De aeropuertos, por Edmundo Bracho

23/ 03/ 2013 | Categorías: Destacado, Opinión

Difícil abstraerse de las metáforas de viajar cuando uno se sabe presa del efímero exilio para poder escribir con algo de holgura. El trajín de aeropuerto es siempre la puerta de infierno para acceder a lo más próximo del edén inventado, donde el teclear suele cobrar mejor cadencia que bajo los rigores de las cortinas domésticas, siempre carcelarias.

Pero justamente ahí —frente a los vitrales desde donde se ven despegar los jets— está el caso de una nueva parábola oscurantista: atravesar las de Virgilio en el inframundo para llegar al objeto del deseo, a ese potencial paraíso de pequeña escala, a la ida por vuelta, sin más. Yo que he viajado con un cortaúñas en mano conozco de sobra ese nuevo umbral de miedo y gentío. Asunto que llamarían “globalizado”: en el aeropuerto de Bermuda, lo mismo que en un Terminal del JFK o de Heathrow, la paranoia uniformada me puede sacar del fichero del viaje por cuestión de un palillo dental, una tijerita de utilería, un tissue estampado con caligrafía árabe, una barba que nunca podé bien y se hace orientalismo de terror. Menudencias que otrora eran menudencias, y ahora significan un amargo jaque mate, de peón a peón, para frustrar la aventura. La rutina del check-in aeroportuario hoy se ha convertido en la lotería, amarga y crispante, que refuta o admite el tránsito del viajero dependiendo del terror o terrorismo que usted se capaz o incapaz de despertar. Un cortauña puede emparentarlo con las barbas de Bin Laden. Y usted no se montará en aquel avión.

Sí, viajar, cada vez adquiere diferente resonancia simbólica. Hasta hace nada, casi siempre entrañaba un deseo de aventura sin venenos. Y esta podía ser a razón de escapismo, recuperación, extravío, voyeurismo, y hasta un dulce exilio —que los hay. ¿Qué moviliza, en definitiva, a esa masa de gente en el espacio del tiempo a la playa, la montaña, el campo o a un consabido parque de atracciones? Quizá sea, ante todo, una promesa de distensión, por no hablar de felicidad. El escritor y viajero Sven Lindqvist decía que “viajar es buscar recobrar la infancia perdida; sólo el trashumante puede ir abriendo poco a poco espacios de sus primeros sueños y memorias”. Lo sabían de sobra, por ejemplo, románticos como Lord Byron o Chateaubriand, para quienes viajar suponía una suerte de recuperación de un espacio originario, del que en algún momento fuimos lamentablemente expulsados. Es decir, el periplo hacia el yo esencial. Valgan las andanzas de Goethe, Víctor Hugo, Shelley, Keats, Alejandro Dumas, George Sand, Heine, Musset, Gautier, todos armando maletas como parte de un método de vida y creación. También para la influencia instantánea o posterior.

Ese pulso que lega el romanticismo es lo que lleva a Saint-Exupéry a perderse para siempre en los espejismos sobre las arenas del Sahara más recónditas, ahí donde naciera su principito. Lo que impulsó a Ernest Hemingway, sin jamás reconocerse héroe de pacotilla, a formar fila como corresponsal de guerra en España y en Francia después del Día D con el secreto pretexto de escribir sobre la condición humana y lucir hombre de acción. Y aquella errancia sobre el vértigo de Jack Kerouac, camino a la experiencia límite de escritura, drogas, alcohol, sexo y algo de budismo zen rodando apenas con brújula por Norteamérica y sin licencia de conducir. Uno se pregunta, ante las políticas de la paranoia de Estados, aquellas que van por el nombre de anti-terroristas, si ese recorrido de vuelta al paraíso perdido tiene ya más de burocracia mortuoria que de aventura. Quizá la aventura —o lo más aventurado— consista más bien en esa travesía por los stands del miedo y la exclusión, siempre bajo un neón febril y planchas de acrílicos con nombres de antigravedad canalla: Air algo, algo Airways, Aereocualquiercosa. Y aquella nada aérea mirada, siempre de ceño opresivo, cuando el agente de aduana escupe: “pase por aquí, por favor”.

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