abajo. Con él cocinaba, leía y veía la tele. Para entonces, sólo en muy pocas ocasiones, en casos de apuro, iba con él al mercado.

El día que se marchó se llevó todo, hasta una camiseta mía que usaba para dormir. A él lo dejó colgado, pegado a mi saco azul, de arriba abajo. No resistí verlos tan cerca, así que lo guindé detrás de la puerta de mi habitación para no mirarlo; pero al cerrarla, aparecía ella sin cabeza y sin piernas ni brazos.

No pude soportar ese fantasma mucho tiempo. Compré alcohol, tomé fósforos de la cocina y lo retiré de la puerta para quemarlo en el patio. Al atravesar el salón, me detuve y lo coloqué sobre una silla, devolví los fósforos a su lugar y el alcohol lo llevé al gabinete del baño. Me senté yo también y le conversé un rato. No recuerdo qué le dije. Luego me puse de pie, encendí el tocadiscos y bailamos suavemente. Al tenerlo en mis brazos, su contacto y aquel olor que ya no era a cuerpo sino a momentos, me enloquecieron. Lo llevé a la cama y me lancé sobre él. Le hice el amor con toda mi alma y todas mis fuerzas, con mayor pasión que nunca. Desde entonces amanece a mi lado cada mañana. Ella desapareció para siempre de mis recuerdos.

 

 Del libro: Frutos del ocio (Pavilo,2005)

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