Enamorado de la Maga, por Carlos Yusti

01/ 08/ 2013 | Categorías: Destacado, Opinión
“Saberse enamorado de la Maga no era un fracaso ni una fijación en un orden caduco; un amor que podía prescindir de su objeto, que en la nada encontraba su alimento,…”
Rayuela/capitulo 48

 

La novela “Rayuela” de Julio Cortázar, ha sido recuadrada con algunos clichés, simplificada con muchas frases hechas. Sin mencionar que es la presa predilecta del lirismo abobado y salivoso de los gacetilleros culturales en domingo. Así tenemos entonces Rayuela como: “ejemplo insuperable de una portentosa contranovela”, “inigualable caja china, muñeca rusa de vanguardia literaria”, “su sentido lúdico permite a cada lector leer la novela que más le interesa”, “inigualable trampa para nostálgicos irremediables y sensibles inteligentes”, etc.

Cada lector puede develar sus abismos, transitar su laberinto humanístico y poético. Cada cual quedará atrapado por los personajes que entran y salen en la novela de a retazos, especie de rompecabezas que se irán armando en la visión del lector, según su sensibilidad e intelecto. Muchos no han podido descubrir su hechizo, no han podido pasar de sus frases iniciales como quizá les habrá sucedido con el Ulises de Joyce o Paradiso de Lezama Lima.

Cortázar explicó bastante los mecanismos que impulsaron a gestar la novela, no para justificarla, sino porque muchos de sus lectores descubrieron nuevos hilos en esa telaraña existencial y metafórica que es Rayuela. No sin razón Cortázar aseguró: “Mucho de lo que he escrito se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que en vivir y escribir nunca admití una clara diferencia”. La novela traspapela literatura y vida de manera sincronizada, en donde alma y piel se enhebran en un sutil tejido literario que sobrepasa muchos cánones estéticos (ya estoy con eso del lirismo mentecato).

Uno que se enamora con facilidad de las mujeres en la vida hace otro tanto con esos personajes femeninos de la gran literatura. En lo personal he perdido el corazón y la cabeza por Madame Bovary, Ana Karenina, Dulcinea, Desdemona, la Alejandra de Sobre Héroes y Tumbas, las prostitutas de Juntacadáveres. Es imposible no enamorarse de la Maga. Ella pertenece a esa estirpe de heroínas que adquieren carne y poesía en nuestros deseos más secretos. Uno quisiera agarrar por el cuello a Horacio Oliveira y arrojarlo por alguna de las ventanas de la novela, sacarlo de la vida y los sentimientos de la Maga para que a ella le duele menos ese amor tan contrariado y tan chocantemente argentino.

La historia de Rayuela es simple: un grupo de individuos de distintas nacionalidades que confluyen en París. En la novela París resulta como una escenografía para alguna película escrita por Jacques Prévert. Un París confeccionado/ idealizado con pasión y con muchos retazos poéticos o como lo expresa Gregorovius: “En el fondo París es una gran metáfora”. La Maga pregunta varias veces: ¿Por qué una enorme metáfora? y no obtiene una respuesta clara ni definitiva, pero después ella misma la responde en su carta a su bebé muerto: “En París somos como hongos, crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente todo el tiempo hace el amor y fríe huevos y pone discos de Vivaldi (…) Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en los que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche y sueño pasado”.

En ese París, más literario que real, se mueven la Maga, Horacio Oliveira y el grupo de amigos que conforman el Club de la Serpiente. Hablan, discuten, beben, oyen música, paean de aquí para allá, etc. Todos entran y salen de la novela con figuras apenas boceteadas, con esa textura de niebla y algo vaporosa que tienen los fantasmas. Sólo la Maga tiene carnadura tangible.

Ella tan lenta para entender las cosas es a fin de cuenta la claridad nítida, es la que ordena ese caos de ideas estéticas y metafísicas que constantemente discuten sus amigos; discusiones que dejan su huella particular en todos los integrantes del club, pero que tiene que ver todo esto con el lector. Mucho. Ya que uno también se reúne con sus amigos, escucha discos, canta, se angustia ante la muerte o ante eso que nos rodea o como piensa Oliveira: “pienso que tanto sentido tiene hacer un muñequito con miga de pan como escribir la novela que nunca escribiré o defender con la vida las ideas que redimen a los pueblos. El péndulo cumple su vaivén instantáneo y otra vez me inserto en las categorías tranquilizadoras: muñequito insignificante, novela trascendente, muerte heroica”. Rayuela es una novela existencialista, tiene personajes que son en el fondo humanos demasiado humanos, para hacer literatura y parafrasear a Vallejo, y es esto en verdad lo que nos atañe a todos.

La Maga es la duda, la pregunta constante, los ojos abiertos de asombro ante el mundo cotidiano; la navegante inmóvil que intenta llegar al puerto de los planteamientos mientras los demás parecen haberlo alcanzado hace rato. La Maga escruta, se interroga porque simplemente no entiende, todo se le vuelve una estopa, un amasijo retorcido. La Maga es luz en su ignorancia desarreglada y sin tiempo. Su vida es una novela metafísica escrita por un melancólico descreído. Mientras sus amigos construyen mundos con sus ideas librescas, la Maga vive esos con una transparencia intuitiva, con una luz interior que degüella las sombras a su paso. Ernesto Castillo escribe: “En sus dudas y actitudes simboliza a la mujer de un modo muy distinto, símbolo éste que está muy lejos del esteriotipo que conocemos: se revela ante la sociedad que la reprime, ante sus amigos que la cansan, y además, le despiertan a Rocamadour con sus discusiones, a veces, bizantinas”.

La Maga comparte con Dulcinea del Quijote cierta mitificación, cierta inequívoca sublimación. Sin en su locura Don Quijote ve en la fregona a una dama de excelsa belleza, la cordura de los lectores de Rayuela ven en la Maga a una mujer sencilla de posibilidades extraordinarias. Por esa razón es un personaje complejo con el agregado de un lector que tiende a idealizarla a partir del amor reflexivo, a veces algo rebuscado, de Oliveira, de las conversaciones que ella mantiene con los distintos integrantes del club y de la actitud trágica ante la muerte de su bebé.

Cortázar no describe a la Maga a la usanza de los novelistas tradicionales y el lector la amolda según sus gustos y conveniencias, sus ideales del amor y la belleza. Eso es el gran acierto de la novela: uno construye a la Maga como un muñequito de pan y le proporciona cualidades insignificantes o trascendentales, al unísono, lo que permite un retrato veraz y bastante cercano. Es una mujer ideal por sus dudas e imperfecciones, aparte de ese innegable don para captar el revés poético de la trama de lo cotidiano, va dotando a los objetos y a las personas que la rodean con todo los encantamientos posibles; especie de hechicera, maga en cuyo perfume de espejos podemos vernos uno y múltiple al mismo tiempo.

Las mujeres en la literatura y en la vida siempre son fascinantes, seres indescifrables y esas características son en extremo seductores. Uno que tiende a traspapelar la vida y la literatura sabe que una mujer es poema que se escribe desde la pasión, sabe que un personaje femenino ficticio se escribe desde lo vivido y lo amado, desde el corazón que bombea tinta dulce y metáfora, como sin duda Cortázar escribió a la Maga.

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